Corazones Bajo Custodia

Capítulo 7: Sombras en la ventana

POV Luciana

Cerré la pastelería más temprano de lo habitual. El sol ya se había escondido detrás de los edificios del centro de Santa Marta y solo quedaba esa luz naranja que pintaba todo de un tono inquietante. Después de lo que Gabriel me contó por teléfono hace una hora, no quería quedarme sola ni un minuto más.

“Hay un hombre vigilando. No salgas sola. Cierra todo y avísame cuando estés en casa.”

Su voz había sonado tensa, casi rota. No me dio detalles, solo me pidió que tuviera cuidado. Pero yo conocía esa forma de hablar. Era la voz de un hombre que estaba conteniendo el miedo por su hija… y ahora también por mí.

Terminé de limpiar el mostrador y apagué las luces del salón principal. Solo quedó encendida la lámpara de la trastienda, donde todavía estaba el pastel de fresas que había preparado para Emilia. Quería llevárselo mañana, aunque Gabriel me había dicho que por ahora era mejor que no nos viéramos en público.

Tomé mi bolso y caminé hacia la puerta trasera. El silencio se sentía pesado. Demasiado pesado.

Justo cuando iba a apagar la última luz, lo escuché.

Un ruido suave. Como si alguien hubiera rozado la ventana del frente.

Me quedé congelada. El corazón me empezó a latir tan fuerte que lo sentía en los oídos. Lentamente, me giré hacia el ventanal que daba a la calle.

Al principio no vi nada. Solo mi propio reflejo borroso contra el vidrio oscuro. Pero luego… una sombra se movió.

Un hombre estaba parado al otro lado de la calle, bajo la luz tenue de un farol. Gorra oscura, gafas de sol aunque ya era de noche; tenía las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta ligera. No se movía. Solo miraba hacia dentro. Hacia mí.

Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda.

No era un cliente atrasado. No era alguien esperando a que abriera. Era la misma sensación que Emilia había descrito: esa mirada que te hace sentir como un objetivo.

Tragué saliva y di un paso atrás. Mis manos empezaron a temblar. Saqué el teléfono del bolso con dificultad y marqué el número de Gabriel. Sonó una vez. Dos veces.

—Vamos… contesta —susurré.

La sombra dio un paso hacia la pastelería. Luego otro. Cruzó la calle despacio, sin prisa, como si supiera que yo estaba sola.

El teléfono seguía sonando.

Finalmente, la voz grave de Gabriel contestó:

—¿Luciana? ¿Estás bien?

—Gabriel… —Mi voz salió apenas como un hilo—. Hay alguien afuera. Me está mirando. Está cruzando la calle hacia la pastelería.

Escuché cómo se movía del otro lado. Escuché el ruido de llaves, una puerta que se cerraba de golpe.

—No te muevas de donde estás. Cierra la puerta trasera con llave ahora mismo. Voy para allá. No cuelgues.

Corrí hacia la puerta trasera y eché el cerrojo con manos torpes. El corazón me martilleaba contra las costillas. Volví al salón principal y me escondí detrás del mostrador, todavía con el teléfono pegado a la oreja.

—¿Sigues ahí? —preguntó Gabriel. Su voz sonaba tensa, casi salvaje—. Háblame, Luciana. Dime qué ves.

—Está frente a la ventana ahora… —Susurré—. No se mueve. Solo mira hacia dentro. Creo… creo que está sonriendo.

Escuché a Gabriel maldecir por lo bajo. El sonido de un motor arrancando.

—Escúchame bien. No abras la puerta por nada del mundo. Quédate agachada. Voy a tardar ocho minutos como máximo. Si entra, corre a la trastienda y escóndete en el cuarto de provisiones. Hay un candado por dentro.

Asentí aunque él no pudiera verme. Tenía la boca seca.

El hombre afuera levantó una mano y tocó el vidrio con los nudillos. Tres golpes lentos. El sonido resonó en el local vacío como un mal presagio.

—¿Qué quiere? —murmuré con voz rota—. ¿Por qué hace esto?

—No es a ti a quien quiere —respondió Gabriel, y supe que estaba conduciendo a toda velocidad—. Me quiere a mí. Y sabe que la mejor forma de llegar es a través de las personas que quiero.

Las personas que quiero.

Esas palabras me golpearon más fuerte que el miedo. En medio del terror, sentí un calor extraño en el pecho.

El hombre golpeó de nuevo. Esta vez más fuerte. El vidrio vibró.

—Luciana, quédate conmigo —insistió Gabriel—. Ya estoy cerca. Tres minutos.

De pronto, el hombre se quitó las gafas de sol. Incluso desde la distancia pude ver sus ojos fríos, calculadores. Sacó algo del bolsillo. Un papel pequeño. Lo pegó contra el vidrio con cinta.

Era una foto.

Una foto de Emilia saliendo del colegio esa misma tarde, tomada desde lejos.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones.

—Gabriel… —mi voz se quebró—. Tiene una foto de Emilia. La pegó en la ventana.

Del otro lado de la línea se escuchó un silencio mortal. Luego un rugido de furia contenida.

—Hijo de… No te muevas. Estoy llegando.

El hombre sonrió una última vez, una sonrisa torcida y llena de veneno, y se alejó caminando tranquilamente por la acera, como si nada hubiera pasado.

Me quedé agachada detrás del mostrador, temblando, con el teléfono todavía en la mano. Escuché las sirenas a lo lejos. Gabriel venía.

Pero el mensaje estaba claro.

Ya no era solo vigilancia.

El peligro había entrado directamente a mi mundo.

Y ahora sabía exactamente dónde golpear para hacer más daño.

Minutos después, escuché el chirrido de llantas frente a la pastelería. La voz de Gabriel llamándome desde afuera, fuerte y desesperada.

—¡Luciana!

Me levanté con las piernas débiles y corrí a abrir la puerta.

Cuando lo vi entrar, alto, con los ojos miel ardiendo de rabia y alivio, me lancé a sus brazos sin pensarlo.

Él me abrazó con fuerza, casi aplastándome contra su pecho, y besó mi cabello.

—Estás bien —repitió varias veces, como si necesitara convencerse—. Estás bien.

Pero ambos sabíamos la verdad.

Ya no estábamos a salvo.

El juego había cambiado.

Y las sombras ahora tenían rostro… y sabían exactamente cómo destruirnos.




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