Luna.
Miraba a Samuel dormir plácidamente, aferrado a su peluche de corazón. Hoy le había comprado otro, uno más grande, con los brazos abiertos como si quisiera abrazarlo también. Ahora dormía entre los dos, como si se sintiera protegido. El era un ternurita que estos días me ha hecho sentir feliz. Aún mis padres no sabían nada de él. Tenía planeado preparar una cena para presentarlo.
Me acerqué despacio, cuidando de no despertarlo, y le di un beso suave en la frente. Dejé las luces encendidas, como me indicó la hermana Lucrecia. A Samuel no le gusta la oscuridad. Leticia ya había dejado todo en orden en su habitación —la que ahora es de mi hijo—, y cuando salió, yo me quedé un momento más. Revisé el móvil. La cámara de vigilancia ya estaba instalada, todo funcionaba bien.
Sentí una mezcla de emociones tan fuerte que me costaba ponerles nombre. ¿Cómo era posible que un pequeño desconocido se ganara mi corazón en tan poco tiempo?
Al entrar a mi habitación, vi a Bruno sentado frente a su escritorio. Al notar mi presencia, cerró la computadora y se acercó con una sonrisa cansada pero cálida.
—Pensé que nunca ibas a venir a descansar —dijo.
Rodé los ojos con suavidad, y él me envolvió en un abrazo breve antes de besarme la mejilla.
—Quería dejarlo bien dormido antes de venir —respondí, dejando que mi voz reflejara el cansancio del día.
Me alejé para quitarme la ropa, pero Bruno volvió a acercarse, esta vez con más calma, ayudándome a desvestirme. Sentí sus labios sobre mi cuello y un escalofrío me recorrió la espalda.
—Estoy cansada —murmuré, sincera. Apenas llevábamos unos días con el niño en casa, y entre todos los trámites de los papeles de adopción y las compras de ropa, juguetes, medicamentos y cada pequeño detalle, ya mi cuerpo estaba exhausto.
—Necesito estar contigo —susurró Bruno contra mi piel, sin dejar de besarme.
Quise detenerlo, decirle que no era el momento, que estaba agotada… pero no pude. Algo dentro de mí también lo necesitaba. Me dejé llevar.
Bruno me alzó en brazos con delicadeza, y me llevó hasta la cama. Ya no dije nada más. Solo cerré los ojos y me entregué a ese momento íntimo.
***
Por la mañana me encontraba enseñándole a Samuel el jardín y la alberca. El pequeño reía emocionado cada vez que descubría algo nuevo. Le pedí a Bruno que comprara algunos juegos y un tobogán para él; quería que el niño se sintiera feliz, que aquel lugar fuera su pequeño paraíso.
Samuel aplaudía de alegría al ver el tobogán que recién habían instalado. En un momento, comenzó a seguir a Kitty, pero ella, asustada, arqueó el lomo y soltó un maullido antes de apartarse. Me preocupé de que pudiera arañarlo, así que lo tomé con cuidado y lo senté en una silla.
—Toma, cariño, come un poco de fruta —le dije sonriendo mientras le ofrecía un plato con rodajas de manzana y uvas.
Sin embargo, el pequeño no tardó en levantarse de nuevo y acercarse a Bruno, que estaba sentado revisando su tableta.
—Papi, vamos a jugar a la pelota —pidió con una sonrisa inocente, estirando sus manitas hacia él.
Bruno apenas levantó la vista. Su rostro seguía serio, sin una pizca de emoción.
—Bruno, el pequeño te está hablando. ¿Podrías responderle? —le pedí en tono tranquilo, intentando no sonar molesta.
—Zai, estoy ocupado con unos asuntos de la empresa en Singapur. No tengo tiempo —respondió sin mirarme, con una frialdad que me dolió.
—Cariño, ven con mamá —susurré, intentando distraer al niño.
—Quiero jugar con papi a la pelota —insistió Samuel, tocando con dulzura el brazo de Bruno.
—No puedo jugar ahora —replicó él con impaciencia, apartando suavemente al niño.
Samuel lo miró confundido. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas antes de romper en un llanto desgarrador. Me levanté de la banca de inmediato y lo tomé entre mis brazos.
—Tranquilo, amor, tranquilo… mamá está aquí —le susurré acariciándole el cabello.—Leticia, lleva al niño un momento a jugar con las pelotas, por favor —le pedí a la sobrina de Dinora.
Ella asintió, tomó al pequeño con cuidado y se lo llevó. Samuel aún sollozaba mientras se alejaban.
Cuando me giré hacia Bruno, lo miré con rabia contenida.
—Eres un odioso. ¿No ves que es un niño? Solo quiere cariño.
Bruno soltó un suspiro pesado y al fin me miró. Sus ojos mostraban cansancio, pero también algo de molestia.
—Lunazai… acepté adoptarlo por ti, no porque yo quisiera. Debes entenderme. Aún no asimilo ser padre de ese niño —dijo con voz firme, pero sus palabras me atravesaron el alma.
Sentí un nudo en la garganta.
—Eres un insensible —le espeté con la voz quebrada—. Por lo menos podrías fingir que te interesa.
Me di media vuelta, con las lágrimas nublándome la vista, pero él no se quedó callado.
—Luna, cálmate. Te dije que no quería, pero insististe y no tuve opción cuando me amenazaste con el divorcio. Todo lo hice por ti. No me pidas ahora algo que no me nace.
Sus palabras fueron como una daga directa al pecho. Me quedé quieta unos segundos, temblando. Luego lo miré con los ojos llenos de furia y dolor.
—Tú jamás serás un buen padre. Eres de lo peor. Por eso nunca tendrás un hijo, ni conmigo ni con ninguna mujer. ¡Imbécil! —grité con la voz quebrada.
Bruno se levantó lentamente, dejando su tableta sobre la mesa. Me miró dolido, con los labios tensos y los ojos brillantes, como si mi frase lo hubiera golpeado más de lo que quería admitir.
—Contrólate, Luna. No me digas eso. El hecho de que no quiera a ese niño no significa que no quiera ser padre. Tus palabras… son duras — expresó con un hilo de voz. Luego respiró hondo, tomó sus llaves, la tablet y añadió con frialdad— Debo salir.
Sin decir más, se marchó, dejándome sola en medio del jardín. Me quedé mirándolo, sintiendo que mi corazón se partía en mil pedazos. Las lágrimas comenzaron a caer sin control, y me hundí en la banca, con un mar de dolor ahogándome por dentro.
Editado: 31.03.2026