Corazón Pequeño, Amor Grande.

17. Tristeza y Felicidad.

Luna

La oscuridad era profunda. Silenciosa. Como si hubiera estado flotando durante siglos en un lugar donde no existía el dolor, ni el tiempo, ni la tristeza.

Pero entonces escuché algo.

Un sonido.

Un latido.

Fuerte.

Constante.

Abrí los ojos lentamente y la luz blanca del hospital me obligó a cerrarlos por un instante. Todo estaba borroso. Sentía el cuerpo pesado y la garganta seca. Me costaba respirar con normalidad. Parpadeé varias veces intentando entender dónde estaba.

Entonces vi un rostro frente a mí, uno qué deseaba ver.

Bruno mi amado esposo.

Sus ojos estaban completamente rojos, llenos de lágrimas contenidas y ojeras profundas, como si no hubiera dormido en días.

—Luna… —susurró con la voz quebrada—. Mi amor, has despertado.

Sentí cómo tomó mi mano entre las suyas y la besó desesperadamente.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Qué… pasó…? —pregunté apenas en un hilo de voz.

Mi madre apareció rápidamente al otro lado de la cama. Apenas la vi, sentí una extraña presión en el pecho. Ella estaba demacrada. Sus ojos hinchados evidenciaban que había llorado demasiado.

—Despertaste, hija… gracias a Dios despertaste… —sollozó mientras acariciaba mi cabello.

Miré alrededor confundida. Las máquinas seguían sonando a mi lado y entonces llevé una mano temblorosa hacia mi pecho.

Mi corazón.

Mi respiración se agitó.

—¿Que paso…? —murmuré—. ¿Mi corazón, pensé qué colapsó, díganme, qué pasó conmigo?

Bruno bajó la mirada por un instante antes de volver a verme.

—Todo salió bien, amor —respondió intentando sonreír—. Estuviste dormida una semana, pero sobreviviste. Eres fuerte.

Una semana.

Sentí un escalofrío recorrerme por completo.

Entonces algo golpeó mi mente de repente. Samuel.

Abrí los ojos más grandes inmediatamente.

—¡Samuel! —dije alterada—. ¿Dónde está mi hijo? Quiero verlo… quiero ver a mi bebé…

Bruno sonrió entre lágrimas.

—Está bien, está aquí con nosotros, nuestro hijo está bien.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas al escuchar aquellas palabras.

Nuestro hijo.

El ya lo consideraba su hijo.

Pero también algo doloroso cruzó mi mente. Mi hijo, el que pensé que habia nacido muerto, me lo arrebataron sin piedad, haciéndome creer que nació muerto.

Intenté levantarme desesperadamente, pero mi cuerpo todavía estaba débil.

—Tranquila, Luna —dijo Bruno sujetándome con cuidado—. Debes ir despacio.

Negué con desesperación.

—No... necesito verlo a Samuel y por favor…debes encontrar a nuestro hijo.

Bruno me miró nervioso.

—Lunazai, todo con calma, acabas de despertar, quiero qué estés tranquila.

Asentí con lagrimas bajando por mi mejilla.

Mi madre salió un momento de la habitación y la noté nerviosa.

¿Qué sucede?

—Iré por Samuel, quédate tranquila. — mencionó mi esposo.

—Si, ve por favor.

Mientras Bruno se iba, me levanté lentamente a caminar hacia la puerta. Mis piernas temblaban y sentía dolor, pero nada importaba más que ver a mi hijo.

Sin embargo, antes de avanzar más, escuché la voz quebrada de mi madre al otro lado del pasillo.

—No sé cómo decirle que fue su padre quien le salvó la vida a pesar de todo lo qué hizo. Me siento mal, con culpa por todo lo qué a sucedido en el pasado.

Mi cuerpo se congeló inmediatamente.

El aire desapareció de mis pulmones.

Escuché otro sollozo.

—No se culpe, su esposo hizo todo junto a mis padre, y el tomo la decisión. Su corazón ahora late dentro de Luna, él decidió dar su vida por ella. No se como lo tomara Luna, cuándo sepa la verdad.

Sentí que el mundo entero se detenía.

No.

No podía ser verdad.

Mis piernas perdieron fuerza y caí de rodillas al suelo mientras una presión insoportable atravesaba mi pecho.

Mis manos comenzaron a temblar violentamente.

—No… —susurré con la voz rota—. No… no…

Las lágrimas brotaron sin control.

Mi padre, esta muerto. Esto debe ser una pesadilla.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza descontrolada mientras llevaba ambas manos hacia mi pecho, como intentando comprender aquella realidad imposible.

Mi padre estaba muerto.

Y su corazón, seguía vivo dentro de mí.

Un sollozo desgarrador escapó de mis labios.

—Papá… —lloré destruida—. ¿Por qué…? ¿Por qué hiciste eso…?

Sentí entonces unos brazos rodeándome con fuerza, era Bruno.

Me abrazó con desesperación mientras yo lloraba desconsoladamente contra su pecho.

—Lo siento mi amor, lo siento tanto —repetía acariciando mi cabello—. Él te amaba demasiado y prefiero morir para qué tú vivas.

Negué una y otra vez entre lágrimas.

—No quería esto, no quería perderlo, lo qué hizo, no tiene excusa, sin embargo jamas quería perderlo no de esta manera.

Bruno sostuvo mi rostro entre sus manos obligándome a mirarlo.

Sus ojos también estaban llenos de dolor.

—Tu padre tomó esa decisión porque quería salvarte —susurró—. Él quería darte una oportunidad de vivir y ahora una parte de él siempre estará contigo.

Cerré los ojos mientras las lágrimas seguían cayendo sin control.

Podía escuchar aquel latido dentro de mi pecho.

Fuerte.

Vivo.

Era suyo.

Y aunque el dolor parecía imposible de soportar, comprendí algo en medio de mi tristeza.

Mi padre había dado su vida para que yo pudiera seguir viviendo la mía y de esa manera remediar la culpa por haberme quitado a mi bebé hace cinco años.

Bruno volvió a abrazarme con fuerza mientras yo lloraba entre sus brazos, completamente rota, pero viva.

Y en medio de todo aquel sufrimiento, escuché unos pequeños pasos acercándose lentamente por el pasillo.

Levanté la mirada entre lágrimas.

Y entonces lo vi.

Samuel, mi hijo.

El pequeño me observaba con sus ojitos llenos de miedo y confusión mientras sostenía un pequeño juguete entre sus manos.




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