Productos de una Infidelidad
Prólogo
El amor no siempre es como te lo cuentan en las canciones.
A veces llega disfrazado de salvación cuando en realidad es un naufragio. A veces sonríe con dientes de lobo mientras te susurra al oído que todo va a estar bien. Y uno cree. Uno siempre cree, porque creer duele menos que aceptar la verdad.
Elia Luz Dávalos creía.
Creía en los atardeceres que pintan el cielo de promesas. Creía en el olor del pan recién horneado, en los abrazos que sanan heridas invisibles, en las manos que se toman con la firme intención de quedarse. Creía que el amor era un refugio, no un campo minado. Creía en las segundas oportunidades, en la pureza de una sonrisa sincera, en esos pequeños detalles cotidianos que, poco a poco, construyen un mundo mejor.
Pero todo eso cambió cuando conoció a Dante.
Dante Rojas no creía en nada. Su vida era un desierto de desesperanza y caos, un páramo donde nada crecía excepto el rencor y la rabia. Creía en la polvadera blanca que le quemaba las fosas nasales y le callaba los demonios por unas horas. Creía en la velocidad de su moto, en escapar de su propia sombra, de los fantasmas que lo perseguían desde que tenía memoria. Creía en el sexo como anestesia, como refugio para callar los gritos sordos de su interior. A las mujeres las usaba como cigarros: las encendía para calmar su ansiedad, para llenar su hambre de afecto, y cuando ya no le servían, las tiraba sin remordimiento, sin mirar atrás, sin preguntarse si ellas también sentían.
Ella quiso salvarlo.
Él quiso usarla.
Y así, ese amor del que todos hablan, ese amor que se idealiza en las novelas y en las películas, se convirtió en un machetazo de dos filos, cortando sin piedad hasta dejar a ambos hechos trizas. Porque cuando la traición llega, no avisa. Y cuando lo inevitable sucede, ya no hay vuelta atrás.
Bienvenidos al Volumen 2.
Esto es más fuerte. Esto es más humano. Esto es lo que pasa cuando dos almas rotas se encuentran en la oscuridad y una no logra sacar a la otra a la luz.
Capítulo 1: La Que Cree
El gallo cantó antes del amanecer, como todas las mañanas de los últimos diecinueve años. Su voz áspera atravesó el aire fresco y se coló por la ventana entreabierta del cuarto de Elia. Ella se estiró en la cama, sintiendo el frío en las mejillas, y miró el techo rajado que conocía desde siempre, esas grietas que había contado cien veces cuando no podía dormir.
Algo diferente flotaba en el aire esa mañana. Una sensación rara, como cuando la lluvia está por caer pero el sol todavía brilla. No supo explicarlo, pero se levantó con la certeza de que hoy sería un buen día.
Se peinó con las manos aún dormidas, se puso la camiseta blanca con esa mancha de café que los lavados no habían podido borrar por más que su mamá restregaba, y salió descalza al patio. El suelo de tierra estaba frío, pero a ella le gustaba esa sensación, ese contacto directo con algo real, con algo que no mentía.
Su mamá ya estaba ahí, como siempre desde que ella tenía uso de razón. Pelando naranjas con manos expertas, llenando bolsitas con tomates maduros que habían cosechado la tarde anterior, arreglando la mesa de madera que les servía para todo: desayunar, comer, cenar, hacer tareas, rezar, llorar.
--- Buenos días, mami.
--- Buen día, hija. ¿Dormiste bien?
--- Sí. Soñé cosas raras.
Su mamá sonrió sin dejar de pelar, el cuchillo bailando entre sus dedos con la precisión de quien ha hecho lo mismo miles de veces.
--- Sueños raros traen días importantes. Así decía mi abuela.
Elia se sentó en una de las sillas de plástico, las patas medio desparejas, y aceptó el vaso de fresco que su mamá le tendió. Bebió despacio, mirando el cielo que comenzaba a aclararse.
--- Mami, ¿vos creés que el amor llega para todos?
Su mamá dejó de pelar. Se limpió las manos en el delantal y la miró con esa ternura que solo tienen las madres cuando ven a sus hijos haciéndose preguntas grandes, preguntas que duelen, preguntas que no tienen respuesta fácil.
--- ¿Por qué preguntás eso tan temprano, muchacha?
--- No sé. A veces pienso que voy a terminar sola. Que nadie va a querer a alguien como yo.
Su mamá se acercó y le pasó la mano por el cabello, ese gesto que siempre la calmaba, que siempre le recordaba que había alguien en el mundo para quien ella era suficiente.
--- El amor llega, hija. Pero no siempre como uno lo sueña. A veces llega disfrecito, con otra cara, con otra forma. Y a veces duele. Duele mucho. Pero llega. Y cuando llega de verdad, vale la pena todo lo que duele antes.
Esa noche, después de un día largo en la feria, después de cargar cajas y sonreír a los clientes y contar vueltas hasta que le dolían los dedos, Elia se durmió abrazada a esa idea. Soñó con un chico de ojos tristes que le sonreía y le extendía la mano. En el sueño, ella la tomaba, y una sensación cálida le recorría el cuerpo.
Al despertar, sintió una nostalgia rara, como si ese alguien ya existiera y ella no lo conociera todavía. Como si estuviera ahí, en alguna parte, esperando.
No sabía que lo conocería hoy.
Capítulo 2: La Feria
La feria era el mundo de Elia. Desde que tenía memoria, los sábados y domingos eran sagrados: levantarse antes del sol, cargar las cajas con su mamá, caminar las ocho cuadras hasta el mercado, acomodar las frutas y verduras en fila como soldaditos, y esperar.
Esperar a los clientes, esperar que compraran, esperar que el día terminara. Pero también esperar otra cosa. Algo que no sabía nombrar. Algo que le hacía levantar la vista cada vez que una moto pasaba, cada vez que alguien nuevo se acercaba al puesto.
Ese domingo, el sol pegaba fuerte. Elia se secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano, el mismo gesto que había visto hacer a su mamá miles de veces. Estaba cansada, pero no podía quejarse. Quejarse no servía de nada.
Editado: 02.03.2026