Gabriel no podía dejar de mirarla.
Estaba de pie frente al puesto de jugos de coco, con Emilia todavía aferrada a su pierna izquierda, lamiendo los restos de chocolate blanco de sus dedos. Luciana, en cambio, había vuelto a levantar la caja del pastel como si nada hubiera pasado, aunque ahora tenía una mancha de harina en la mejilla y el cabello un poco más revuelto. El sol le daba de lleno y hacía que sus ojos oscuros brillaran como café recién molido.
—Gracias de nuevo —dijo Gabriel, y su voz salió más ronca de lo que pretendía—. De verdad. No sé qué habría pasado si…
Luciana agitó la mano libre, restándole importancia.
—No hay de qué. Tropecé con ella, no al revés. Si alguien tiene que disculparse, soy yo. —Bajó la mirada hacia Emilia—. Aunque, honestamente, me salvó el pastel. Esta niña es mi heroína del día.
Emilia infló el pecho.
—¡Y tú me diste fresas! Así que estamos empatados.
Gabriel soltó una risa corta, casi incrédula. Hacía meses que no veía a su hija reírse así con alguien que no fuera él o su abuela. Y esa mujer… esa mujer que olía a vainilla y fresas y que acababa de hacer que el mundo volviera a tener sentido en menos de diez minutos.
—¿Puedo invitarte algo? —preguntó de pronto, señalando los puestos—. Un jugo, un café, lo que sea. Por el susto que te causamos.
Luciana dudó un segundo. El pastel seguía esperando, el cliente seguía mandando mensajes desesperados, pero algo en la forma en que Gabriel la miraba —esos ojos miel que parecían guardar demasiadas historias— la hizo quedarse.
—Solo si me prometes que no me arrestas por tropezar con menores —bromeó, guiñándole un ojo a Emilia.
Gabriel sonrió de lado, y esa sonrisa fue peligrosa. Demasiado atractiva.
—No soy de los que arrestan a reposteras. Al menos no sin probar primero sus postres.
Emilia soltó una carcajada escandalosa.
—¡Papá dijo postres! ¡Eso significa que quiere comerse tu pastel!
Luciana se rio, y el sonido fue tan genuino que Gabriel sintió un tirón en el pecho.
—Este pastel no es para mí, es para un cliente muy exigente. Pero… —Bajó la voz, conspiradora—. Siempre llevo muestras de emergencia. ¿Quieren ver?
Sin esperar respuesta, abrió la tapa de la caja lo justo para que saliera una ráfaga de aroma a fresas y bizcocho esponjoso. Sacó un pequeño frasco con mini porciones de mousse de chocolate blanco y fresas frescas cortadas en forma de corazón.
—Prueben. Pero si les gusta demasiado, van a tener que venir a la pastelería a pagar la deuda.
Emilia metió el dedo directamente en la mousse y se lo llevó a la boca. Sus ojos se abrieron como platos.
—¡Es magia! Papá, tienes que probarlo. ¡Es mejor que el helado de la abuela!
Gabriel dudó un instante —siempre había sido de los que comían lo mismo de siempre: arroz, carne, plátano maduro—, pero la mirada expectante de su hija y la sonrisa desafiante de Luciana lo vencieron. Tomó una cucharita de plástico que ella le ofreció y probó.
El sabor explotó en su boca: cremoso, dulce pero no empalagoso, con el toque ácido de la fresa que equilibraba todo. Cerró los ojos un segundo sin querer.
—Maldita sea… —murmuró.
Luciana alzó una ceja.
—¿Eso es un “está rico” o un “llámame a declarar porque acabo de cometer un delito”?
Gabriel abrió los ojos y la miró directo.
—Es un “esto debería ser ilegal”.
Ella soltó una risa suave, pero sus mejillas se tiñeron de un rosa leve.
—Entonces estás bajo custodia… de mis postres. —Se mordió el labio inferior un instante—. Tengo que llevar esto ya, o el cliente me va a demandar. Pero… —Sacó una tarjeta del bolsillo de su delantal—. Si quieren más “delitos” como este, vengan a Dulce Pecado. Está en el centro, frente a la plaza de los Coches. Pregunten por mí.
Le tendió la tarjeta a Gabriel. Sus dedos se rozaron otra vez. Esta vez el contacto fue eléctrico.
—Gracias, Luciana —dijo él, guardando la tarjeta como si fuera evidencia importante.
—No hay de qué, oficial —respondió ella con una sonrisa pícara, y luego miró a Emilia—. Y tú, reina de las fresas, cuida a tu papá. Parece que se le olvidó cómo sonreír antes de hoy.
Emilia asintió solemnemente.
—Lo vigilaré.
Luciana les guiñó un ojo, levantó la caja con cuidado y se alejó entre la multitud, con sus tacones bajos resonando contra las baldosas. El aroma a vainilla se quedó flotando un rato más.
Gabriel se quedó mirando el lugar donde ella había desaparecido, con la tarjeta todavía caliente entre los dedos.
—Papá… —dijo Emilia, tirando de su pantalón.
—¿Hm?
—¿Vamos a ir a su pastelería mañana?
Gabriel bajó la vista hacia su hija. Esos ojitos enormes, llenos de esperanza y chocolate.
—¿Quieres ir?
Emilia asintió con tanta fuerza que las coletas se le movieron.
—¡Sí! Quiero más fresas. Y quiero que tú sonrías como ahora.
Gabriel sintió algo apretarse en el pecho. Hacía mucho tiempo que no se permitía sonreír así. Desde que su esposa se fue, desde que la vida se convirtió en turnos dobles, denuncias, patrullas nocturnas y una niña de seis años que merecía mucho más que un papá siempre cansado.
Suspiró.
—Está bien. Mañana, después del colegio… pasamos por Dulce Pecado.
Emilia dio un saltito de alegría y le abrazó la pierna.
—¡Eres el mejor papá del mundo!
Gabriel la levantó en brazos otra vez, esta vez sin apretar tanto.
—No sé si soy el mejor… pero hoy, gracias a una repostera torpe y a unas fresas mágicas, me siento un poco menos perdido.
Mientras caminaban de regreso hacia el carro, con el sol cayendo suave sobre Santa Marta y el sabor a chocolate todavía en la lengua, Gabriel sacó la tarjeta del bolsillo y la miró.
Luciana Martínez
Dulce Pecado – Pastelería & Tentaciones
“Porque un buen postre puede salvar cualquier día”.
Editado: 22.03.2026