Corazones Bajo Custodia

Capítulo 3: Dulce Pecado y secretos agridulces

A la mañana siguiente, la pastelería Dulce Pecado olía a pan recién horneado. El olor a vainilla y chocolate flotaba por todo el local. Luciana estaba detrás del mostrador, con el delantal blanco manchado de harina, el cabello recogido en un moño desordenado y una sonrisa que no se le borraba desde ayer.

Su mamá, Rosa Martínez, una mujer de cincuenta y tantos, redonda, cariñosa y con una risa que llenaba cualquier habitación, entró desde la trastienda cargando una bandeja de galletas de limón.

—Hija, ¿me vas a contar por fin qué te tiene tan sonriente? —preguntó Rosa, dejando la bandeja con un golpe suave—. Desde que llegaste anoche, vienes tarareando como quinceañera. ¿Fue el festival o fue el policía guapo que mencionaste?

Luciana se sonrojó hasta las orejas.

—Mamá, no empieces. Solo ayudé a una niña perdida. Eso es todo.

Su tía Carmen, la hermana menor de Rosa, apareció secándose las manos con un trapo. Era delgada, con gafas de montura roja y un sentido del humor afilado.

—¿Solo ayudaste? ¡Ay, por favor! Me dijiste que el papá tenía ojos color miel y que te miró como si fueras el último pastel de chocolate en el mundo. Eso no suena a “solo ayudé”.

En ese momento entró el abuelo Julio, un señor de setenta y pico, todavía fuerte, con bigote blanco y un bastón que usaba más de adorno que de necesidad. Llevaba una caja de huevos frescos.

—Déjenla en paz, mujeres. Si la muchacha quiere soñar con un hombre guapo, que sueñe. Mientras no se le queme el merengue italiano, todo bien —dijo con su voz ronca y amorosa.

Luciana soltó una carcajada.

—Abuelo, tú siempre de mi lado. Gracias.

Rosa le dio un beso en la mejilla a su hija.

—Solo queremos verte feliz, mi vida. Desde que tu papá se fue, has cargado demasiado sola con la pastelería. Mereces que alguien te mime un poco… y que te mire con ojos de miel.

Luciana negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír.

—Ni siquiera sé si va a venir. Fue solo un agradecimiento.

Mientras tanto, en la casa de los Vargas, a pocas cuadras del centro, la mañana era otro mundo.

Gabriel terminaba de abrocharle las coletas a Emilia, quien saltaba de emoción.

—¡Papá, apúrate! ¡Quiero ver a Luciana y comer más fresas mágicas!

Doña Elena, la mamá de Gabriel, una mujer elegante de cabello canoso recogido en un moño bajo, observaba la escena desde la puerta de la cocina con una sonrisa tierna y cansada. Había sido ella quien había sostenido todo después de la muerte de Laura, la mamá de Emilia, hacía cuatro años. Cáncer. Rápido y cruel.

—Mi niño, por fin te veo con esa cara —dijo Elena suavemente—. Hace mucho que no te brillan los ojos así.

Gabriel suspiró, pasándose la mano por el cabello negro.

—Mamá, no exageres. Solo vamos a agradecerle como se debe. Emilia quiere más postres.

Su hermana menor, Camila Vargas, de veintiocho años, entró con una taza de café en la mano. Era vivaz, protectora y directa como un disparo.

—Ay, hermano, por favor. Anoche me contaste lo de la repostera y te quedaste mirando la tarjeta como si fuera una pista de un caso importante. ¿Vas a invitarla a salir o vas a seguir fingiendo que es “solo por Emilia”?

Gabriel la miró con cara de “no empieces”.

—Camila, tengo una hija de seis años, un trabajo que me come vivo y…

—Y una vida que no se detiene —interrumpió Elena con ternura—. Laura no hubiera querido que te quedaras solo para siempre, Gabriel. Emilia necesita ver a su papá feliz. Y tú… tú necesitas volver a vivir.

Emilia, que había escuchado todo, abrazó las piernas de su papá.

—Papá, yo quiero que seas feliz. Y Luciana me hace reír. Y huele rico.

Gabriel cerró los ojos un segundo, luego sonrió y levantó a su hija en brazos.

—Está bien. Vamos. Pero solo por las fresas, ¿eh?

Camila soltó una risa burlona.

—Claro, claro. Solo por las fresas.

Una hora después, la campanita de la puerta de Dulce Pecado sonó.

Luciana levantó la vista desde el mostrador y sintió que el corazón le daba un brinco. Allí estaba Gabriel, guapo hasta el pecado con una camisa azul oscura que marcaba sus hombros anchos y su piel trigueña. A su lado, Emilia saltaba con sus coletas perfectas. Detrás de ellos entró una mujer mayor de mirada cálida y una joven que parecía la versión femenina y más relajada de Gabriel.

—¡Vinieron! —exclamó Luciana, saliendo de detrás del mostrador con una sonrisa radiante.

Emilia corrió directo a abrazarle las piernas.

—¡Luciana! ¡Traje a mi abuela Elena y a mi tía Camila para que prueben tus fresas mágicas!

Rosa, que estaba acomodando cupcakes, se acercó inmediatamente con su calidez natural.

—¡Ay, qué niña tan linda! Bienvenidos a Dulce Pecado. Yo soy Rosa, la mamá de Luciana. Y este es mi reino de azúcar.

Gabriel extendió la mano hacia Rosa.

—Gabriel Vargas. Muchas gracias por recibirnos. Su hija salvó a mi niña ayer.

Rosa tomó su mano con las dos suyas.

—Mi Luciana es un ángel. Y tú debes ser el papá guapo del que nos habló anoche. —Le guiñó un ojo.

Luciana se puso roja como una fresa.

—¡Mamá!

Camila soltó una carcajada y le dio un codazo suave a Gabriel.

—Te lo dije. Ya te están fichando.

Elena se acercó con una sonrisa serena y abrazó a Luciana brevemente.

—Gracias por cuidar de mi nieta. No sabes lo que significa para nosotros. Después de… todo lo que hemos pasado, ver a Emilia reír así es un regalo.

El abuelo Julio apareció desde la trastienda.

—Muchacho, siéntate. Prueba el merengue. Y tú, pequeña, ven aquí que el abuelo te va a contar cómo se hace el mejor dulce de leche del Caribe.

En menos de diez minutos, el lugar se llenó de risas. Emilia estaba sentada en una mesita con el abuelo Julio, quien le enseñaba a decorar galletas con glasé de colores. Rosa y Elena charlaban como si se conocieran de toda la vida, intercambiando anécdotas de crianza. Camila y la tía Carmen se burlaban de Gabriel y Luciana cada vez que sus miradas se cruzaban más de dos segundos.




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