Corazón Pequeño, Amor Grande.

5. Sin Motivos.

Bruno

El grito de mi suegro me estaba provocando jaqueca. Podría decir que estaba más que enfurecido, y no le quitaba la razón. Es un padre preocupado; él y su esposa sufrían por la enfermedad de mi esposa.

—Estás más que alegre porqué ella empeora cada día.

—Cariño, cálmate. No grites, estamos en el hospital.

—No importa dónde esté. Me duele ver a mi pequeña hija en ese estado, tratando de actuar como si nada.

Solté un suspiro; realmente no sabía qué decir.

—Lo lamento —fue lo único que salió de mi boca.

Los padres de Luna se sentaron en la banca. Mi suegro se sujetó la cabeza, llorando. Yo caminé y me quedé en la puerta. El médico me había explicado que el golpe que sufrió mi esposa podía afectar su córnea izquierda e incluso su cerebro. Era un golpe tan profundo que requirió cirugía.

Me sujeté la cabeza, sin saber qué sentido tenía todo ni qué decir. Llevamos seis años juntos; nos casamos jóvenes. Ella tenía apenas 18 años cuando mis padres nos incitaron a casarnos. No voy a negar que, en el momento en que la conocí, me sentí atraído, apasionado, lleno de emociones intensas. Y no, claro que todavía la amo.

Pero desde aquel accidente, ella no es la misma y yo tampoco. Sufro en mi interior por aquel pasado atroz. No hay momento en que podamos estar tranquilos, ella siempre me lanza palabras que me enfurecen. Piénsa lo peor de mi, mas por lo que soy ahora, pero ahora, ver su condición me entristece. Me entristece verla marchitarse cada día, y lo peor son las palabras del médico González.

—Los latidos de la señora Luna son irregulares —me explico —. No puede alterarse; no puede seguir con la misma rutina. Su corazón cada día bombea menos. Debemos buscar un trasplante lo antes posible, con alguien que tenga el mismo tipo de arteria. Necesitamos un oxigenante portátil para que lo tenga en cualquier momento de crisis. Su alergia provoca que su corazón lata irregularmente. Ahora imagínate que pueda perder la vista, desanimarse. Necesitas estar más pendiente, Bruno. Si no deseas enfrentar esta batalla con tu esposa, entonces tienes que tomar una decisión.

Elevé una ceja, sin comprender del todo.

—¿A qué te refieres, Gonzalo?

—Sabes muy bien a qué me refiero.

Solté una risita.

—¿Tú crees que voy a dejar a mi esposa por darte el camino libre?

—Sabes muy bien que siempre he amado a Luna.

—Lo sé, pero ella está conmigo y es mi esposa. Estamos casados, y la Biblia dice que no podemos separarnos.

—Pero no la amas.

—¿Y quién te lo ha dicho?

—Lo tengo comprobado.

—Crees que eso me hara cambiar de parecer.

—Bueno, no hablemos de eso aquí. El tema principal es su salud. Trata de estar más cerca de ella, te necesita.

—Yo estoy cerca de ella siempre.

—Bien, el tratamiento es excesivamente caro, pero necesario. Es una droga potente que ayudará a mejorar sus latidos. No le hará daño, pero lamentablemente puede provocarle alucinaciones; habrá momentos en que se sentirá fuera de lugar. No quiero dárselo, pero es la mejor opción.

—¿Me estás diciendo que probablemente pueda hacerle daño? ¿En qué aspecto?

—Bruno. Puede haber alteraciones toxicas, alucinaciones, ver cosas que no son reales. Pero luego se sentirá mejor y podrá dormir.

Solté un suspiro cansado. Todo eso parecía afectarla más a Luna que ayudarla.

—Si sientes que no estoy trabajando bien, tienes todo el derecho de llevarla a otro hospital.

—Si este es el mejor hospital, ¿crees que hay otro mejor?

—No lo sé. He estudiado muchos años para hacer lo que soy, y mis padres igual.

—Esperemos que no sea necesario llevarla a otro país.

—Haremos todo lo posible por ella, sin dudas. Bien. Aquí está el tratamiento; debes comprarlo para que comience cuanto antes. Mientras más rápido, mejor.

Dejé mis pensamientos a un lado y decidí ir a la habitación para verla, pero me detuve al notar que la puerta estaba entreabierta. Desde allí la observé; apreté mis puños con fuerzas. Me sentí culpable, me sentí molesto conmigo mismo porque no sabía qué hacer ni qué pensar. Quisiera poder hacer algo, cualquier cosa.

Mi móvil vibró en el bolsillo del pantalón. Al sacarlo, vi que era Catalina.

—Hola, Catalina —contesté.

—Bruno, no pudiste asistir a la reunión — mencionó ella, con un suspiro audible.

—Estoy muy ocupado con mi esposa —respondí, tratando de mantener la voz firme.
Catalina suspiró de nuevo.

—Entiendo, tu esposa. Me imagino que volvió a colapsar.

—Sí, tiene una condición cardíaca y debo estar con ella —le expliqué—. He estado demasiado ocupado, y mi prioridad ahora mismo tiene que ser Luna.

Hubo un silencio del otro lado de la línea.

—Entonces… espero que puedas arreglar ese asunto.

—En cuanto al proyecto, tendré que buscar un colaborador.

—¿Vas a buscar un colaborador? —pregunta, confundida—. No entiendo.

—No podré viajar más, Catalina.

— Pero tú eres la base esencial, Bruno. Sin ti, ¿crees que nuestro proyecto avanzará?

—Tiene que avanzar —repliqué con firmeza—. No puedo estar pendiente de mis empresas cuando tengo a mi esposa en esta condición.

—Entonces, cuando tengas listo a tu colaborador, lo llevaré para que continúe con él —dijo ella, resignada.No puedo creerlo… —murmuró, incrédula.

—Nada que hacer.

—Está bien, cuídate. Pasa un buen día y espero que tu esposa mejore pronto.

—Gracias —contesté antes de colgar y guardar el teléfono.

En ese momento, el padre de mi esposa apareció y me miró fijamente.

—Ire a verla.

—Yo entraré primero —dije, intentando mantener la calma.

—Claro —asintió.

Cuando entró, la mama de Luna me observó y me habló con seriedad.

—Lamento mucho que estés aquí. Quizás estés ocupado, pero…

— ¿Por qué hablan de esa manera?

— Sabemos muy bien que te has distanciado de nuestra hija desde hace mucho. —Hizo una pausa— Eso cree Luna también. ¿No te das cuenta de que se siente sola?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.