Abrí los ojos con cansancio y vi a mi esposo a mi lado, hablando por el móvil. Me incorporé lentamente. En ese momento, él colgó y se acercó a mí.
—Cariño, ¿cómo estás? No te esfuerces tanto.
—¿Dónde está mi hijo?
—Tranquila, está con una de las empleadas, pero está aquí. De hecho, vinieron a verte.
—¿Vinieron? ¿Está mi padre y mi madre ahí?
—Sí.
Suspiré profundamente.
—Está bien, no quiero seguir discutiendo. Y no quiero que nadie discuta.
—Tranquila, no voy a permitir que sigan discutiendo contigo por cosas que no son.
—Pero mi hijo.
—Voy a proteger a nuestro hijo.
Lo miré con atención.
—¿Lo has aceptado, Bruno?
—Claro que sí. Es mi hijo. Yo decidí adoptarlo contigo.
Sentí un alivio enorme.
—Gracias por ser un buen hombre, pero no lo hagas solo por mí. Hazlo porque realmente quieres.
—Ya te dije, Luna, lo hago porque quiero y porque he reconocido mi gran error. El pequeño no tiene la culpa de nada. Es solo un niño inocente que no tuvo padres valientes.
Sus palabras me golpearon el corazón.
—Tienes razón… yo nunca he podido sopor perder a mi hijo… pero nuestro angelito se fue… y todo fue por mi culpa.
—No digas eso —respondió con firmeza—. No tienes la culpa de nada. Fue un accidente… pero todo eso hizo que nos alejáramos. Sin embargo, tú sabes que te amo, y jamás quiero perderte, Luna. Jamás. No me importa si tenemos que irnos lejos del país para buscarte un corazón.
Sus palabras me hicieron temblar.
—Quiero vivir, Bruno… quiero vivir para ti, para mi hijo… quiero vivir por mí, por seguir escribiendo mis cuentos, por mi librería, no quiero morir.
Él me abrazó con fuerza.
—No te vas a morir, mi amor.
Sentí su abrazo y, con él, todo el peso de mi tristeza.
—Entiendo que te sientas así… —susurró—, pero ya no estás sola.
Movi la cabeza lentamente y luego suspiré.
—¿Trajiste algo de comer?
—Sí… pero sé que quieres ver a Samuel primero.
—Por favor.
—Voy a buscarlo.
Cuando salió de la habitación, mis lágrimas comenzaron a caer. Me sentía tranquila, pero también molesta. La forma en que mi padre había hablado de Samuel, como si fuera algo extraño, no lo iba a permitir.
No pienso sufrir más. No voy a permitir que nadie me aleje de mi hijo.
Y ahora menos, cuando Bruno lo ha aceptado.
Minutos después, regresó con Samuel y la niñera.
Al verme, el pequeño corrió hacia mí, se subió a la cama y aplaudió alegremente. Lo abracé y llené su rostro de besos.
—Mami, ¿ya te sientes bien? Estuve muy preocupado.
—No te preocupes, mi amor, estoy bien. Muy bien, porque puedo abrazarte así.
—Mi papi Bruno también me abrazó mucho —dijo emocionado—. Y dijo que cuando te recuperes iremos de compras. Yo quiero un peluche de pingüino, como el del libro, para que no se escape.
Sonreí entre lágrimas.
—Claro que sí, tu papá te comprará todo lo que quieras.
—Entonces tienes que mejorar, mami. Yo ya le dije a Diosito que te cures y Él me dijo que sí.
No pude evitar llorar al escucharlo. ¿Quién lo diría? Mi pequeño había llegado a mi vida como un milagro, para calmar mi corazón enfermo y enseñarme que el amor sí existe.
Tenía un corazón tan pequeño y yo tanto amor para darle.
Lo único que me importaba ahora, era que fuera feliz.
Después de comer juntos, Bruno salió a atender unos asuntos. Mi madre llegó a visitarme, y le pedí a la niñera que llevara a Samuel a jugar o al cafetín.
No quería que mis padres dijeran nada sobre él.
No lo iba a permitir.
—Lo siento mucho —dijo mi madre.
—No te preocupes —respondí con calma.
Mi padre me observaba en silencio.
—Espero que te mejores pronto.
—Gracias —contesté con frialdad.
Respiré hondo antes de continuar:
—Quiero que entiendan algo, Samuel es mi hijo. Ya está adoptado. Lleva mi apellido y el de Bruno. Así que les pido que no se metan más en mi vida.
—Eso no es tu decisión —replicó mi padre con enojo—. Estás enferma, ¿cómo vas a poder…?
—Padre, si vas a venir a arruinar este momento, entonces aléjate.
En ese instante, la puerta se abrió.
Mi suegra entró junto a su esposo.
—Querida Luna, ¿cómo estás?
Los miré, todavía con la molestia clavada en el pecho.
—Yo me encuentro muy bien, señora.
—Pues no lo parece, estás muy pálida.
La miré con molestia.
—Si viene aquí a molestar a mi hija, por favor retírese.— sentenció mi madre.
—¿Ahora no puedo venir a ver a mi nuera? —respondió con una sonrisa incómoda—. Escuché que tienes un hijo adoptado y quería saber de dónde viene, quién es, cómo llegó a tu vida.
—Para su información, no tengo que darle ninguna explicación.
En ese momento, la puerta se abrió nuevamente y entró el médico.
—Hay muchas visitas aquí —comentó con tono firme.
—Doctor, me gustaría estar sola, por favor —pedí.
—Voy a atender a la señorita Lunazai, así que les pido que esperen afuera.
—Claro que sí —dijeron—. Vamos, queridos. Necesitamos conversar sobre ese nieto que ahora está en la vida de nuestros hijos.
Le lancé una mirada cargada de rechazo a mi suegra.
—No van a verlo sin mi autorización ni la de Bruno.
—Tranquila, querida, solo vamos a conversar —respondieron antes de salir.
Mi madre se acercó a mí y besó mi mejilla.
—Tranquila, mi amor. Mientras tu padre habla con ellos, iré a ver al niño que está con la niñera.
—Por favor, tú tampoco digas nada.
—No, tranquila. Es tu decisión. Pero no me gusta tu suegra, su forma de mirar, de actuar. Prefiero no discutir con ella. Iré al café.
Asentí en silencio. Cuando mi madre se fue, solté un suspiro profundo.
—Es todo un alboroto este lugar con tus suegros y tus padres —comentó el doctor Lopez.
—Sí… lo es. Ni modo.
—¿Cuál es el problema exactamente?
Editado: 26.04.2026