Gabriel irrumpió en la pastelería como una tormenta. La puerta se cerró de golpe detrás de él y el sonido retumbó en el local vacío. Sus ojos color miel barrieron el lugar con la precisión de quien está acostumbrado a buscar amenazas en cada sombra. Luciana estaba de pie junto al mostrador, pálida, con el teléfono todavía apretado en la mano y el cuerpo temblando visiblemente.
Sin decir una palabra, Gabriel cruzó la distancia que los separaba en tres zancadas largas y la envolvió en sus brazos. La apretó contra su pecho con fuerza, una mano en su nuca y la otra rodeándole la cintura como si quisiera fundirla con su propio cuerpo. Luciana enterró el rostro en su camisa, inhalando su olor a sudor y colonia. Por unos segundos, solo se escucharon sus respiraciones agitadas.
—Estás aquí —susurró ella contra su pecho—. Estás aquí de verdad.
Gabriel cerró los ojos y apoyó la mejilla sobre su cabeza. Su corazón latía con tanta fuerza que ella podía sentirlo.
—No debí dejarte sola —dijo con la voz ronca, cargada de culpa—. Nunca debí permitir que esto llegara hasta ti.
Luciana levantó la cara para mirarlo. Sus ojos oscuros estaban húmedos, pero había determinación en ellos.
—No fue tu culpa. Yo elegí quedarme. Elegí esto… elegí estar cerca de ti.
Él la miró en silencio. La luz tenue de la trastienda iluminaba su rostro trigueño, marcando las líneas de tensión en su mandíbula. Lentamente, Gabriel levantó una mano y le acarició la mejilla con el pulgar, limpiando una lágrima que ella ni siquiera había sentido caer. El gesto fue suave, casi reverente, contrastando con la violencia que acababa de rozarlos.
Se inclinó y la besó. No fue el beso desesperado de la otra noche. Fue más lento, más profundo, lleno de una ternura urgente. Sus labios se movieron con cuidado, como si estuviera memorizando su sabor, como si temiera que fuera la última vez. Luciana respondió con la misma intensidad contenida, sus manos subiendo hasta enredarse en el cabello negro de él. Por un momento, el mundo se redujo a ese beso: cálido, protector, cargado de todo lo que no se atrevían a decir en voz alta.
Cuando se separaron, Gabriel apoyó su frente contra la de ella, respirando con dificultad.
—Esto se está saliendo de control —murmuró—. La foto de Emilia… eso fue una declaración de guerra. Quieren que sepa que pueden llegar a lo que más amo.
Luciana tragó saliva.
—¿Qué vamos a hacer?
Antes de que Gabriel pudiera responder, su teléfono vibró con fuerza. Lo sacó sin soltarla del todo. Era de la estación de policía.
—Vargas —contestó, la voz volviendo a ser la del oficial endurecido.
Escuchó en silencio. Su expresión se endureció aún más. Los músculos de su mandíbula se tensaron visiblemente.
—¿Cuándo? … Entendido. Refuerza la vigilancia en la casa de mi madre y en el colegio. Nadie entra ni sale sin mi autorización. —Colgó y miró a Luciana con gravedad—. Acaban de encontrar un mensaje pintado con aerosol en la pared lateral de la pastelería. “La próxima no será solo una foto”.
El silencio que siguió fue asfixiante.
Luciana sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Gabriel la sostuvo con más fuerza, pero ella vio el miedo real en sus ojos miel: no por él, sino por las dos personas que ahora estaban en el centro de la tormenta.
—Esto ya no es solo contra mí —dijo él, la voz baja y peligrosa—. Te están marcando a ti también. Y a Emilia. Tengo que sacarte de aquí. A las dos.
Luciana negó con la cabeza, aunque el terror le apretaba el pecho.
—No voy a huir y dejarte solo en esto. Mi familia está aquí. Mi pastelería es todo lo que tengo. Y Emilia… ella me necesita cerca ahora más que nunca.
Gabriel soltó un suspiro frustrado y la abrazó de nuevo, esta vez con una desesperación que rayaba en el dolor. La sostuvo contra su cuerpo, como si quisiera protegerla con su propia piel.
—Eres terca como ninguna —murmuró contra su cabello—. Pero si algo te pasa… si algo les pasa a cualquiera de las dos… no sé si pueda seguir adelante.
Se quedaron así un largo momento, envueltos en un silencio tenso, solo roto por el sonido lejano de un carro pasando en la calle. Gabriel sabía que el tiempo se les estaba acabando. Los Mendoza no jugaban. Ya habían destruido su vida una vez. No dudarían en hacerlo de nuevo.
De pronto, otro ruido. Esta vez desde la parte de atrás.
Un golpe seco contra la puerta trasera. Luego, silencio.
Gabriel se puso rígido al instante. Empujó suavemente a Luciana detrás de él y sacó su arma con un movimiento fluido y entrenado. Su cuerpo se transformó: tenía los hombros tensos, la mirada afilada, listo para matar si era necesario.
—Quédate aquí —ordenó en voz baja—. No te muevas.
Caminó hacia la puerta trasera con pasos silenciosos. Luciana se quedó paralizada junto al mostrador, el corazón en la garganta.
Gabriel abrió la puerta de golpe, con el arma en alto.
La calle trasera estaba vacía.
Solo había una caja pequeña de cartón en el suelo, frente a la puerta. Encima, una nota escrita con letras recortadas de revista:
“Dulce como las fresas. Frágil como un corazón. La próxima vez no tocaré la puerta.”
Gabriel sintió que la rabia y el miedo lo invadían como una ola. Miró hacia ambos lados de la calle oscura. Nada. Quienquiera que hubiera dejado eso ya se había esfumado.
Volvió adentro, cerró la puerta con llave y miró a Luciana. Su expresión era una mezcla de furia contenida y determinación mortal.
—Esto termina ahora —dijo con voz grave—. Mañana mismo hablo con la estación de policía para que te pongan protección. Y tú… tú te quedas conmigo o con mi familia hasta que esto acabe. No hay discusión.
Luciana quiso protestar, pero vio en sus ojos que esta vez no aceptaría un no.
El peligro ya no rondaba.
Había entrado.
Y estaba dejando claro que no se detendría hasta romper todo lo que Gabriel amaba… empezando por las dos mujeres que habían logrado iluminar su vida otra vez.
Editado: 01.05.2026