La madrugada llegó cargada de tensión. Gabriel había insistido en que Luciana no se quedara sola esa noche. Después de asegurar la pastelería con candados extras y llamar a la Estación de Policía para reportar la caja y la nota, la llevó directamente a la casa de su madre. Elena los recibió con el rostro pálido pero sereno, abrazando a Luciana como si ya fuera parte de la familia.
Emilia dormía profundamente en la habitación de invitados, ajena al torbellino que se estaba desatando. O eso creían.
Gabriel no durmió. Se quedó sentado en la sala, con el arma al alcance de la mano y el teléfono sobre la mesa, revisando mensajes del grupo de WhatsApp de la Estación de Policía cada pocos minutos. Luciana estaba a su lado en el sofá, envuelta en una manta, con la cabeza apoyada en su hombro. Ninguno hablaba mucho. Solo compartían el silencio pesado, roto ocasionalmente por el roce de sus dedos entrelazados.
A las 4:17 a. m., el teléfono de Gabriel vibró con fuerza.
Era la estación.
—Vargas, es grave —dijo el sargento Ruiz sin preámbulos—. Acabamos de recibir un reporte. Un incendio intencional en la casa de tu hermana Camila. Ella logró salir, pero está herida. Creo que inhalaron mucho humo y tiene un corte en la pierna al intentar escapar por la ventana. Los bomberos ya están allí. Dicen que fue acelerante. Alguien dejó un mensaje en la pared: “Esto es solo el comienzo, oficial”.
Gabriel se levantó de golpe; tenía el rostro convertido en piedra.
—¿Camila está consciente?
—Está en el hospital. Estable, pero asustada. Pregunta por ti y por Emilia.
Luciana se puso de pie también, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué pasó?
—Atacaron la casa de mi hermana —respondió Gabriel con voz ronca. Su piel trigueña parecía más oscura bajo la luz tenue de la lámpara—. Ella está herida. Esto ya no es una amenaza. Es un golpe directo.
Elena apareció en el pasillo, envuelta en una bata. Había escuchado todo.
—Dios mío… Camila —susurró, llevándose una mano a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Gabriel, ve con ella. Yo me quedo con Emilia y Luciana.
Gabriel dudó. Miró a Luciana, luego a su madre. El conflicto era visible en su rostro: el deber hacia su familia de sangre contra la necesidad de proteger a la mujer que ahora también era su mundo.
—No quiero dejarte sola aquí —le dijo a Luciana, tomándole el rostro entre las manos—. Pero Camila…
—Ve —respondió ella con firmeza, aunque la voz le temblaba—. Ella es tu hermana. Yo estaré bien con tu mamá. Lleva protección y avísame en cuanto sepas algo.
Gabriel la besó en la frente, un beso largo y apretado, lleno de todo lo que no podía decir en ese momento. Luego abrazó a su madre con fuerza.
—Cierren todo. No abran a nadie. Si pasa algo, llámenme inmediatamente.
Salió casi corriendo. El motor de su carro rugió en la noche y desapareció calle abajo.
La casa quedó en silencio. Elena preparó té para las dos, intentando mantener la calma, pero sus manos temblaban al sostener la taza.
—Esto es lo que siempre temí —murmuró Elena mientras se sentaban en la cocina—. Desde que Laura murió, supe que el trabajo de Gabriel traería más dolor. Y ahora… tú también estás en medio.
Luciana tomó su mano.
—No voy a irme, doña Elena. Gabriel y Emilia… se han metido en mi corazón. No los dejaré solos en esto.
En ese momento, un ruido seco llegó desde el jardín trasero. Como si alguien hubiera saltado la cerca.
Ambas se quedaron congeladas.
Elena se levantó rápidamente y tomó un cuchillo de la cocina. Luciana agarró su teléfono, lista para marcar.
Otro ruido. Pasos. Lentos. Deliberados.
De pronto, el vidrio de la ventana de la sala se rompió con un estruendo. Una piedra grande envuelta en una tela ardiente entró volando y cayó sobre la alfombra. Las llamas empezaron a extenderse con rapidez.
—¡Fuego! —gritó Elena.
Luciana reaccionó por instinto. Tomó la manta del sofá y la arrojó sobre las llamas, apagándolas parcialmente, pero el humo ya empezaba a llenar la habitación.
—¡Emilia! —gritó Luciana, corriendo hacia el pasillo.
Elena la siguió, tosiendo.
La puerta de la habitación de invitados se abrió. Emilia apareció frotándose los ojos, asustada.
—¿Abuela? ¿Luciana? ¿Qué pasa?
Antes de que pudieran responder, se escuchó el sonido de un motor acelerando en la calle. Un carro oscuro pasó a toda velocidad frente a la casa. Desde la ventanilla, una figura lanzó algo más: una botella con líquido inflamable que explotó contra la fachada, provocando nuevas llamas en la entrada principal.
El peligro ya no amenazaba.
Estaba atacando directamente.
Luciana tomó a Emilia en brazos y corrió hacia la parte trasera de la casa, seguida por Elena. El humo se hacía más denso. Tosían, los ojos les ardían.
Editado: 01.05.2026