Corazones Bajo Custodia

Capítulo 5: Fuego y Miel

Pasaban de las once de la noche cuando el carro de Gabriel se detuvo frente a Dulce Pecado. Las luces principales del local estaban apagadas, pero una suave luz dorada se filtraba desde la trastienda. Bajó del vehículo con la camisa rota en el hombro, un corte visible en el brazo y el peso de la adrenalina todavía recorriéndole el cuerpo.

La persecución había sido feroz. Un disparo que pasó demasiado cerca. Horas de tensión máxima donde pensó que no volvería. Y durante todo ese tiempo, solo dos rostros lo mantuvieron luchando: el de Emilia y el de Luciana.

Tocó la puerta con urgencia.

Luciana, que se había quedado terminando el pastel especial para Emilia, abrió casi de inmediato. Al verlo allí, herido y con esa mirada oscura y agotada, sintió que el corazón se le apretaba con fuerza.

—Gabriel… —Susurró, con voz temblorosa—. Dios mío, ¿estás bien?

Él no respondió con palabras. Entró y, sin pensarlo, la envolvió en un abrazo fuerte y protector, como si necesitara comprobar que ella estaba realmente allí, sana y a salvo. Hundió el rostro en su cabello, respirando su aroma a vainilla y chocolate.

Luciana cerró los ojos y se aferró a él, sintiendo cómo temblaban ligeramente los brazos que la rodeaban.

—Estuve a punto de no volver esta noche —murmuró Gabriel contra su pelo, la voz ronca y quebrada por la emoción—. Y lo único que me mantuvo con vida fue pensar en ti… en tu sonrisa, en cómo iluminas todo.

Ella levantó la mirada, con los ojos brillantes de alivio y algo mucho más profundo.

Gabriel la observó un segundo eterno. Luego, inclinó la cabeza y la besó.

El beso fue intenso, lleno de toda la preocupación, el deseo y el miedo que había acumulado durante esas horas de peligro. Fue un beso profundo y apasionado, pero cargado sobre todo de sentimiento. Luciana respondió con el mismo ímpetu, rodeándole el cuello con los brazos, como si quisiera retenerlo allí para siempre.

Cuando se separaron, ambos respiraban agitados. Gabriel apoyó su frente contra la de ella, cerrando los ojos.

—Dime que me vaya… —Pidió en voz baja, casi suplicante—. Dime que esto es una locura y que no debo involucrarte en mi vida.

Luciana negó suavemente con la cabeza, acariciando su mejilla trigueña.

—No quiero que te vayas. Y no me importa lo complicado que sea, Gabriel. No me alejes.

Él soltó un suspiro tembloroso y la abrazó de nuevo, esta vez con más ternura, como si quisiera protegerla del mundo entero.

—No quiero solo un momento contigo —confesó contra su sien—. Quiero algo real. Pero mi trabajo… el peligro… no sé si tengo derecho a pedirte que esperes.

—Entonces no pidas permiso —respondió ella en un susurro—. Solo vuelve a mí entero cada vez.

El teléfono de Gabriel vibró insistentemente en su bolsillo. La realidad irrumpiendo una vez más.

Maldijo por lo bajo y contestó sin soltarla del todo.

—Voy para allá —dijo seco y colgó. Miró a Luciana con intensidad—. Tengo que ir a la estación de policía a terminar el informe del operativo.

Luciana asintió, aunque sus ojos reflejaban la preocupación.

—Ve. Cumple con tu deber. Pero prométeme que mañana vendrás, aunque sea un rato.

Gabriel la miró con esos ojos color miel que parecían arder.

—Te lo prometo. Mañana volveré. Y vamos a hablar de esto con calma… de nosotros.

Le dio un último beso, más suave pero lleno de promesa, y se separó con esfuerzo visible.

—Ciérralo todo con llave. Si sientes algo extraño, cualquier cosa, me llamas. Aunque sea a las tres de la mañana.

Luciana asintió, con una pequeña sonrisa temblorosa.

—Vuelve entero, oficial Vargas. Aquí te estaré esperando… con café y algo dulce.

Gabriel salió a la noche de Santa Marta con el corazón más enredado que nunca y una determinación nueva.

El peligro aún no había terminado.

Pero ahora tenía una razón mucho más poderosa para sobrevivir.




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