Corazones a media carga

Vol 3

Corazón Descargado por Completo

Prólogo

La vida es una broma pesada.

Una línea torcida que nunca avisa cuándo se va a romper. Uno camina, camina, creyendo que va a algún lado, que las cosas mejoran, que el dolor pasa. Y de repente, el suelo desaparece. Y uno cae. Y sigue cayendo. Y nunca encuentra el fondo.

La muerte es esa verdad irreverente que espera quieta al final del camino. No le importan las lágrimas, ni las promesas, ni los gritos desesperados. No le importa si amaste, si odiaste, si intentaste cambiar. Solo espera. Paciente. Segura.

Vivimos como si todo tuviera sentido. Como si las heridas se pudieran sanar con tiempo, como si las palabras rotas algún día se volvieran a pegar. Pero no es así. No siempre.

Cuando uno carga el dolor por mucho tiempo, ese peso lo aplasta. Primero el alma, después el cuerpo. Hasta que ya no queda nada. Solo un silencio oscuro que se mete en los huesos y los habita.

Elia aprendió a sobrevivir. Aprendió que el dolor podía transformarse en otra cosa. Aprendió que podía seguir adelante, sola, entera. Pero aprender no significa olvidar. Las cicatrices no desaparecen, solo duelen menos.

Alexander nunca aprendió. Él solo aprendió a esconderse, a poner distancia, a no sentir. Pero cuando Sofía lo traicionó, esa distancia se rompió. Y todo lo que había guardado durante años salió de golpe, como una represa que revienta.

Ahora están aquí. Los dos. En una cafetería que huele a café rancio y a despedidas.

No es una historia de amor. No es una historia de odio. Tampoco de perdón.

Es la historia de dos corazones que se descargan por completo. Porque a veces la única manera de callar el ruido es dejar de latir.

Bienvenidos a la última carga.

No va a doler. Prometido.

O sí. Pero ya no importa.

Capítulo 1: El Lugar de los Rotos

La cafetería se llamaba "El Refugio". Un nombre irónico para un lugar donde nadie se refugiaba de nada, solo pasaban el rato, tomaban café malo y seguían con sus vidas. Pero para Elia, ese nombre tenía sentido. Ella sí se refugiaba ahí. Del mundo, de la gente, de todo.

Era un lugar olvidado por el tiempo. Paredes amarillentas por el humo de años, mesas de madera gastada con nombres grabados con cuchillo, sillas que crujían cuando alguien se sentaba. La máquina de café tosía vapor y quejidos metálicos cada vez que alguien pedía uno. Las ventanas, siempre empañadas por el frío y la humedad, mostraban un mundo gris y distante, como si la realidad fuera otra y ellos estuvieran atrapados en una burbuja aparte.

Elia llegó temprano esa tarde. Pidió su café negro, se sentó en la mesa del fondo, la que tenía la mejor vista a la calle, y esperó. No sabía bien qué esperaba. Solo sabía que no quería estar en su casa. Que no quería estar en la librería. Que no quería estar en ningún lado donde la gente pudiera verla, hablarle, preguntarle cómo estaba.

Porque no estaba bien. Y no quería fingir que sí.

Habían pasado años desde Dante. Años desde el juicio, desde la carta, desde ese último encuentro en la librería. Ella había sanado. O eso creía. Había conocido a alguien más, un hombre tranquilo que la quería bien. Había construido una vida estable, rutinaria, segura.

Pero la rutina no tapa el vacío. Y el vacío seguía ahí. Pequeño, silencioso, pero siempre presente. Como ese ruido de fondo que uno aprende a ignorar hasta que un día, sin avisar, se vuelve ensordecedor.

Esa mañana, había roto con su novio. Sin razón aparente. O con todas las razones. Él la quería bien, pero ella ya no sabía qué era sentirse bien. Lo miró a los ojos mientras él le suplicaba una explicación, y no sintió nada. Absolutamente nada. Y eso le dio más miedo que cualquier dolor.

--- ¿Sabés qué es lo peor? ---le dijo---. Que merecés a alguien mejor. Alguien que no esté roto por dentro.

Él lloró. Ella no.

Y ahora estaba aquí, en su mesa de siempre, viendo caer la tarde sin verla realmente.

El cascabel de la puerta sonó.

Ella no levantó la vista. No le importaba quién entraba. No le importaba nada.

Pero la persona que entró se quedó parada en la entrada, como buscando algo. Después caminó despacio, con paso lento, casi arrastrando los pies, y se sentó en la mesa de al lado.

Ella lo miró de reojo. Un muchacho, más joven que ella, de cabello negro que le caía sobre los ojos, chaqueta gastada, auriculares colgando del cuello. Tenía la mirada perdida, como si estuviera en otro lugar, en otro tiempo.

El muchacho pidió un café negro. Se lo tomaron, y se quedó mirando por la ventana sin ver nada.

Pasaron veinte minutos. Treinta. Ninguno de los dos habló.

Hasta que él, sin mirarla, dijo:

--- Este lugar es raro. Parece un cementerio de gente viva.

Ella sonrió sin ganas.

--- Por eso me gusta.

Él la miró por primera vez.

--- Vos no sos de por aquí, ¿verdad?

--- No. Pero los que estamos rotos nunca somos de ningún lado. Somos extranjeros permanentes en el mundo.

Él arqueó una ceja. Esa frase le había llegado.

--- ¿Quién te rompió?

--- Mucha gente. Pero sobre todo, yo misma.

Él asintió, como si entendiera perfectamente.

--- Yo también.

Y ahí empezó todo.

Capítulo 2: Las Heridas que No Se Ven

Se llamaba Alexander. Tenía veintipocos, aunque parecía de cuarenta. Sus ojos tenían ese brillo apagado de quienes han visto demasiado, de quienes aprendieron muy temprano que esperar algo de alguien es la forma más segura de salir lastimado.

Ella se llamaba Elia. Tenía treinta y tantos, pero su mirada era más vieja aún. Había sobrevivido a Dante, a la traición, al juicio, a la soledad. Había construido una vida. Pero construir no es lo mismo que sanar.

Esa tarde, en "El Refugio", hablaron durante horas.

Él contó de su padre, que se fue sin despedirse cuando él tenía siete años. De su madre, que se quedó pero nunca estuvo realmente, siempre mirando la tele, siempre ausente, siempre invisible. De cómo aprendió a no necesitar a nadie, a no pedir nada, a no esperar nada.




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