Kaelan Dragomir
Un año.
El sol de la mañana se filtraba por los ventanales abiertos de lo que una vez fue el Gran Salón del Trono de Aethelgard. Ya no olía a polvo y decadencia, sino a madera de pino recién cortada, a tierra húmeda y al humo dulce de los hogares encendidos. Los drakon, mi pueblo, ya no eran sombras que se arrastraban entre ruinas. Eran albañiles, granjeros, sanadores. Eran vida, donde antes solo había habido un lento declive hacia la muerte.
Desde mi trono—no el de piedra estelar de mi padre, sino uno de roble tallado, más sencillo, más nuestro—veía a los niños drakon corretear por el patio, sus risas un sonido que aún me resultaba milagroso. Sus escamas, bajo el sol, brillaban con los colores del amanecer. La maldición no solo se había roto para mí; se había desvanecido por completo de nuestra estirpe. El calor había regresado a nuestra sangre, y con él, la vida.
Morwen, ahora mi mano derecha y mi amigo más leal, se acercó con un rollo de pergamino. —Los informes del este, mi rey. Las lluvias han sido generosas. La cosecha será abundante.
Asentí, sonriendo. Rey. Aún me costaba acostumbrarme al título. No lo había reclamado por derecho de nacimiento, sino porque mi pueblo, unido tras la traición y la redención, me lo había pedido. Gobernaba, pero no gobernaba solo. Lyria…
Lyria.
Mi mirada se desvió inconscientemente hacia el Ala Este, hacia nuestras habitaciones. Ella estaba allí. Siempre en mis pensamientos, siempre en el centro de todo lo que había construido, de todo lo que era.
Pero una sombra se cernía sobre nuestra paz. Una sombra pequeña, frágil y preciosa.
Dejé el pergamino a un lado y me disculpé con Morwen. Cruzar los pasillos de Aethelgard, ahora llenos de luz y actividad, era un recordatorio diario de lo lejos que habíamos llegado. Pero cada paso hacia nuestro dormitorio era también un recordatorio del precio que habíamos pagado, y de la batalla que aún librábamos.
La encontré sentada junto a la ventana, su perfil recortado contra la luz del sol. Su cabello plateado ondeaba suavemente, y sus manos descansaban sobre su vientre abultado. Nuestro hijo. El heredero que nadie, ni en sus sueños más locos, habría imaginado posible: un mestizo de sangre drakon y lunar.
Pero el embarazo no había sido fácil. La transformación del Arma del Alba, el poder redirigido que ahora llevaba dentro, había cobrado su precio. Su cuerpo, una vez una máquina de guerra perfecta, luchaba por sostener la nueva vida que crecía en su interior. Estaba pálida, y unas ojeras oscuras marcaban sus ojos, pero cuando me vio entrar, su sonrisa iluminó la habitación más que el sol de la mañana.
— ¿Los informes del este? —preguntó, su voz un poco débil.
—Abundantes —confirmé, arrodillándome frente a ella y tomando sus manos. Estaban frías. Siempre estaban frías ahora—. ¿Y tú? ¿Cómo estás hoy?
—El pequeño drakon está inquieto —dijo, guiando mi mano hacia su vientre—. Como su padre.
Sentí la patada, fuerte y vital, y una oleada de amor y temor me atravesó. Nuestro hijo era sano, lleno de vida. Pero cada día que pasaba, Lyria parecía un poco más translúcida, un poco más atada a este mundo solo por la fuerza de su voluntad y el poder que ahora usaba, no para destruir, sino para sostener.
—Lyria… —comencé, el miedo estrangulando mi voz.
—Shhh —susurró ella, poniendo un dedo sobre mis labios—. No hoy, Kaelan. Hoy solo… mírame. Míranos.
Me senté a su lado, rodeándola con mis brazos, y juntos miramos por la ventana. Veíamos el valle verde que se extendía más allá de las murallas, los drakon trabajando los campos, los niños jugando. Habíamos ganado. Habíamos roto la maldición, derrotado a una diosa, forjado la paz.
Pero la victoria nunca es absoluta.
—A veces —murmuró Lyria, recostando la cabeza en mi hombro— sueño con ella. Con Selene. No con ira. Solo… la veo, en su palacio de hielo, sola. Y siento lástima.
—Ella eligió su camino —dije, acariciando su cabello—. Nosotros elegimos el nuestro.
—Y valió la pena —afirmó con una convicción que venía de lo más profundo de su ser—. Cada segundo. Este futuro… nuestro hijo… tú. Valió cualquier precio.
Sabía a lo que se refería. El poder dentro de ella, una vez un arma de destrucción, ahora era el lazo que la mantenía con vida, pero también el que la estaba consumiendo lentamente. Para crear, para dar vida, estaba quemando su propia esencia. El Altar nos había liberado de las cadenas del odio, pero nos había atado con el lazo del sacrificio.
—Cuando nazca… —dijo ella, leyendo mis pensamientos como siempre—… prométeme que le contarás todo. Sobre sus abuelos. Sobre la guerra. Sobre el amor que lo hizo posible. Que no crezca con odio en su corazón.
—Lo prometo —susurré, enterrando mi rostro en su cabello, ahogando la angustia que me desgarraba por dentro—. Y le contaré sobre su madre. La mujer más valiente que ha existido. La que desafió a una diosa y eligió el amor sobre todo.
Permanecimos en silencio un largo rato, viendo cómo el día avanzaba. La sombra de la pérdida se cernía sobre nosotros, una espada de Damocles forjada no en odio, sino en amor. Pero no permitiría que la tristeza empañara este momento. Ella no lo quería.
—Kaelan —dijo de repente, su voz era clara y serena—. No importa lo que pase. Nuestros corazones… siempre latirán al unísono. En este mundo… o en cualquier otro al que el destino me lleve.
Esas palabras, dichas con una calma tan absoluta, sellaron lo que ambos sabíamos pero nos negábamos a pronunciar. No habría un milagro final. El viaje de Lyria, que había comenzado como una asesina y se había transformado en una salvadora, estaba llegando a su fin.
Pero no era un final triste. Era… un cumplimiento.
La abracé con más fuerza, como si pudiera transferirle mi propia vida, mi propia fuerza. Y en ese abrazo, rodeados por la paz que habíamos luchado tanto para conseguir, encontré la fuerza para aceptar nuestro destino.