Kaelan Dragomir
La paz fue un suspiro brevísimo, un solo latido de un corazón recién curado. El aire templado de la meseta se cortó de repente con un frío que no era de este mundo, un frío que conocía demasiado bien. El sol que había empezado a calentar la tierra fértil se oscureció, no por nubes, sino por una luz plateada y opresiva que emanaba de una figura que se materializó frente al Altar.
Selene.
No era una aparición etérea. Estaba allí, en toda su terrible gloria. Su belleza era un espejismo gélido, sus ojos, pozos de plata líquida, ardían con una furia que hacía temblar la misma realidad a su alrededor. El poder que desprendía era tan vasto que el aire crepitaba con escarcha, y la tierra recién descongelada a nuestros pies volvió a cubrirse de una capa de hielo instantáneo.
—Hija —dijo, y su voz era el sonido de un glaciar rompiéndose, dirigida a Lyria—. Has roto tu cadena. Has desobedecido.
Lyria se interpuso entre Selene y yo, su postura era desafiante, pero ya no estaba imbuida de la oscuridad del Arma. Brillaba con una luz propia, clara y firme. —Ya no soy tu hija. Soy libre.
Los ojos de Selene se posaron en mí, y su desprecio era un veneno tangible. —Y tú, último vástago de una estirpe podrida. Mi maldición… ha sido quebrada. ¿Con qué pequeño truco te atreviste a mancillar mi obra?
—Con la misma fuerza que despreciaste —respondí, y mi voz, ahora fuerte y sin el peso del hielo, resonó con una autoridad que hizo fruncir el ceño a la diosa—. Con amor.
La palabra, simple y poderosa, pareció quemarla. Un destello de dolor genuino, rápido y brutal, cruzó su rostro perfecto antes de que fuera remplazada por una rabia aún mayor.
— ¡Amor! —escupió—. ¡Una enfermedad de mortales! ¡Keiran eligió esa enfermedad sobre mí! ¡Y mirad a lo que llevó! ¡A su destrucción! ¡A la de su raza! ¡Y a la de la vuestra, hija mía, si no vuelves a mi lado ahora mismo!
Extendió una mano hacia Lyria. No era un gesto de súplica, sino de dominio. Una corriente de poder puro, la esencia misma del invierno eterno, se arremolinó alrededor de Lyria, tratando de arrastrarla, de reclamar lo que Selene consideraba suyo.
Lyria gritó, no de dolor, sino de esfuerzo. Resistió, su luz interna chocando contra el frío de su madre. — ¡No! ¡Mi vida es mía!
— ¡Tu vida me pertenece! ¡Yo la forjé! —rugió Selene, y el mundo tembló.
Vi a Morwen y a los otros drakon al borde de la meseta, paralizados por el aura divina, incapaces de moverse. Esto era entre nosotros tres. Siempre lo había sido.
—Selene —dije, avanzando para estar al lado de Lyria—. Esto termina ahora. Tu venganza ha durado demasiado. Has destruido familias, has corrompido a tu propia hija… por unos celos patológicos.
Sus ojos plateados se clavaron en mí. — ¿Osas juzgarme, gusano? Yo soy eterna. Mi dolor es eterno. ¡Mi venganza será eterna!
Lanzó un hechizo, una lanza de hielo absoluto dirigida a mi corazón. Pero yo ya no era el príncipe debilitado. Con la maldición rota, un poder que había olvidado, el dominio sobre los elementos que era mi herencia, surgió dentro de mí como un torrente. Alcé la mano y una pared de tierra y roca surgió del suelo, desviando la lanza.
— ¡No lucharemos contra ti con odio, Selene! —gritó Lyria, su voz se alzó por encima del fragor—. ¡Luchamos por el futuro! ¡Por el que tú nos robaste!
— ¡El futuro es MÍO para decidir! —La diosa se elevó en el aire, su forma se volvió más grande, más terrible, una tempestad de hielo y furia—. ¡Si no sois míos, no seréis de nadie!
Una tormenta de escarcha y energía plateada se desató sobre nosotros. Lyria y yo luchamos codo con codo, un equipo perfecto. Yo convocaba la roca y el viento para protegernos, desviando sus ataques más brutales. Lyria, en lugar de usar el poder aniquilador del Arma, utilizaba esa misma esencia para crear escudos de luz pura que refractaban y dispersaban la magia de Selene. No estábamos tratando de destruirla. Estábamos conteniéndola. Agotándola.
Pero ella era una diosa. Su poder parecía inagotable.
— ¡No podemos vencerla así! —grité a Lyria, mientras una estalactita de hielo del tamaño de un árbol se estrellaba contra mi barrera de tierra, haciéndome retroceder.
— ¡No tenemos que vencerla! —respondió ella, su rostro brillaba con el esfuerzo, pero sus ojos tenían una chispa de comprensión—. ¡Tenemos que hacerla entender! ¡Tenemos que mostrarle lo que perdió!
Mostrarle lo que perdió. Las palabras de Lyria hicieron eco en mí. Selene estaba consumida por lo que no pudo tener: el amor de mi padre. Su venganza era un monumento a su propia pérdida.
En un momento de calma en la tormenta, Lyria bajó su escudo. Selene, sorprendida, detuvo su ataque.
—Madre —dijo Lyria, y su voz no era de desafío, sino de una pena infinita—. Mira a tu alrededor. Mira lo que tu dolor ha creado. ¿Vale la pena? ¿Este odio… te ha traído la paz?
—La paz… —La voz de Selene, por primera vez, vaciló. Sus ojos, por un instante, no miraron a Lyria a ella, sino a través de ella, como si estuviera viendo un fantasma—. No hay paz para mí. Solo… frío.
—Porque elegiste el frío —dijo yo, uniendo mi voz a la de Lyria—. Keiran te rechazó, es cierto. Pero no fue por crueldad. Fue porque encontró un amor que le daba calor. Un amor que le recordaba por qué valía la pena vivir. Tú… tú solo le ofrecías una eternidad de esta… —señalé la tormenta helada a su alrededor—… de esta nada.
Selene flotaba en silencio, la tormenta a su alrededor amainaba. La máscara de la diosa furiosa se resquebrajaba, revelando a una mujer eternamente herida.
—Él… me preferiría a mí —susurró, pero era una mentira que se contaba a sí misma, y por primera vez, quizás, no se la creía.
—No —dijo Lyria con suavidad—. Y en tu corazón, siempre lo supiste. Por eso duele tanto.
Un sonido escapó de los labios de Selene. No era un grito, ni una maldición. Era un sollozo. Un sonido tan antiguo y lleno de dolor que el mismo Altar de las Lágrimas pareció resonar con él.