Corazón Pequeño, Amor Grande.

15. Narrador.

El padre de Luna se sentía de la peor manera. No podía creer que, por su culpa y sus malas decisiones, su hija ahora estuviera postrada en una cama, a punto de morir. Estaba entre la vida y la muerte.

Pidió perdón a Dios una y mil veces por todo.

Su esposa, devastada y llena de rabia, incluso le había pedido el divorcio.

Él, indignado y perdido, no lograba asimilar cómo su vida había dado un giro tan brutal. Ver a su hija pendiendo de un hilo era lo más horrible que había vivido. Jamás imaginó que aquello que hizo le causaría un dolor tan profundo.

Entonces, su mirada se posó en el pequeño Samuel, cuando lo vio en el cafetín junto a la niñera.

Y fue en ese instante cuando lo vio.

La marca en el brazo del niño.

Esa misma marca, era la misma que había visto el día en que entregó al bebé en el orfanato las carmelitas.

El corazón le dio un vuelco.

Sin pensarlo más, tomó el móvil y marcó rápidamente a ese orfanato. Tenia el contacto de una de las hermanas. Tras varios tonos, una voz femenina respondió al otro lado.

Era la hermana Lucrecia, la directora del lugar.

—Buenas tardes, Orfanotorio Las carmelitas. Con quién desea hablar—respondió la Hermana Lucrecia, con calma.

—Disculpe… estoy preguntando por un niño que fue llevado en el año 2021, un bebé con síndrome de Down. Lo deje dentro de un moisés en la entrada.

Hubo un breve silencio.

—¿Quién es usted? No podemos dar información sin saber con quién hablamos.

Él tragó saliva.

—Fui yo… yo fui quien dejó a ese niño allí. Tiene una marca en el brazo y quiere comprobar si sigue ahí.

El tono de la mujer cambió de inmediato.

—¿Usted es quien lo abandonó?

—Necesito saber de él… por favor.

—¿Quién habla exactamente?

—Soy… su abuelo materno.

—¿Cómo? —la sorpresa era evidente—. ¿Y ahora pide información? El niño ya está en adopción.

—Solo quería saber si está bien, si sigue vivo.

La respuesta fue firme, pero cargada de emoción.

—Claro que está vivo. Es un angelito de Dios. ¿Cómo pueden ser capaces de abandonar a un pequeño así? Pero ahora está en buenas manos.

El hombre cerró los ojos, llevándose la mano al rostro, abrumado por la culpa.

—¿Está con una familia?

—Sí. Una familia que lo quiere y lo va a cuidar como merece. Lo lamento, pero ustedes tomaron su decisión cuando lo abandonaron. Eso quedará en su conciencia.

—Gracias… —murmuró él antes de colgar.

Se quedó en silencio, con el alma hecha pedazos.

Pero, en medio de todo ese dolor, también sintió algo de alivio.

Luna había encontrado a su hijo.

Como si Dios hubiera acomodado todo, el pequeño había regresado a los brazos de su madre.

Con manos temblorosas, tomó unos papeles y un lapicero. Comenzó a escribir, dejando varias cartas, pidiéndole perdón a su hija por cada error cometido, a su esposa y a Bruno.

Luego, respiró hondo y marcó otro número.

El del doctor López, quien había atendido a Luna durante años.

Al tercer tono, el médico respondió.

—Señor Wallet, pensé que usted estaba aqui en el hospital. Dígame, ¿a qué se debe su llamada?

Sintió un dolor punzante en el pecho.

Sabía lo que iba a decir y aun así, no dudó.

Era su decisión.

Y esta vez, no pensaba echarse atrás.

—Vine para hacer mi última, voluntad.

—A qué se refiere.

—Quiero ser el donante de corazón para mi hija.

—Señor, Wallet, pero qué está diciendo. No logro comprender.

—Ya se lo deje claro. Voy a darle mi corazón sano a mi hija.

—Creó qué no esta razonando. Primero, busquemos una alternativas.

—No me diga que hacer—dijo con voz firme, aunque roto por dentro—. Solo cumple con lo que te pido. Es mi voluntad, es mi decisión.

El doctor López lo escuchaba con preocupación. Sabía perfectamente lo que aquello significaba.

—Señor Wallet, por favor, piénselo bien. Esto no es algo que deba tomarse a la ligera.

—No hay nada que pensar —lo interrumpió—. Mi hija merece vivir. Es joven, tiene una familia y tiene un futuro. Ha luchado por todo lo que tiene. Merece ser feliz.

Su voz se quebró.

—Yo, en cambio, he cometido errores imperdonables. No voy a permitir que ella pague por mis pecados.

El doctor suspiró profundamente. Sentía una mezcla de impotencia y compasión.

—Aún tenemos tiempo. Falta un día más. Puede aparecer un donante

—No —respondió tajante—. No voy a esperar.

Hubo un silencio pesado entre ambos.

—Haz lo que te digo —continuó—. Tú eres médico, no tienes por qué negarte a lo que un paciente pide ¿o sí?

El doctor bajó la mirada, sin saber qué responder.

—Llama a mi esposa —ordenó finalmente—. Dile que venga a la mansión.

—Señor…

—Hazlo.

La llamada terminó. El doctor López se quedó unos segundos en silencio, sintiendo un nudo en la garganta. Luego, caminó hacia donde estaba la madre de Luna.

—Señora, su esposo me pidió que le dijera que vaya de inmediato a la mansión.

Ella frunció el ceño.

—¿Qué pasó? ¿Por qué no me llamó a mí?

—No lo sé —respondió con honestidad.

La mujer dudó.

—No puedo dejar sola a mi hija.

—No se preocupe, yo estaré pendiente —aseguró el doctor—. Todo estará bien, además Bruno esta con ella.

La madre de Luna asintió, pero justo cuando se disponía a salir, sintió una punzada en el pecho. Se detuvo un instante, llevándose la mano al corazón, intentando ignorar la sensación.

Luego subió al auto y condujo directo a la mansión.

Al llegar, el ambiente era extraño. Demasiado silencioso y vacío.

Entró con prisa.

—¿Dónde está mi esposo? —preguntó a uno de los empleados.

—Está en su despacho, señora. Solo me pidió que le llevara un vaso de agua y tiene puesto el sonido musical.

Sin esperar más, caminó rápidamente hacia el despacho.

Abrió la puerta y la música resonaba a todo volúmen.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.