Bruno
El mundo se me vino abajo en el instante en que el cuerpo de Luna se desplomó entre mis brazos.
—¡Luna! —la llamé, sacudiéndola con cuidado, pero no reaccionaba.
Su piel estaba pálida, demasiado, ese vacío en su expresión me heló la sangre. Sentí un miedo tan profundo que me atravesó el pecho como una daga. No otra vez. No podía perderla.
—¡Llamen al médico! ¡Preparen el coche ahora! —ordené con voz firme, aunque por dentro estaba completamente deshecho.
La cargué entre mis brazos como si fuera lo más frágil del mundo. Porque lo era. Porque siempre lo había sido, aunque ella insistiera en ser fuerte.
Escuchaba a lo lejos los gritos de sus padres, la discusión, pero nada importaba. Nada más que ella.
—Resiste, amor por favor —susurré, besando su frente—. No me hagas esto.
Salí de la casa casi corriendo, sintiendo cómo el corazón me golpeaba con violencia en el pecho. Cada segundo se sentía eterno. Cada paso era una tortura.
El chofer ya tenía el coche listo. Me subí con Luna en brazos, sin soltarla ni un segundo.
—¡Al hospital, rápido! —ordené.
El vehículo arrancó de inmediato, y yo solo podía mirarla, observar su rostro, sus labios entreabiertos, su respiración débil.
Mi mente comenzó a llenarse de culpa.
Todo esto es mi culpa.
Por no haberla protegido de sus padres.
Por haber discutido con ella días atrás.
Por no aceptar del todo al niño desde el inicio.
Cerré los ojos un instante, apretando la mandíbula.
Soy un idiota.
Samuel.
La imagen del pequeño vino a mi mente de golpe. Sus ojitos buscando aprobación. Su risa inocente. Su voz llamando “mamá” a Luna con tanto amor.
Y yo lo rechacé.
Un nudo se formó en mi garganta.
—Perdóname… —murmuré, sin saber si le hablaba a Luna o a mí mismo—. Perdóname por no estar a la altura.
El coche avanzaba rápido, pero no lo suficiente para mi desesperación.
—Respira, Luna… vamos, respira —repetía, acariciando su cabello con manos temblorosas.
Cuando por fin llegamos al hospital, los médicos ya nos esperaban con una camilla. La separaron de mis brazos, y ese simple acto me hizo sentir inútil y vacío.
—Señor, necesitamos que espere afuera —dijo uno de ellos.
—No… yo… —intenté protestar, pero mi voz se quebró.
La vi desaparecer tras esas puertas blancas, y sentí que una parte de mí se iba con ella.
Me quedé inmóvil unos segundos, hasta que la realidad me golpeó de nuevo.
Los padres de Luna.
Giré lentamente y los vi discutir a unos metros. Su madre lloraba, su padre gritaba como si aún tuviera la razón.
—Esto es tu culpa —decía él—. Siempre la consientes demasiado.
—¡No! ¡Es tu forma de tratarla! ¡La estás destruyendo! —respondía ella entre sollozos.
Apreté los puños.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí rabia. Pero no esa rabia fría que suelo controlar. No. Esta era distinta. Era protectora.
Avancé hacia ellos con paso firme.
—Basta —dije con voz baja, pero cargada de advertencia.
Ambos se quedaron en silencio.
—Si algo le pasa a Luna… —los miré fijamente— no se los voy a perdonar.
El padre de Luna bufó, pero no dijo nada.
Yo tampoco tenía más que decirles.
Me giré y caminé hasta una de las sillas de la sala de espera. Me dejé caer, pasando ambas manos por mi rostro.
El silencio me envolvió, pero dentro de mí todo era ruido.
Pensamientos. Culpa. Miedo.
Y entonces…
Samuel volvió a mi mente.
Ese pequeño ahora estaba en casa, probablemente confundido o tal vez asustado.
Cerré los ojos con fuerza.
—¿Qué hice…? —susurré.
Por primera vez, me cuestioné de verdad. Su padre se molestó por Samuel, yo no lo acepté y mi pobre esposa ahora sufre por nuestra culpa.
Me siento de lo peor, no como esposo, ni como hombre.
Sino como padre.
Porque aunque me negara a aceptarlo antes
Ese niño ya formaba parte de nuestra vida y Luna lo amaba con todo su corazón.
Cuando despertara. Las cosas iban a cambiar.
Porque no podía seguir siendo el mismo hombre después de ver cómo se rompía frente a mí.
Apoyé los codos sobre mis rodillas, entrelazando las manos.
—Solo despierta… —murmuré con la voz rota—. Te prometo que lo haré mejor, seré mejor por él, por ti y por mi.
Y por primera vez en mucho tiempo, Recé por ella. En ese momento los médicos salen de la habitación de emergencia.
El doctor López apareció frente a mí y me miró con evidente molestia. Sostuve su mirada sin apartarme, desafiándolo en silencio.
—¿Qué está pasando? —pregunté con firmeza.
Antes de que pudiera responder, los padres de Luna se acercaron apresurados.
—Doctor, ¿cómo está? —intervino su madre, angustiada.
El médico suspiró, serio.
—Luna está a punto de colapsar. La angustia que está sintiendo es demasiado fuerte, si continúa así, su corazón podría no soportarlo.
Sentí que el mundo se me venía encima.
—Por favor, déjeme verla. ¿Está consciente? —preguntó nervioso.
—Quiero ver a mi hija —pidió mi suegra.
—Doctor, quiero verla primero.
El doctor dudó un segundo, pero finalmente asintió.
—Sí, de hecho pregunto por ti, pero Luna no quiere verlos a ustedes —dijo, dirigiéndose a sus padres—. Y debo respetar su decisión. Lo siento.
Ellos insistieron, pero el doctor se mantuvo firme. Sin esperar más, aproveché el momento y entré a la habitación.
Ahí estaba Lunazai, tan frágil, conectada a varios cables. Su piel estaba pálida, pero al verme, una leve sonrisa iluminó su rostro.
Me acerqué de inmediato, la abracé con cuidado y besé su frente.
—¿Dónde está Samuel? —preguntó con dificultad.
—Tranquila, está con Dinora. Está bien, pero tú me preocupas más —respondí, sintiendo cómo mi voz se quebraba.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No quiero que nadie me aleje de él... Bruno, no quiero perder a mi hijo… no otra vez…
Editado: 31.03.2026