Kaelan Dragomir
Las Montañas Aullantes no solo gemían; hablaban. Sus voces no eran de viento y piedra, sino de los rincones más oscuros de la mente. A medida que ascendíamos, el aire no solo se volvía más delgado, sino más pesado, cargado con ecos de pesadillas y recuerdos largamente enterrados. Morwen y sus drakon, ahora nuestros guardianes reacios, se movían con una tensión palpable, sus ojos escudriñando las sombras no por enemigos físicos, sino por los fantasmas que el lugar parecía convocar.
Lyria caminaba a mi lado, su presencia era el único faro de calma en la tormenta psíquica. Había domado la furia del Arma del Alba, pero podía sentirla, una capa de hielo controlado justo bajo su piel, lista para estallar si la amenaza era lo suficientemente grande. Su mano en la mía era ancla y salvavidas.
— ¿Lo sientes? —preguntó ella en voz baja, sus palabras casi se las llevó el viento que ahora susurraba cosas imposibles.
—Lo siento —asentí, apretándole la mano. No necesitaba explicar a qué me refería. Era como si la propia montaña estuviera viva, y su corazón estuviera hecho de los miedos de todos los que osaban profanarla.
Fue entonces cuando las visiones comenzaron.
Para Morwen, fue el sonido de los gritos de su familia siendo congelada, un eco que solo él podía oír, que lo hacía detenerse y apretar los puños hasta que sangraban. Para uno de los jóvenes drakon, fue la imagen de su hermana, convertida en estatua de hielo, llamándolo por su nombre con una voz que goteaba escarcha. Él se derrumbó, llorando, hasta que Morwen lo levantó con brusquedad, pero no sin compasión.
— ¡No es real! —rugió Morwen, aunque la duda asomaba en sus ojos—. ¡Es la montaña! ¡No le deis poder!
Pero la montaña ya tenía poder. Y para mí, tenía una reserva especial de tortura.
No vi fantasmas ni escuché voces. Sentí frío. Un frío que no era la maldición, sino algo más profundo, más personal. El frío del día en que mis padres murieron. El frío de la losa de hielo que cubrió a mi padre, de la nada glacial que se llevó a mi madre. Lo sentí en mis huesos, en mi alma, como si estuviera sucediendo de nuevo. Y con el frío, llegó la voz.
« ¿Por qué no nos salvaste, Kaelan?»
Era la voz de mi padre, Keiran, no el recuerdo consolador de la celda, sino una acusación llena de dolor y decepción.
«Estabas allí. Escondido. Podrías haber hecho algo. Cualquier cosa».
—No podía —susurré, tambaleándome, la voz se me quebró—. Era solo un niño.
«Un príncipe —corrigió la voz, ahora era la de mi madre, Elara, pero desprovista de su calidez habitual, gélida y distante—. La sangre de drakon corre por tus venas, y te escondiste como un ratón asustado».
— ¡Cállense! —grité, soltando la mano de Lyria y llevándome las mías a los oídos, pero las voces venían de dentro.
Lyria me agarró del brazo. —Kaelan, ¿qué pasa? ¿Qué ves?
—No veo nada —jadeé, sudando a pesar del frío glacial—. Oigo… los oigo. Me culpan.
Ella entendió al instante. Sus ojos grises se endurecieron, no con miedo, sino con determinación. —No son ellos. Es este lugar. Se alimenta de nuestra culpa, de nuestro dolor. No les creas.
«Mírala —susurró la voz de mi padre, ahora con desprecio—. La hija de tu enemiga. Te has unido a la estirpe que nos destruyó. Nos traicionas, hijo. En vida y en muerte».
La culpa, un veneno que había estado latente dentro de mí durante una década, estalló en un torrente envenenado. ¿Tenían razón? ¿Al elegir a Lyria, estaba traicionando la memoria de mis padres? ¿Al buscar una vida con ella, estaba escupiendo sobre sus tumbas?
El frío de la maldición, siempre al acecho, vio su oportunidad. Se cerró alrededor de mi corazón como un puño de acero, apretando, prometiendo el olvido. Era más fácil. Tan fácil rendirse, dejar que el hielo ganara, unirme a mis padres en la nada…
— ¡No!
La voz de Lyria no fue un grito, fue un mandato. Me tomó la cara entre sus manos, obligándome a mirarla. Sus ojos no reflejaban el paisaje distorsionado de mis visiones, solo a mí. Solo la verdad.
—Ellos te amaron, Kaelan —dijo, cada palabra era un clavo en el ataúd de mis dudas—. Keiran eligió a Elara porque creía en el amor por encima del deber ciego. Elara te amó lo suficiente como para querer que vivieras en un mundo donde ese amor fuera posible. ¿Crees que esto —señaló a mi alrededor, a la montaña, a las visiones— es lo que hubieran querido para ti? ¿Qué murieras aquí, consumido por la culpa y el odio?
Sus palabras cortaron a través de la niebla de dolor como un rayo de sol. Tenía razón. Mi padre no habría querido esto. Mi madre me habría empujado a seguir adelante, a encontrar la felicidad, no a pudrirme en el pasado.
—Ellos… —toser, el frío retrocedía un poco, vencido por la verdad en sus ojos—… me habrían dicho que… que te eligiera a ti.
Una lágrima escapó del ojo de Lyria y se congeló al instante en su mejilla. —Y yo te elijo a ti. Siempre.
Las voces en mi mente se elevaron en un último y desesperado coro de acusaciones, pero ya no tenían poder sobre mí. Las había enfrentado. Las había desafiado. Y había elegido mi propio camino.
— ¡Morwen! —llamé, mi voz recuperaba parte de su fuerza—. ¡A todos! ¡Las voces mienten! ¡Se alimentan de vuestro miedo! ¡Aferraos a algo real! ¡A la persona de al lado! ¡A la razón por la que estamos aquí!
Fue como romper un hechizo. Los drakon, que habían estado luchando contra sus propios demonios, parpadearon, sacudiendo la cabeza como si despertaran de un sueño. Morwen asintió hacia mí, un gesto de profundo respeto. Habíamos superado la primera prueba de la montaña. No había sido física, sino espiritual.
El resto del ascenso fue una batalla constante contra el susurro insidioso de la montaña, pero ahora estábamos preparados. Nos turnábamos para apoyarnos, para recordarnos mutuamente quiénes éramos y por qué luchábamos. Lyria era nuestro pilar, su mera presencia un baluarte contra la locura.