Eran casi las once de la noche cuando Gabriel detuvo el carro frente a Dulce Pecado. Las luces de la pastelería estaban apagadas, pero una tenue luz dorada salía desde la trastienda. Tenía la camisa rota en el hombro, un corte superficial en el brazo que le ardía como el infierno y el corazón latiendole todavía a mil por hora.
El sicario de los Mendoza había sido detenido. Por poco. Un disparo que rozó la pared a centímetros de su cabeza. Otro que le destrozó el retrovisor de la patrulla. Horas de persecución, adrenalina pura y la imagen de Emilia y Luciana repitiéndose en su mente como un mantra.
No había ido a casa. No había ido donde su mamá. Había venido aquí. Directo. Como un hombre que se ahoga y busca oxígeno.
Tocó la puerta de vidrio con los nudillos. Tres golpes fuertes.
Dentro, Luciana, que se había quedado hasta tarde terminando el pastel prometido para Emilia, dio un respingo. Llevaba el cabello suelto, una camiseta fina de tirantes manchada de chocolate y shorts de algodón. Cuando vio la silueta de Gabriel bajo la luz de la calle, el corazón se le subió a la garganta.
Abrió la puerta de inmediato.
—Gabriel… Dios mío, ¿qué te pasó? —susurró, viendo la sangre seca en su brazo y la expresión salvaje de sus ojos.
Él no respondió con palabras. Entró, cerró la puerta detrás de sí con el pie y, en un solo movimiento, la tomó por la cintura y la pegó contra su cuerpo. Fuerte. Se sentía desesperado.
Luciana soltó un jadeo cuando sintió el calor que emanaba de él: el olor del sudor y la pólvora sus manos grandes se clavaron en su cintura como si tuviera miedo de que desapareciera.
—Estuve a punto de no volver —gruñó contra su cabello,y la voz ronca, rota—. Y lo único que pensaba era en ti. En tu olor a vainilla. En tu risa. En esa maldita mancha de harina en tu mejilla.
Luciana levantó la cara. Sus ojos oscuros brillaban de miedo, alivio y algo mucho más peligroso.
—Idiota… —susurró, pero su voz temblaba—. No puedes llegar así y decirme eso.
Gabriel la miró. Esos ojos color miel ahora eran fuego líquido. Bajó la vista a sus labios rojos entreabiertos y perdió el poco control que le quedaba.
La besó.
No fue un beso dulce. Tenía hambre. Fueron meses —o años— de contención explotando de golpe. Sus labios se devoraban con urgencia, casi con rabia. Gabriel la levantó del suelo sin esfuerzo y la sentó sobre la mesa de trabajo de madera. Luciana abrió las piernas instintivamente y él se colocó entre ellas, presionando su cuerpo contra el suyo.
Un gemido escapó de la garganta de Luciana cuando sintió la dureza de su excitación contra su centro. Gabriel gruñó, mordiéndole el labio inferior antes de bajar por su cuello, besando, lamiendo, succionando la piel sensible.
—Dime que pare… —jadeó contra su clavícula, aunque sus manos ya subían por debajo de la camiseta, acariciando la piel caliente de su espalda—. Dime que pare y me voy ahora mismo.
Luciana enredó los dedos en su cabello negro y tiró de él hacia atrás para mirarlo a los ojos.
—No te atrevas a parar, Gabriel Vargas —ordenó, la voz entrecortada—. Hoy no.
Él soltó un sonido gutural y volvió a besarla, más profundo, más sucio. Sus manos grandes subieron hasta cubrir sus pechos por encima de la fina tela. Los pulgares rozaron los pezones ya endurecidos y Luciana arqueó la espalda, gimiendo contra su boca.
La mesa crujió cuando él la empujó más hacia atrás. Un bowl con restos de mousse de chocolate se volcó y una mancha fría cayó sobre el muslo de Luciana. Gabriel se separó apenas, miró la mancha y, sin pensarlo, se inclinó y la lamió lentamente desde la piel hasta el borde del short.
—Sabe mejor en ti —murmuró contra su pierna, la voz gruesa del placer que le provocaba.
Luciana temblaba. Nunca nadie la había mirado así. Como si quisiera comérsela viva y al mismo tiempo protegerla del mundo entero.
—Gabriel… —susurró, casi suplicando.
Él se irguió de nuevo, tomó su rostro con ambas manos y apoyó su frente contra la de ella. Respiraban agitados, los cuerpos pegados, el deseo latiendo entre ellos como un segundo corazón.
—No quiero solo una noche —dijo él, casi con dolor—. No contigo. Pero esta vida mía… es peligrosa. No quiero arrastrarte a esto.
Luciana le acarició la mejilla trigueña, pasando el pulgar por su labio inferior hinchado.
—Entonces protégeme. Pero no me alejes. —Su voz bajó, ardiente—: Porque si vuelves a besarme así, Gabriel, no voy a poder conformarme con menos.
Él cerró los ojos, respirando su olor. La besó otra vez, esta vez más lento, más profundo, saboreándola como si fuera el postre más exquisito que había probado. Sus manos bajaron hasta sus caderas, apretándose contra él con fuerza, dejando que ella sintiera exactamente cuánto la deseaba.
De pronto, el teléfono de Gabriel vibró en su bolsillo. Una, dos, tres veces. La realidad regresando como un balde de agua fría.
Maldijo contra sus labios y se separó apenas.
—Es del comando. Tengo que contestar.
Luciana asintió, todavía jadeando, con los labios rojos e hinchados y la mirada nublada de deseo. Gabriel contestó sin soltarla, manteniéndola pegada a su cuerpo.
—¿Qué? … Sí. Está bien. Voy en veinte minutos. —Colgó y apoyó la frente en el hombro de ella—. Tengo que ir a firmar el informe. No puedo quedarme.
Luciana le besó el cuello con ternura.
—Ve. Cumple con tu trabajo. Pero mañana… quiero verte. Y quiero que me beses otra vez como si el mundo se fuera a acabar.
Gabriel levantó la cabeza y la miró con una intensidad que la hizo estremecer.
—Mañana no solo voy a besarte, Luciana. Voy a hacerte mía de todas las formas que he imaginado desde que te vi con esa mancha de crema en la nariz.
Le dio un último beso feroz, mordiéndole el labio inferior, y se separó con esfuerzo. Antes de salir, se volvió desde la puerta.
—Ciérralo todo. Y duerme con el teléfono cerca. Si pasa algo, me llamas. Aunque sea a las tres de la mañana.
Editado: 10.04.2026