La tarde en Dulce Pecado se había vuelto dorada. El sol entraba por los ventanales tiñendo todo de un tono cálido, mientras las risas seguían flotando como el aroma de los postres. Emilia estaba concentrada decorando su tercera galleta, con la lengua afuera y las manos llenas de glasé rosa. El abuelo Julio le contaba historias exageradas de cuando él era joven y “conquistaba corazones con dulces”. Rosa y Elena seguían charlando en una esquina, intercambiando recetas y miradas cómplices. Camila y la tía Carmen se habían aliado para burlarse sin piedad de Gabriel cada vez que este miraba a Luciana más de tres segundos seguidos.
Pero el aire cambió de repente.
Gabriel sintió primero el teléfono vibrar en su bolsillo. Lo sacó discretamente. El nombre en la pantalla hizo que su mandíbula se tensara: Comisaría – Urgente.
Miró a Luciana, que en ese momento reía por algo que su mamá había dicho. Esa risa… tan libre, tan llena de luz. No quería romper el momento. Pero el deber siempre llamaba más fuerte que cualquier deseo.
—Disculpen un segundo —murmuró, levantándose.
Salió a la calle. El calor de Santa Marta lo golpeó como una bofetada. Contestó.
—¿Qué pasó?
La voz del sargento Ruiz sonó tensa al otro lado.
—Gabriel, es grave. Acaban de traer a un testigo protegido. El caso de los hermanos Mendoza. Dicen que hay un sicario suelto en la ciudad buscando venganza. Y… mencionó tu nombre. Sabe que fuiste tú quien lo metió preso hace dos años. Tienes que venir ya. Estamos reforzando la seguridad en tu casa y en la de tu mamá.
Gabriel sintió que el mundo se estrechaba. Los Mendoza. El caso que casi le cuesta la vida. El mismo que lo dejó viudo: el estrés, las amenazas constantes, las noches sin dormir… Todo había acelerado la enfermedad de su esposa. Y ahora, el fantasma regresaba.
—Estoy con mi hija —dijo con voz baja, controlada, pero el tono era puro acero—. Dame quince minutos.
Colgó y se quedó un momento mirando el mar a lo lejos, respirando agitado. La piel trigueña de su rostro parecía más oscura bajo la tensión. Los ojos miel ardían con una mezcla de rabia y miedo puro. No por él. Nunca por él. Por Emilia. Por esa niña que ya había perdido demasiado.
Volvió a entrar. La escena era tan dulce que le dolió el pecho.
Luciana levantó la vista y su sonrisa se congeló al ver la expresión de Gabriel.
—¿Todo bien? —preguntó, acercándose.
Gabriel intentó sonreír, pero salió torcido.
—Trabajo. Tengo que irme, es una emergencia.
Emilia levantó la cabeza de golpe, con una galleta a medio decorar en la mano.
—¿Papá? ¿Otra vez el trabajo malo?
Él se agachó frente a ella, tomando su carita con las dos manos grandes y cálidas.
—Solo un ratito, mi amor. La tía Camila te va a llevar a casa de la abuela. Te prometo que vuelvo pronto.
Emilia hizo un puchero, pero asintió valiente. Sabía lo que significaba “trabajo malo”. Lo había vivido muchas veces.
Rosa y Elena se miraron preocupadas. La tía Carmen se acercó.
—Llévate al menos un pedazo de torta para el camino, muchacho. No puedes pelear con el estómago vacío.
Gabriel aceptó el paquete que le dieron, pero su mente ya estaba en otra parte. Miró a Luciana. Ella estaba allí, guapísima incluso con harina en la mejilla, con los ojos oscuros llenos de preguntas que no se atrevía a hacer.
—Gracias por todo esto —dijo él en voz baja, solo para ella—. De verdad. No sé cuándo pueda volver.
Luciana dio un paso más cerca. El aroma a vainilla de su piel lo envolvió.
—Gabriel… si es peligroso, ten cuidado. Emilia te necesita. —Hizo una pausa, y su voz bajó hasta casi un susurro—. Y… yo también quiero volver a verte.
Él la miró fijamente. Esos ojos miel se clavaron en los de ella con una intensidad que quemaba. Por un segundo, el mundo desapareció: la pastelería, las familias, el ruido. Solo estaban ellos dos.
Sin pensarlo, Gabriel levantó la mano y le limpió suavemente la harina de la mejilla con el pulgar. El contacto fue lento, eléctrico. Luciana contuvo la respiración.
—No quiero meterte en esto —murmuró él—. Mi vida es… complicada. Todo es demasiado peligroso.
—Entonces no me dejes fuera —respondió ella, desafiante, aunque la voz le tembló un poco—. No soy de azúcar, Gabriel. Puedo aguantar más de lo que crees.
Él soltó una risa amarga, casi dolorosa.
—Ojalá fuera tan simple.
Se inclinó y, sin que nadie más lo viera, le dio un beso rápido pero intenso en la frente. Sus labios se quedaron allí un segundo de más, respirando su olor. Luciana cerró los ojos, sintiendo el corazón latirle con fuerza.
—Cuídate —susurró ella.
Gabriel se separó, miró a Emilia una última vez —quien lo observaba con ojitos preocupados— y salió casi corriendo.
Afuera, el aire se sentía más pesado. Subió al carro y arrancó con un chirrido de llantas. Mientras conducía hacia la comisaría, las imágenes se le agolpaban: Laura en la cama del hospital, Emilia llorando en sus brazos el día del funeral, las amenazas anónimas que habían llegado incluso después de que metiera a los Mendoza en la cárcel.
Ahora el pasado volvía. Y esta vez no solo amenazaba su vida. Amenazaba la pequeña luz que acababa de encontrar: una repostera guapísima con sonrisa de fresa y una familia que lo había recibido como si ya fuera uno de ellos.
En la pastelería, el ambiente se había puesto tenso. Emilia se acercó a Luciana y le tomó la mano.
—Papá se pone así cuando hay hombres malos. Pero siempre vuelve. ¿Verdad?
Luciana se agachó y la abrazó fuerte, sintiendo un nudo en la garganta.
—Siempre vuelve, mi reina. Y mientras tanto… ¿Quieres ayudarme a hacer un pastel especial para cuando regrese? Uno bien grande, con muchas fresas, para que sepa que aquí lo estamos esperando.
Emilia asintió, limpiándose una lágrima traicionera.
Rosa se acercó y puso una mano en el hombro de su hija.
Editado: 10.04.2026