Prólogo: La Geografía del Dolor
Dicen que todos cargamos un corazón con grietas. Unos lo muestran con orgullo, como medallas de guerra ganadas en batallas que nadie vio. Otros lo esconden bajo capas de indiferencia, miedo o rutina, esperando que nadie note que por dentro se están desmoronando. Pero hay quienes nacen con el corazón ya hecho añicos, cosido a la fuerza con hilos de abandono y desamor, herederos de una tristeza que no les pertenece pero que llevan como segunda piel. Para ellos, la vida no es una herida que sana con el tiempo, sino una herida que se niega a cerrar, que supura recuerdos y duele con cada latido, con cada recuerdo, con cada amanecer que los obliga a seguir existiendo.
El dolor tiene su propia geografía. No es un territorio llano, sino un paisaje accidentado de abismos y montañas, de ríos subterráneos que corren en silencio y volcanes que explotan sin aviso. Hay quienes habitan en las llanuras de la tristeza pasajera, donde el sol vuelve a salir después de la tormenta. Pero otros, los que esta historia reúne, viven en las regiones más oscuras de ese mapa, donde la luz es solo un rumor lejano y la esperanza, una palabra que aprendieron a olvidar.
Alexander, pues, simplemente desconectó el suyo. No por orgullo, sino por supervivencia. Cuando algo duele demasiado, el cuerpo aprende a anestesiarlo. El corazón de Alexander aprendió a dejar de sentir, a mirar el mundo desde una distancia que lo protegía de cualquier daño. Era un muchacho con una sonrisa que no enseñaba nada, con un brillo en los ojos que negaba cualquier atisbo de esperanza, y un pasado que prefirió enterrar tan hondo que ni él mismo pudiera encontrarlo. Vivía cada día como si el mundo le hubiera robado algo y él fuera el único guardia de una prisión vacía. La humanidad era un virus, y él, el antídoto callado y solitario que nadie había pedido.
Pero los antídotos también se cansan. También necesitan, aunque no lo sepan, que alguien los mire y les diga que está bien rendirse de vez en cuando.
Elia Luz Dávalos, en cambio, llevaba el suyo a flor de piel, tan grande y frágil que parecía a punto de romperse con cada latido. Creyó, con la fe ingenua de quien no conoce el mal, en el amor como religión, en las segundas oportunidades como milagros cotidianos. Creyó en los atardeceres que pintan el cielo de promesas y en los abrazos que sanan heridas que ni siquiera sangran. Creyó en las manos que se toman con la firme promesa de quedarse, en las palabras dichas en voz baja cuando el mundo se apaga. Pero todo eso cambió cuando conoció a Dante. Él no vino a salvarla, vino a confirmarle que el amor no era un refugio, sino un campo minado. Y ella, con los ojos vendados por la esperanza, caminó directo hacia la explosión.
Dante era un hombre que no creía en nada. Su vida estaba marcada por la desesperanza y el caos, un río turbulento que arrastraba todo a su paso. Solo creía en la polvadera blanca que le quemaba las fosas nasales y le silenciaba los demonios por unas horas, en la velocidad vertiginosa de su motocicleta que le permitía escapar, no solo de la policía, sino de su propia sombra y de los fantasmas que lo perseguían desde que tenía memoria. Creía en el sexo como refugio para callar los gritos sordos de su interior, en el poder momentáneo de tener a alguien entre sus brazos aunque después desapareciera. A las mujeres las usaba como si fueran cigarros: las encendía para aliviar su ansiedad, para calmar su hambre de afecto, pero cuando ya no prendían o dejaban de servirle, las tiraba sin remordimiento, sin mirar atrás, sin preguntarse si ellas también sentían.
Pero incluso los cigarros dejan cenizas. Y las cenizas, aunque parezca que no, también pesan.
Elia creyó que podría salvarlo, que su amor sería la luz que guiaría a Dante fuera de su oscuridad. Se aferró a esa idea con la desesperación de quien necesita creer en algo, de quien prefiere una mentira esperanzadora a una verdad devastadora. Dante, en cambio, creyó que podía usarla, aprovechar su inocencia y su fe para llenar su vacío momentáneamente. No contaba con que ella dejaría una marca, una pequeña grieta en su armadura oxidada.
Sofía llegó después, como un huracán disfrazado de brisa, a sacudir los escombros que Alexander había acumulado alrededor de su corazón. Ella también tenía sus propias heridas, sus propias razones para buscar en un chico de mirada triste la oportunidad de demostrarse que el amor podía ser real. Porque a veces uno busca en otros lo que no encuentra en sí mismo.
Y luego está el destino, esa broma pesada y torcida que ríe en silencio mientras junta a los que están rotos, no para que se reparen, sino para que se reconozcan en la caída del otro. La vida no avisa cuando se va a romper. La muerte, esa verdad irreverente, espera quieta al final del camino, sin importarle lágrimas, promesas ni gritos desesperados.
Esta no es una historia de amor, ni de odio, ni de perdón. Es la geografía del dolor de dos almas hechas polvo que se encuentran en el abismo, no para salvarse, sino para verse reflejadas en la tristeza profunda del otro. Para comprobar que a veces la única manera de callar el ruido es dejar de latir.
Porque cuando uno carga el dolor por mucho tiempo, ese peso lo aplasta hasta que ya no queda nada, solo un silencio oscuro que se mete en el alma y la habita.
Bienvenidos a la última carga.
Volumen 1: Un Corazón Descargado
Capítulo 1: El Antídoto y el Huracán
El sonido del timbre atravesó los pasillos del colegio como un cuchillo cortando la tensión de la mañana. Los estudiantes salieron en masa de sus aulas, un río de voces, risas y pasos apresurados que llenaron el espacio de vida y caos. Pero en medio de ese torrente, había una isla de silencio que se movía en sentido contrario, lenta, pausada, ajena a todo.
Alexander caminaba con las manos en los bolsillos de su chaqueta negra, gastada por el uso y el tiempo. Los audífonos colgaban de sus orejas como un letrero de neón que decía "no molestar", aunque en realidad no estuviera sonando ni una nota. Lo hacía por costumbre, por la necesidad de crear una barrera entre él y el mundo. Un muro invisible pero infranqueable.
Editado: 27.02.2026