Corazones Bajo Custodia

Capítulo 1: El tropiezo más dulce del mundo

El Festival Gastronómico de Santa Marta era un torbellino de aromas y colores. Mango maduro, arepas chisporroteando, azúcar quemada flotando en el aire caliente del Caribe. Entre la marea de turistas, familias y niños con globos, una pequeña silueta de seis años avanzaba sin rumbo, aferrada a su mochila escolar morada como si fuera un salvavidas.

Emilia Vargas apretaba los labios para no llorar. Su papá la había traído directo del colegio prometiéndole “la mejor sorpresa del mundo”. La sorpresa se había convertido en pánico cuando la multitud los separó de un tirón. Ahora, sola entre piernas adultas y puestos de comida, intentaba recordar lo que Gabriel siempre le decía: “Los valientes no se rinden, Emi. Ni siquiera cuando todo parece gigante”.

De repente, un perfume de fresas frescas y vainilla la envolvió como una manta tibia. Levantó la vista y vio a una mujer guapísima caminando a paso rápido: cabello castaño ondulado que brillaba con el sol, piel dorada, ojos grandes y oscuros, labios rojos curvados en una concentración adorable. Llevaba una caja blanca enorme con cuidado, como si transportara un bebé de cristal.

Luciana Martínez, dueña de “Dulce Pecado”, la pastelería más cotizada de la ciudad, iba retrasada. Muy retrasada. El pastel de tres pisos de fresas era para el stand principal y el cliente ya la había llamado cuatro veces. Sus tacones bajos de trabajo no estaban preparados para el caos del festival.

—¡Cuidado! —gritó Luciana, pero el tropiezo ya era inevitable.

Su pie derecho chocó contra la mochila morada de Emilia. La caja se tambaleó. Luciana giró como si estuviera en una coreografía improvisada, salvó el pastel con una mano milagrosa mientras la otra se aferraba al bracito de la niña. Ambas terminaron sentadas en el suelo caliente, rodeadas de curiosos que las miraban como si fuera teatro callejero.

Emilia parpadeó. La mujer tenía una mancha de crema batida en la punta de la nariz y una sonrisa que parecía iluminar todo alrededor.

—¿Estás bien, mi niña linda? —preguntó Luciana con voz suave y juguetona. Se limpió la nariz con el dedo y soltó una risita—. Porque si no, voy a tener que comerme este pastel entero para curar mi corazón roto… y luego voy a rodar como una bola de helado gigante por toda Santa Marta. Imagina los titulares: “Repostera se convierte en su propio postre estrella”.

Emilia soltó una carcajada sorprendida. La primera risa desde que se perdió.

—¡No puedes comértelo todo! —protestó, pero ya sonreía—. Las fresas son mis favoritas.

Luciana abrió los ojos como platos, fingiendo indignación.

—¿Tus favoritas? ¡Pero si ni siquiera nos conocemos! Aunque… —Bajó la voz como si contara un secreto—. Tengo una debilidad terrible: cuando una niña tan valiente dice que las fresas son suyas, le doy una probadita especial. ¿Trato hecho?

Sacó de su bolso un pequeño envase con fresas cubiertas de chocolate blanco —siempre llevaba “municiones de emergencia”— y se la ofreció. Emilia la tomó como si fuera oro. El chocolate se le derritió en los dedos y ella rio más fuerte cuando Luciana le limpió una mancha de la mejilla con una servilleta que sacó de la caja.

—Eres más dulce que mi pastel —dijo Luciana guiñándole un ojo—. ¿Cómo te llamas, pequeña heroína?

—Emilia. Y me perdí… Papá me va a poner bajo custodia otra vez.

Luciana arqueó una ceja perfecta.

—¿Custodia? Uy, suena serio. ¿Tu papá es… detective privado o algo?

Emilia negó con la cabeza, pero no dijo más. Seguía riendo.

—Vamos a encontrar a tu papá antes de que se vuelva loco de preocupación. ¿Tienes su número en la mochila?

La niña asintió. Luciana abrió la mochila con cuidado —cuadernos, crayones, una foto arrugada donde se veía a un hombre guapo abrazándola— y encontró la tarjetita plastificada:

Papá – Gabriel Vargas

Teléfono de emergencia: 300-555-XXXX

Luciana marcó sin dudar.

—¿Aló? —La voz al otro lado era grave, ronca, al borde del colapso.

—Hola, ¿es Gabriel, papá de Emilia? —habló Luciana rápido pero calmada—. No se asuste, por favor. Su hija está conmigo en el festival, justo al lado del puesto de jugos de coco. Tropecé con ella, pero está perfecta, riéndose y comiendo fresas conmigo. Soy Luciana, soy repostera. Todo está bien.

Del otro lado se escuchó un suspiro largo, como si alguien hubiera soltado el aire que llevaba conteniendo horas.

—Gracias a Dios… Voy para allá ahora mismo. No se muevan. Mil gracias.

Luciana colgó y guardó el teléfono.

—Tu papá suena como si estuviera corriendo contra el viento. ¿Siempre es tan intenso?

Emilia sonrió con picardía.

—Más.

Luciana soltó una risa ligera, sin darle mayor importancia. Lo que fuera. Lo importante era que la niña estaba feliz.

Cinco minutos después, la multitud se abrió como por arte de magia.

Y entonces apareció.

Gabriel Vargas llegó corriendo, con una camisa celeste pegada al cuerpo por el sudor, piel trigueña brillando bajo el sol implacable, cabello negro revuelto y esos ojos color miel que parecían arder de preocupación y alivio. Alto, hombros anchos, mandíbula marcada. El tipo de hombre que hacía girar cabezas sin proponérselo. Pero en ese momento solo veía a su hija.

—¡Emilia! —gritó, y la levantó en brazos como si fuera lo más frágil y valioso del planeta. La abrazó tan fuerte que ella soltó una risita ahogada.

—Papá, ¡me vas a aplastar la fresa!

Gabriel la bajó, pero no la soltó del todo. Entonces levantó la vista.

Y se topó con Luciana.

El mundo pareció pausarse. Él notó los labios rojos curvados en una sonrisa tímida, el cabello ondulado cayendo sobre un hombro, la mancha de crema todavía en su nariz. Ella sintió un calor extraño en el pecho al cruzarse con esos ojos miel que la miraban como si pudieran ver a través de ella.

—Soy Gabriel —dijo él, voz todavía ronca por la carrera—. El papá que casi muere del susto. Y tú… eres la que nos salvó el día.




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