Corazones Bajo Custodia

Capítulo 6: Ojos en la sombra

La mañana siguiente amaneció tranquila en Santa Marta, pero la calma era engañosa.

Gabriel estaba en la estación de policía desde las seis, revisando informes y coordinando la vigilancia extra alrededor de su familia. El corte en el brazo le dolía bajo la venda, pero lo ignoraba. Tenía la mandíbula tensa y los ojos color miel oscurecidos por el cansancio y la preocupación. El caso de los Mendoza no había terminado con la captura del sicario. Había más nombres. Más hilos sueltos. Y uno de ellos parecía apuntar directamente hacia él.

—Vargas, relájate un poco —le dijo el sargento Ruiz, dejando un café frente a él—. Ya tenemos gente cuidando la casa de tu mamá y la escuela de la niña. Todo está controlado.

Gabriel no levantó la vista del expediente.

—Nada está controlado hasta que metamos a todos entre rejas. Esos tipos no perdonan. Si saben que tengo algo que perder… lo van a usar.

En ese preciso momento, en el Colegio San Francisco de Asís, Emilia Vargas terminaba su recreo con una sonrisa enorme. Llevaba su mochila morada y una galleta de chocolate que Luciana le había enviado esa mañana con una nota: “Para mi reina de las fresas. Que tu día sea tan dulce como tú”.

Estaba sentada bajo un árbol, compartiendo la galleta con dos compañeras, cuando sintió que alguien la observaba.

Al principio fue solo una sensación extraña, como un cosquilleo en la nuca. Levantó la vista y, al otro lado del patio, junto a la reja que daba a la calle, vio a un hombre. Alto, con gorra oscura y gafas de sol, vestido con una camiseta sencilla. No era un padre ni un profesor. Solo estaba allí, quieto, mirando directamente hacia ella.

Emilia frunció el ceño. El hombre sonrió. Una sonrisa lenta, demasiado amable para ser real. Le hizo un pequeño gesto con la mano, como si la saludara de lejos. Luego sacó su teléfono y pareció tomar una foto… o grabar.

La niña sintió un nudo en el estómago. Recordó las palabras de su papá: “Si alguien extraño te habla o te mira mucho, corre a donde la maestra y dile”.

Se levantó rápido, dejando la galleta a medio comer, y corrió hacia la profesora que vigilaba el recreo.

—Señorita Ana… hay un señor allá que me está mirando raro.

La maestra miró hacia la reja. El hombre ya no estaba. Solo quedaba la calle vacía y el ruido lejano de carros.

—Tranquila, Emilia. A veces los papás de otros niños se asoman. Pero voy a avisar a seguridad, ¿sí? No te preocupes.

Emilia asintió, pero no se quedó tranquila. Se sentó cerca de la maestra el resto del recreo, apretando su mochila contra el pecho. Por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo de verdad.

Mientras tanto, Gabriel recibía una llamada que le heló la sangre.

—Oficial Vargas, habla la directora del colegio —dijo la voz tensa al otro lado—. Su hija reportó que un hombre extraño la observaba durante el recreo. Tomó nota de la descripción: gorra oscura, gafas de sol, alto. Ya reforzamos la vigilancia, pero creímos que debía saberlo inmediatamente.

Gabriel se levantó de golpe, tirando la silla.

—¿Está bien? ¿La tienen vigilada?

—Está con su maestra ahora. Todo parece normal, pero…

—Voy para allá —interrumpió Gabriel, ya caminando hacia la salida—. No la pierdan de vista ni un segundo.

Colgó y corrió hacia su carro. El corazón le latía con fuerza. Mientras conducía a toda velocidad hacia el colegio, las imágenes se le agolpaban: Emilia sola, el sicario de anoche, la sonrisa falsa de aquel hombre. El miedo se mezclaba con una rabia profunda.

Su teléfono sonó otra vez. Era su mamá, Elena.

—Gabriel, acabo de hablar con la tía de Luciana. Dice que anoche vio un carro sospechoso estacionado frente a la pastelería por casi una hora. No se bajó nadie, solo observaba.

Gabriel apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Mamá, llévate a Emilia después del colegio a tu casa y no salgan. Voy a pedir protección extra. Y… dile a Luciana que tenga cuidado. Que no se quede sola en la pastelería.

Colgó y golpeó el volante con furia contenida.

El peligro ya no estaba solo rondando. Se estaba acercando. Y lo peor era que ahora tocaba lo más sagrado: su hija… y la mujer que empezaba a iluminar su vida.

En el colegio, Emilia estaba sentada en clase, pero no podía concentrarse. Miraba constantemente hacia la ventana. El hombre de la gorra no había vuelto, pero ella sentía que alguien seguía allí afuera, esperando.

Cuando sonó la campana de salida, Gabriel ya estaba en la puerta principal, con una expresión seria y la mano cerca de su arma reglamentaria. Emilia corrió hacia él y se lanzó a sus brazos.

—Papá… había un señor que me miraba feo.

Gabriel la levantó y la abrazó con fuerza, besándole la cabeza.

—Ya lo sé, mi amor. Nadie te va a hacer daño. Papá está aquí.

Mientras caminaban hacia el carro, Gabriel miró a todos lados con ojos de policía. Vigilante. Listo para cualquier cosa.

Pero en una esquina cercana, oculto entre dos carros, el mismo hombre de la gorra oscura observaba la escena con una sonrisa fría.

Sacó su teléfono y marcó.

—Está todo confirmado —dijo en voz baja—. La niña es la clave. Y la repostera también está en el medio. El oficial Vargas va a sufrir antes de caer.

Colgó y desapareció entre la multitud.

Gabriel no lo vio.

Pero sintió el peligro en el aire, como una tormenta que se acerca.

Esa noche, mientras Emilia dormía protegida en casa de su abuela, Gabriel se quedó sentado en la sala, con el arma sobre la mesa y la tarjeta de Luciana en la mano.

No podía seguir escondiéndose.

El fuego que había empezado entre ellos ahora tenía que enfrentarse a las sombras.

Y las sombras ya sabían dónde golpear más fuerte.

Hola, estoy de vuelta, les voy a subir maratón por tenerlas tan abandonadas. Espero que les guste y lo disfruten.




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