Lyria Umbría
La meseta era un mundo aparte. El viento que aullaba en las cumbres se aquietaba aquí, remplazado por un silencio tan profundo que podía oír el latido de mi propio corazón, o el débil y constante forcejeo del de Kaelan contra el hielo que lo consumía. La nieve, inmaculada, crujía bajo nuestros pies como cristales rotos, el único sonido en esa catedral de hielo y piedra.
El Altar no era lo que había imaginado. No había un aura de poder visible, ni luces místicas. Era… sereno. Poderosamente sereno. La piedra negra absorbía la luz, haciendo que las runas talladas en su superficie parecieran cicatrices antiguas en la piel del mundo. Los dos pilares gemelos se alzaban como centinelas silenciosos, testigos de eones pasados.
Morwen y los drakon se detuvieron a cierta distancia, inclinando la cabeza en un gesto instintivo de respeto, o tal vez de temor. Este lugar era sagrado para ellos, la piedra angular de una esperanza que había sostenido su pueblo incluso en la más profunda desesperación.
Kaelan y yo avanzamos solos, nuestras manos entrelazadas. Su respiración era un hilo tenue, su piel estaba pálida y cerosa. El viaje y la prueba de la montaña le habían pasado factura. Sabía que no tenía mucho tiempo.
— ¿Qué hacemos? —pregunté en voz baja, como si temiera perturbar la quietud.
—Las leyendas… —Kaelan tosió, apoyándose más en mí—. Hablan de un juramento. Un pacto de sangre que debe ser roto con sangre. Pero no… no con sacrificio. —Su mirada, nublada por el dolor, se encontró con la mía—. Con voluntad.
Llegamos a la base del Altar. De cerca, las runas parecían latir con una energía sutil. No era magia, al menos no como la que conocía. Era algo más antiguo, más fundamental. Como la fuerza que mantiene unidas a las estrellas.
Extendí la mano libre, sin tocar la piedra. —Siento… una tristeza. Una tristeza muy antigua.
—Se llama el Altar de las Lágrimas por una razón —murmuró Kaelan—. Se dice que fue erigido después de la primera gran guerra entre drakon y humanos. Un lugar para llorar a los caídos. Para jurar que nunca más… —Su voz se quebró—. Un juramento que, al final, todos rompimos.
De repente, las runas en la losa central comenzaron a brillar con una luz tenue y plateada. No era la luz fría de la luna, ni la oscura furia del Arma del Alba. Era una luz clara, pura, como la de una estrella lejana. El aire vibró, y una voz, no en nuestros oídos sino en nuestras mentes, resonó. No tenía género, ni edad. Era la voz del propio Altar.
«Los que estáis marcados. La Maldición y el Arma. Sois los ecos de un pecado antiguo. ¿Qué buscáis en este lugar de lamento?»
Kaelan se irguió con dificultad, desafiando su debilidad. —Busco la libertad. Para mí. Para mi pueblo.
«La libertad tiene un precio, hijo de Keiran. La maldición que llevas fue forjada con el odio de una diosa. Solo puede ser deshecha con una fuerza igual y opuesta».
—Tómala —dijo Kaelan sin dudar—. Toma mi vida si es necesario. Pero rompe la maldición.
Mi corazón se encogió. — ¡No!
La voz del Altar pareció dirigirse a mí. «Y tú, hija de Selene. Sangre de la que maldijo y de la que fue maldecida. ¿Qué buscas?»
—Busco… —tragué saliva, buscando las palabras—… desactivar lo que soy. Elegir mi propio destino. No quiero ser un arma.
«Lo que eres no puede ser desactivado. Es tu naturaleza. Como la maldición es la suya. Pero puede ser… redirigido. Transformado. El poder, en esencia, es neutral. Es la intención lo que lo corrompe o lo purifica».
La luz de las runas se intensificó, bañándonos a ambos. Sentí un tirón en lo más profundo de mi ser, como si el Arma del Alba dentro de mí resonara con el Altar.
«El juramento que debe romperse aquí no es el de sangre o poder. Es el juramento de odio. El ciclo de venganza que Selene inició y que vosotros dos encarnáis. Ella os unió con un hilo de oscuridad. Este lugar os ofrece la oportunidad de tejer uno nuevo».
Kaelan me miró, y en sus ojos vi la misma comprensión que debía reflejar los míos. No se trataba de un ritual de sacrificio. Se trataba de una elección. La elección final.
— ¿Qué debemos hacer? —pregunté.
«Renunciar. Renunciar a la herencia de odio que se os impuso. La Maldición debe renunciar a su derecho a la venganza. El Arma debe renunciar a su designio de destrucción. Y juntos, debéis aceptar el legado que se os negó: el legado del amor que Selene destrozó. El legado de Keiran y Elara».
Kaelan cerró los ojos por un momento. Renunciar a la venganza contra Selene… después de todo lo que le había hecho. Después de ver a sus padres morir. Era pedirle lo imposible.
—Kaelan… —susurré.
Él abrió los ojos. No había ira en ellos. Había… paz. Una paz duramente ganada. —Durante tanto tiempo, el odio fue lo único que me mantuvo caliente —dijo, su voz era clara a pesar de su debilidad—. Pero era un fuego que me consumía por dentro. —Su mirada se posó en mí—. He encontrado un fuego diferente. Uno que calienta sin quemar. Por ella… renuncio. Renuncio a mi odio por Selene. Perdono… perdono el daño que causó.
Sus palabras, dichas con una convicción absoluta, resonaron en el Altar. Una de las runas en la losa central se iluminó con un brillo dorado y cálido.
El Altar se dirigió a mí. «Y tú, Arma. ¿Renuncias a tu designio? ¿Renuncias a la destrucción de los drakon?»
—Sí —respondí, sin vacilar—. Nunca quise eso. Elijo proteger. Elijo… —miré a Kaelan—… amar.
Otra runa se encendió, esta vez con un brillo plateado y sereno, como la luz de la luna en una noche clara.
«Entonces, el pacto está roto. Pero un vacío no puede existir. Donde hubo odio, debe haber algo más. Ofreced lo que os una. Ofreced el símbolo de vuestra nueva alianza».