Gabriel conducía como un poseído por las calles de Santa Marta. Las luces de la ciudad pasaban borrosas mientras su mente iba a mil por hora. Acababa de dejar a Camila en el hospital: estable, pero con quemaduras leves y una profunda conmoción. Su hermana lo había mirado con lágrimas en los ojos y solo había podido susurrar: “Cuida a Emilia… y a esa muchacha. Ellos saben quiénes son”.
El teléfono sonó de nuevo. Era su madre.
—Gabriel… ¡La casa está en llamas! —la voz de Elena sonaba entrecortada por el llanto y la tos—. Alguien lanzó una botella… el fuego está en la entrada. Estamos en el patio trasero. Luciana tiene a Emilia en brazos.
El mundo de Gabriel se detuvo por un segundo. Luego explotó.
—¡¿Qué?! ¡Mamá, sácalas de ahí ahora mismo! ¡Voy para allá!
Colgó y tomó la radio de la patrulla que había pedido prestada en la Estación de Policía. Su voz salió como un rugido:
—Aquí Oficial Gabriel Vargas, unidad 17. ¡Código rojo! Incendio intencional en residencia de mi familia, Calle 72 # 18-45. Repito: ¡mi familia está bajo ataque! ¿Dónde demonios está la unidad de protección que pedí para mi madre y mi hija? ¡Tenían que estar vigilando la casa desde hace horas!
La respuesta tardó unos segundos que parecieron eternos.
—Unidad 17, aquí central… Hubo un retraso en la asignación. La patrulla asignada sufrió un accidente de tránsito hace cuarenta minutos. Estamos enviando refuerzos ahora mismo.
Gabriel golpeó el volante con tanta fuerza que el claxon sonó.
—¡¿Un retraso?! ¡Mi hija de seis años y mi madre están en medio de un incendio provocado por los Mendoza y ustedes me hablan de retrasos! ¡Quiero todas las unidades disponibles en esa dirección ya! ¡Y localicen a los responsables!
Arrojó la radio con furia y pisó el acelerador hasta el fondo. Las sirenas de los bomberos se escuchaban a lo lejos, pero él llegó primero.
El espectáculo que encontró lo golpeó como un puñetazo en el estómago. La fachada de la casa de su madre estaba envuelta en llamas anaranjadas. El humo negro subía hacia el cielo. Vecinos salían a la calle alarmados. En el patio trasero, bajo la luz de la luna y el resplandor del fuego, vio a su madre tosiendo, apoyada contra la pared, y a Luciana abrazando fuertemente a Emilia, quien lloraba desconsolada contra su cuello.
Gabriel frenó en seco, bajó del carro y corrió hacia ellas.
—¡Emilia! ¡Mamá! ¡Luciana!
Emilia levantó la cabeza al escuchar su voz y extendió los bracitos.
—¡Papá!
Gabriel las alcanzó y las envolvió a las tres en un abrazo desesperado. Besó la cabeza de su hija, luego la frente de su madre y finalmente tomó el rostro de Luciana entre sus manos, mirándola con intensidad.
—¿Estás herida? ¿Alguna de ustedes está herida?
—Estamos bien… solo humo —respondió Luciana, con la voz ronca por el humo y el miedo—. Pero Gabriel… esto fue deliberado. Vimos el carro. Lanzaron la botella justo después de que te fueras.
Los bomberos llegaron en ese momento y empezaron a trabajar para controlar las llamas. Gabriel no soltaba a su familia. Su piel trigueña brillaba por el sudor y el reflejo del fuego. Sus ojos miel ardían de rabia y dolor.
Elena se acercó a él, temblando.
—Hijo… esto ya no es solo contra ti. Atacaron a Camila y ahora a nosotras. ¿Hasta cuándo vamos a vivir así?
Gabriel no tenía respuesta. Miró a Emilia, que se aferraba a su camisa como si nunca fuera a soltarlo, y luego a Luciana. La mujer que había entrado en su vida como un rayo de luz ahora estaba cubierta de hollín, con los ojos enrojecidos y aún sosteniendo a su hija con fuerza.
En ese instante tomó una decisión difícil.
—Mamá, quiero que tú y Emilia se vayan esta misma mañana a casa de la tía Rosa, en el pueblo. Está lejos lo suficiente. La Estación de Policía puede asignar protección allá. No puedo arriesgarlas más aquí.
Elena asintió con resignación.
—¿Y tú? ¿Y Luciana?
Gabriel miró a Luciana. La tensión entre ellos era palpable. Quería protegerla más que a nada, pero también sabía que ella no se iría fácilmente.
—Luciana… —dijo con voz baja, solo para ella—. Necesito que vayas con ellas. No puedo concentrarme si sé que estás en peligro. Por favor.
Luciana negó lentamente con la cabeza, aunque sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
—No voy a huir, Gabriel. Mi pastelería, mi familia… todo está aquí. Y si me voy, ¿quién va a estar aquí para ti? ¿Quién te va a recordar que aún hay cosas dulces en medio de tanto fuego?
Antes de que Gabriel pudiera insistir, su radio volvió a sonar.
—Oficial Vargas, tenemos un problema mayor. Acabamos de recibir una llamada anónima. Dicen que el siguiente objetivo es la pastelería Dulce Pecado… y que esta vez no será fuego. Será algo más personal. La amenaza va dirigida específicamente a la repostera.
Luciana palideció. Gabriel sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
El peligro ya no se acercaba.
Estaba cerrando el círculo alrededor de Luciana.
Gabriel apretó la mandíbula y tomó una decisión aún más dura. Miró a Luciana con una mezcla de amor y determinación feroz.
—Entonces no hay opción. Te quedas bajo mi custodia personal. No te separas de mí ni un metro. Y vamos a terminar esto… aunque tenga que enfrentarlos cara a cara.
En la oscuridad, a dos cuadras de distancia, el mismo hombre de la gorra oscura observaba el incendio con una sonrisa satisfecha. Marcó un número en su teléfono.
—Mensaje recibido —dijo en voz baja—. La repostera ya está asustada. Y el oficial… está empezando a quebrarse. Sigamos apretando.
El fuego seguía consumiendo la casa mientras Gabriel sostenía a las dos mujeres más importantes de su vida.
La guerra había entrado en su hogar.
Y ahora, el precio se estaba volviendo demasiado alto.
Editado: 01.05.2026