Lyria Umbría
El poder era un río helado recorriendo mis venas. No era la cálida y familiar energía lunar de mi madre; era algo antiguo, primordial y mortal. El Arma del Alba no era un hechizo, era una verdad inscrita en mi alma: la capacidad de aniquilar la esencia drakon. Y al activarse, esa verdad se había vuelto mía para dirigirla.
El cristal negro a mis pies se había vuelto opalescente, brillando con una luz fría y enfermiza que bebía de mi dolor y mi rabia. Pero ya no me debilitaba. Me fortalecía. Cada recuerdo de la traición de Morwen, cada imagen de Kaelan desplomándose en la nieve, alimentaba el torrente de poder que ahora controlaba.
Valerius y sus soldados retrocedieron, el terror pintado en sus rostros. Habían querido un arma, pero no estaban preparados para que el arma tuviera voluntad propia.
— ¡Contenedla! —gritó Valerius, su voz quebrada por el pánico.
Los soldados se abalanzaron. Ya no era la guerrera ágil de la Orden. Era un vértice de frío y oscuridad. Alcé la mano, sin siquiera tocarlos, y una oleada de fuerza invisible, cargada con la esencia aniquiladora del Arma, los golpeó. No los mató. No era mi objetivo. Pero su armadura se escarchó al instante, y un grito colectivo de agonía surgió de sus gargantas cuando el frío, un frío que no era de este mundo, mordió su carne hasta el hueso, suprimiendo su propia magia lunar y dejándolos paralizados de dolor.
Valerius blandió su espada, imbuida de Acero Lunar. — ¡Blasfemia! ¡La Diosa te maldecirá!
—Ya estoy maldecida —respondí, y mi voz era el crujido del hielo en un glaciar—. Y ahora, Comandante, la maldición es mía.
Esquivé su golpe con una facilidad sobrenatural. El Acero Lunar ya no me quemaba. Mi propio poder, una antítesis de la vida drakon, lo neutralizaba. Agarré su espada por la hoja. El metal, al contacto con mi piel, se empañó y agrietó, desintegrándose en mis dedos como hielo seco.
Valerius miró el muñón de su espada, luego me miró a mí, y por primera vez, vi el verdadero miedo en los ojos de un hombre que solo conocía el poder a través de la sumisión.
— ¿Qué eres? —susurró.
—El precio de vuestra arrogancia —dije.
Con un gesto, una losa de escarcha negra se elevó del suelo a sus pies, envolviéndolo hasta el pecho, inmovilizándolo. No era hielo normal. Era la materialización de mi voluntad, fría y absoluta.
El claro estaba en silencio, solo roto por los gemidos de los soldados postrados. Había ganado. Estaba libre. Pero la victoria sabía a cenizas. Porque Kaelan… Kaelan estaba…
Un ruido me hizo girar. Desde el borde del claro, entre los árboles, surgieron figuras. Drakon. Liderados por Morwen. Y apoyándose en él, pálido como la muerte y sangrando, pero con los ojos ardiendo con una determinación que me partió el alma, estaba Kaelan.
El mundo se detuvo.
Nos miramos a través del claro. En sus ojos vi el alivio, la rabia, el dolor y un amor tan feroz que hizo que mi propio poder vacilara por un instante. En los de Morwen y los suyos, vi el asombro, el miedo y un naciente respeto al ver a los soldados de la Orden derrotados, congelados por un poder que no entendían.
—Lyria… —El nombre escapó de los labios de Kaelan, un susurro cargado de toda la angustia del mundo.
Solté el poder que me envolvía. La escarcha negra retrocedió, el frío en el aire se disipó un poco. Ya no era el Arma del Alba. Solo era Lyria. Una Lyria que corrió a través del claro y cayó de rodillas frente a él, sus manos tocando su rostro, su cuello, asegurándose de que fuera real.
—Estás vivo —jadeé, las lágrimas, cálidas y humanas, llenaron mis ojos—. Pensé… Morwen dijo…
—Morwen —la voz de Kaelan era débil pero firme— se dio cuenta de su error.
Miré a Morwen por encima del hombro de Kaelan. El drakon evitó mi mirada, pero asintió con la cabeza, un gesto de respeto y disculpa.
—Tuviste que… ¿usarlo? —preguntó Kaelan, su mirada recorrió a los soldados inmovilizados.
—No tuve opción —respondí—. Y no los maté. No… no pude.
Una sonrisa, pequeña pero genuina, se dibujó en sus labios pálidos. —Eres mejor que ellos, Lyria. Siempre lo has sido.
Me ayudó a levantarme, apoyándose en mí tanto como yo en él. Juntos, nos volvimos hacia Morwen y los drakon.
—La Orden en este puesto está neutralizada —dije, mi voz recuperaba su tono normal, aunque temblorosa—. Pero Valerius enviará un mensaje. Más vendrán.
—Entonces no tenemos tiempo que perder —dijo Kaelan, dirigiendo su mirada hacia el norte, hacia las imponentes Montañas Aullantes—. El Altar de las Lágrimas es nuestra única esperanza.
Morwen dio un paso al frente. —Os acompañaremos, mi príncipe. A ti… y a la princesa. Es nuestra deuda. Y nuestra esperanza.
Por primera vez, no hubo rencor en su voz cuando se refirió a mí como "princesa". Era un reconocimiento. Un juramento.
Kaelan asintió, aceptando su lealtad. Luego, su mirada se posó en Valerius, aún atrapado en la escarcha negra. El odio y la tentación de la venganza brillaron en sus ojos por un momento. Un gesto suyo, y Morwen lo habría hecho pedazos.
Pero entonces, miró a sus drakon, a mí, y respiró hondo.
—No —dijo, con una calma que helaba la sangre—. Que viva. Que regrese a Selene. Que le diga lo que ha pasado aquí. Que le diga que su arma se ha vuelto contra ella. Que su víctima se ha levantado. Y que vamos a por ella.
Sus palabras, dichas con una voz débil pero llena de una autoridad inquebrantable, resonaron en el claro. No eran las palabras de un príncipe vengativo, sino las de un rey.
Dejamos el claro atrás, dejando a Valerius y a sus hombres como testimonio congelado de nuestra rebelión. Éramos un grupo extraño: un príncipe drakon moribundo, una ex princesa lunar convertida en arma viviente, y un puñado de drakon redimidos por la traición.
El camino hacia las montañas era empinado y traicionero, el viento aullaba con más fuerza, como si las propias montañas supieran que nos acercábamos a un lugar de poder antiguo. Pero ya no éramos dos almas perdidas. Éramos una fuerza. Una pequeña y desesperada fuerza, pero una al fin.