Lunazai
Dejé empacados los libros y los cuentos que los compradores habían solicitado para el día de hoy. Mi pequeño Samuel estaba sentado en la alfombra, jugando con algunos ejemplares, pero en sus piernas sostenía el del Pingüino perdido. Lo miraba con tanta atención que me hizo sonreír, aunque por dentro un suspiro se escapó al recordar lo que había sucedido ayer con Bruno.
Su rechazo me dolía más de lo que quería admitir. Lo amo, lo amo con cada parte de mí, pero no puedo permitir que trate a mi hijo de esa manera. El hecho de que la decisión de traer a Samuel haya sido mía no le da derecho a comportarse tan cruelmente con un pequeño que solo busca su aprobación y su cariño. A veces siento que Bruno se ha convertido en un ogro sin corazón.
—Hola, baja de esa nube —escuché de pronto.
Exhalé el aire estancado en mi pecho y levanté la vista. Lucía se acercó y se sentó a mi lado, observándome con esa mezcla de curiosidad y cariño tan suya.
—¿Te sucede algo, verdad? —preguntó con suavidad.
Asentí sin fuerzas y solté otro suspiro cargado de nostalgia.
—Bruno rechaza al niño. Ni siquiera desea intentarlo… ¿puedes creerlo?
Lucía dirigió la mirada hacia Samuel y sonrió con ternura.
—Es una lástima que no quiera ver las cosas buenas —murmuró—. Quizás deberías darle tiempo, Luna. No todos saben amar desde el primer día.
La miré en silencio, luego bajé la vista hacia los libros. Ella tenía razón… pero dentro de mí la duda seguía viva. ¿Valía la pena darle más tiempo a un hombre que se negaba a abrir su corazón?
—Tal vez tengas razón —respondí al fin—. Le daré un mes más, a ver si cambia de actitud.
—Verás que sí, amiga —dijo Lucía con optimismo.
Asentí y continué preparando todo. La firma, la lista de entregas y los paquetes que saldrían a los distintos puntos. Lucía se encargaría de supervisarlo todo, porque el doctor López me había ordenado reposo absoluto. Pero yo ya había tomado una decisión no iba a quedarme encerrada todo el tiempo.
—Vamos, pequeño —dije mientras lo ayudaba a ponerse su chaqueta.
—¡Siii, mami! Vamos por helado. Quiero helado de chispa. Samuel quiere helado —exclamó, riendo.
Besé sus mejillas rosadas y él me abrazó con fuerza. En ese instante supe que había tomado la mejor decisión de mi vida. Y también, que pronto debía hablar con mis padres… y decirles que había decidido adoptar a un pequeño. Se que ellos van a querer a mi hijo sin duda alguna.
***
Después de comprar caramelos, galletas y el helado preferido de Samuel, decidí que era hora de volver a casa. El chofer, como siempre, fue amable al abrir la puerta del coche. Entré junto con mi hijo, y con voz tranquila, le indiqué que nos llevara de regreso.
Ya ni siquiera puedo manejar… mi esposo me lo prohibió. Aún sigo molesta con él, aunque entiendo que su preocupación no nace del control, sino del miedo a perderme. Bruno no quiere verme al volante desde mi última crisis, pero a veces me ahoga su sobreprotección y bueno ni modo. Pero hasta que acepte a Samuel le hablaré.
Durante el trayecto, observé por la ventanilla cómo el sol iba cayendo poco a poco detrás de los edificios. Samuel, sentado a mi lado, jugueteaba con una galleta y canturreaba bajito una canción inventada. Su risa era contagiosa, y por un momento olvidé todo lo que me pesaba. Su alegría era mi medicina.
Cuando el coche se detuvo frente a la mansión, el chofer bajó y abrió la puerta. Respiré hondo antes de salir, intentando dejar en el camino los pensamientos tristes. Tomé a Samuel de la mano y le sonreí.
—Vamos, campeón, ya estamos en casa.
El chofer cargó las bolsas con las compras, pero algo me llamó la atención apenas crucé el umbral. El coche de mis padres estaba estacionado frente a la entrada principal. Me quedé unos segundos observando la puerta de mi casa. Llevaba dias sin ver a mis padres.
Mi corazón se aceleró. No esperaba su visita, y menos sin avisar.
Samuel notó mi silencio y levantó la mirada hacia mí.
—¿Qué pasa, mami? —preguntó, con esa voz dulce que siempre me derrite. —Samu aqui esta.
Me agaché a su altura, acariciando su cabecita con ternura.
—Nada, mi amor… solo que hoy vas a conocer a tus abuelos. Quiero que les des tu mejor sonrisa, ¿sí? Ellos van a estar muy contentos de conocerte.
Sus ojitos brillaron.
—¿De vedá, mami ? ¡Qué alegría! Pero Samu no teniene egalo para mis abuelos —dijo bajito.
Sonreí, sintiendo un nudo en la garganta.
—No te preocupes, hijo. A ellos no les importa eso. Ellos ya tienen muchos regalos… El regalo eres tú, ¿entiendes?
—Está bien, mami —respondió feliz, abrazándome con fuerza.
Entramos a la casa y enseguida apareció Dinora.
—Señora, sus padres están en el salón principal —me informó nerviosa.
—Gracias, Dinora. Por favor, lleva las compras a la cocina y prepara algo especial. Hoy quiero presentarles a mi hijo.
—Claro que sí, señora —respondió ella con su habitual calidez.
Samuel se adelantó unos pasos.
—Nana Samu quiere elado.— aplaudió saltando de alegría.
Dinora soltó una risa suave.
—Por supuesto, mi niño, enseguida te lo preparo.
Tomé la mano de Samuel y caminamos juntos hacia el salón. Sentía un cosquilleo extraño en el pecho; una mezcla de ilusión y miedo. Imaginaba que mis padres se emocionarían al ver a mi hijo, que lo abrazarían con cariño, que lo llenarían de preguntas y besos.
Cuando entramos, mi madre fue la primera en reaccionar. Se levantó de inmediato del sofá y caminó hacia mí con los brazos abiertos. Su abrazo fue fuerte, casi desesperado.
—Hija, por fin te veo —susurró, con la voz cargada de emoción. —¿Cómo te has sentido?— preguntó sonriente.
Luego bajó la mirada y notó al pequeño a mi lado. Samuel se adelantó, dio un paso tímido y sonrió.
—Hola, abuela —dijo con su vocecita inocente.
Pero en lugar de corresponderle, mi madre se quedó inmóvil. Su expresión se endureció y, de pronto, retrocedió un paso. Sentí un vacío en el pecho. Antes de que pudiera reaccionar, mi padre intervino.
Editado: 31.03.2026