Corazón Helado: El Despertar del Fuego

Epílogo II: El Eco de la Risas

Lyria Umbría

El sol de la tarde filtraba su luz dorada a través de las ventanas altas de la sala del trono, pintando rayos cálidos sobre el suelo de piedra pulida. Ya no es un lugar de audiencias formales y decisiones sombrías; se ha convertido en el corazón de nuestro hogar. Almohadas mullidas están esparcidas por los rincones, y los coloridos dibujos de un niño de cuatro años decoran las paredes donde antes solo colgaban tapices de batallas olvidadas.

Desde mi asiento junto a la ventana, observo la escena que llena mi corazón de una paz tan profunda que a veces aún me cuesta creer que sea real.

Kaelan está arrodillado en el centro de la sala, su espalda ancha y fuerte vuelta hacia mí. Frente a él, tambaleándose sobre sus regordetes piececitos, está nuestro hijo, Aric. Tiene el cabello de su padre, una mata rebelde de ébano, pero mis ojos grises, que ahora brillan con una concentración feroz mientras sujeta los dedos enormes de Kaelan como si fueran un salvavidas.

—Vamos, valiente —dice Kaelan, su voz es un susurro ronco y lleno de una paciencia infinita que nunca deja de sorprenderme—. Un paso más. Hacia mí.

Aric frunce su pequeño ceño, una expresión tan parecida a la de su padre cuando está planeando una estrategia que me hace sonreír. Suelta una de las manos de Kaelan y, con un titubeo glorioso, da un paso hacia adelante. Luego otro. Sus piececitos descalzos golpean la piedra con un sonido suave.

— ¡Lo lograste! —ruge Kaelan con una alegría tan pura que hace que Aric se eche a reír, un sonido burbujeante y contagioso que llena la sala.

Kaelan lo levanta en el aire, haciéndolo girar, y las risas de padre e hijo se entrelazan, un dueto perfecto que es la banda sonora de mi vida. Observo a Kaelan, a este hombre que una vez fue un príncipe consumido por el hielo y el odio, ahora con el rostro iluminado por una sonrisa despreocupada, sus ojos ámbar brillando con un amor tan intenso y desinhibido que me quita el aliento.

Nunca lo había visto tan… liviano. El peso de la corona, de la reconstrucción, es real, pero ya no lo doblega. Lo fortalece. Y en momentos como este, con nuestro hijo en sus brazos, ese peso se disipa por completo, remplazado por una alegría simple y absoluta.

«Te amo», pienso, y el sentimiento es tan vasto que parece no caber en mi pecho. Lo amo por el guerrero que fue, por el rey que es, y sobre todo, por el padre que se ha convertido.

Lo amo por las cicatrices que lleva, porque cada una cuenta la historia de cómo llegó hasta mí. Lo amo por la calma con la que gobierna, por la justicia con la que trata a drakon y humanos por igual, y por la manera en que, cada noche, me mira como si fuera el primer amanecer que ha visto después de una eternidad de oscuridad.

Aric, desde los brazos de su padre, me ve y extiende sus bracitos. — ¡Mamá!

Kaelan se vuelve, y su mirada se encuentra con la mía. No hay necesidad de palabras. En sus ojos veo el mismo amor, la misma gratitud, el mismo asombro por esta vida que hemos construido juntos. Es un espejo de mi propio corazón.

—Creo que alguien te necesita —dice, con una sonrisa que es solo para mí.

Bajo de mi asiento y me arrodillo, abriendo los brazos. —Ven aquí, mi pequeño dragón.

Kaelan lo baja con cuidado, y Aric, con una determinación renovada, da sus pasos tambaleantes hacia mí. Esta vez, sin sujetarse de nada. Su pequeño cuerpo choca contra el mío, y lo envuelvo en un abrazo, inhalando su aroma a aire libre y a la dulce inocencia de la infancia.

— ¡Lo hizo! —digo, mirando a Kaelan por encima de la cabeza de nuestro hijo.

—Claro que sí —responde él, acercándose y arrodillándose a nuestro lado—. Es el hijo de la mujer más obstinada que conozco.

Nos reímos, y por un momento, somos solo una familia. No reyes, no ex enemigos, no símbolos de paz. Solo Kaelan, Lyria y Aric.

De repente, Aric se libera de mi abrazo, sus ojos se clavan en algo detrás de mí, probablemente un juguete olvidado. — ¡Corre! —exclama, y sale disparado con la velocidad torpe y adorable de un niño que acaba de descubrir la maravilla de caminar.

Kaelan y yo nos miramos, y una chispa de diversión traviesa brilla en sus ojos. Es la misma chispa que teníamos junto al arroyo, la que prometió un futuro de risas y no solo de supervivencia.

— ¡Él ha dicho «corre»! —dice, y me toma de la mano.

Y así, los Reyes de Aethelgard, los unificadores de drakon y humanos, salen corriendo por la sala del trono, riendo como niños, persiguiendo a nuestro hijo de cuatro años que huye entre risitas. Las pesadas puertas están abiertas de par en par, y la luz del atardecer inunda el pasillo, iluminando nuestro camino.

Mientras corro, con la mano de Kaelan firmemente entrelazada con la mía y la risa de nuestro hijo guiándonos, un pensamiento, claro y sereno, se forma en mi mente, la verdad más profunda que he conocido:

Al final, después de la guerra y el dolor, después de las mentiras y la traición, encontré a mi alma gemela. O quizás, en el fondo de mi corazón, donde la verdad siempre persistió a pesar de las sombras, siempre supe que era él.

Y en el eco de nuestras risas mezcladas, bajo el cielo de un reino finalmente en paz, sé que nuestra historia, la que comenzó con una espada levantada y un corazón helado, ha encontrado su final perfecto. O mejor dicho, su comienzo eterno.




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