Corazón Pequeño, Amor Grande.

14. Entré la vida y la muerte.

Bruno

—¡Luna! —grité como un histérico, sintiendo cómo el pánico me desgarraba el pecho mientras la cargaba en brazos y corría por el pasillo del hospital.

El sonido de mis pasos retumbaba en mi cabeza. Todo se volvía borroso.

El doctor López se acercó rápidamente, con el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué la dejaron salir de su habitación?

—¡Pero ella ya estaba mejor! —respondí, desesperado, sin entender nada.

El monitor pitó con violencia.

—¡Maldición, está entrando en paro cardíaco!

Sentí que el mundo se me venía abajo.

Me la arrebataron de los brazos y la colocaron en la camilla. Varias enfermeras comenzaron a moverse con rapidez, conectando cables, preparando el desfibrilador.

—¡Por favor! —intenté acercarme—. ¡Necesito estar con ella!

—¡No puede pasar! —me detuvo el doctor López—. ¡Está en paro, tenemos que trabajar!—¡Esto no debía pasar! —gritó él, frustrado.

Me quedé paralizado, viendo cómo luchaban por salvarla, mientras cada segundo se convertía en una tortura.

Detrás de mí estaban mis padres y también el padre de Luna. La madre de ella lloraba desconsolada, temblando.

La rabia empezó a hervir dentro de mí.

—¿Cómo pudieron hacer esto? —mi voz salió cargada de odio—. ¿Cómo puede llamarse padre? ¿Y ustedes se atreven a llamarse mis padres?

—Bruno, tu esposa está equivocada… —dijo mi madre con un tono que me revolvió el estómago.

Antes de que terminara, la tomé del hombro con fuerza.

—¡Cállate! ¡Jamás vuelvas a decir eso! —la sacudí, lleno de ira—. Eres lo peor. Si hubiera sabido la clase de madre que eras, nunca te habría permitido acercarte a mi esposa.

Mis manos temblaban.

—Te confabulaste con mi suegro y con mi propio padre. Alejaron a mi hijo, lo entregaron ¡lo desaparecieron!

Mi voz se quebró.

—¡Durante cinco años Luna y yo creímos que había muerto! ¿Sabes lo que es eso? ¿Sabes lo que nos hiciste?

El silencio fue insoportable.

—Y ahora… —tragué saliva— ahora ella es la que se está muriendo en esa sala.

Sentí que el aire no me alcanzaba.

—Pero no lo voy a permitir… ¿me escuchas? No voy a dejar que muera.

En ese momento, la niñera apareció con Samuel en brazos.

Mi hijo.

Mi pequeño.

Se acercó con miedo, aferrándose a ella.

—Papi… y mi mami.

Me acerqué lentamente, sintiendo que el corazón se me rompía en mil pedazos.

Los ojos del niño, eran exactamente iguales a los de Luna.

—Llévatelo a casa —ordené, con la voz quebrada—. Ahora mismo.

—Sí, señor…

Me arrodillé frente a él.

—Tranquilo, campeón, mamá va a estar bien.

—Yo le voy a pedir a Diosito que la cuide mucho —dijo, tocando mi rostro con su manita—. No llores, papi, yo te quiero mucho.

Las lágrimas cayeron sin control.

—Yo también te quiero, hijo. Ahora lo sé.

Lo abracé con fuerza, como si temiera perderlo también, no iba permitir qué le hagan daño. Ahora comprendo los sentimientos de mi esposa. Este pequeño vino a nuestras vidas con algún propósito.

Cuando la niñera se lo llevó, algo dentro de mí se rompió definitivamente, mis ojos se llenaron de lágrimas.

Me levanté y caminé directo hacia el padre de Luna.

Lo tomé del cuello sin pensarlo.

—¡Usted no merece ser llamado padre!

—¡Suéltame!

—¡Cálmense! —gritó mi suegra —. ¡Este no es el momento!

—¡Sí lo es! —rugí—. ¡Por su culpa ella está así!

Lo solté con desprecio, empujándolo.

En ese instante, el doctor López regresó.

Su expresión, lo decía todo. Algo no andaba bien.

—Lo siento mucho…

El miedo me atravesó como un cuchillo.

—¿Qué significa eso? —pregunté, con la voz rota.

El doctor respiró hondo.

—Luna necesita un trasplante de corazón urgente o perderá la vida en las 72horas.

Negué una y otra vez.

—No… no… eso no puede ser…

La madre de Luna se desplomó en el suelo, llorando desconsoladamente.

—Doctor, haga lo que sea, por favor —suplicó su padre, temblando.

López negó lentamente.

—Solo un corazón compatible puede salvarla. Entró en paro, logramos reanimarla, pero ahora una máquina es lo único que la mantiene con vida.

Cada palabra era un golpe.

—Tenemos que operarla… quitar el corazón dañado y colocar uno nuevo. Pero… —hizo una pausa— no hay ningún donante disponible en este hospital qué este en la lista de los fallecidos.

El silencio que siguió fue devastador.

Sentí que mi corazón iba a salirse de mi pecho.

La desesperación me consumió.

Me acerqué a mi madre con los ojos llenos de odio.

—Lárguense de aquí.

—Hijo, escúchanos…

—¡Fuera! —grité—. O juro que llamaré a la policía ahora mismo. Esto no se va a quedar así. Los tres van a pagar por lo que hicieron.

—Perdóname, fue una locura, yo no sabía… —sollozó mi madre.

—No —la interrumpí—. No tienes perdón.

Mi voz se volvió fría.

—Luna es la mujer que amo y la amaré toda mi vida. Para mí, estás muerta.

—¡Contrólate! —gritó mi padre.

—No me digas qué hacer —respondí, mirándolo con desprecio—. Prepárate, porque vas a ir a la cárcel. Tú también, preferiste involucrarte y hacer desaparecer a un inocente solo por su condición. Lamentablemente no conoces a tu hijo.

Mi madre intentó abrazarme.

La empujé sin dudar.

—Ya no eres mi madre. Recuérdalo bien.

Se quedó inmóvil, destrozada.

Yo me dejé caer en una banca, sintiendo que todo dentro de mí se derrumbaba.

Las manos de la madre de Luna se posaron sobre las mías.

—Lo siento mucho, Bruno, te juro que yo no sabía nada y ahora mismo odio a mi esposo. Espero qué igual que tus padres, paguen por lo que hicieron.

La miré y asentí levemente.

—Usted no tuvo la culpa, ellos si y créame qué van a pagar.

Luego levanté la mirada hacia su esposo.




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