Corazones Bajo Custodia

Capítulo 11: La Traición

El amanecer encontró a la familia Vargas envuelta en humo y decisiones dolorosas.

Gabriel estaba de pie frente a la casa parcialmente quemada, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el horizonte. A su lado, Luciana observaba en silencio cómo los bomberos terminaban de controlar las últimas brasas. La protección cercana que Gabriel había impuesto era literal: no se separaba de ella más de un metro. Cada vez que ella se movía, él la seguía con la mirada y el cuerpo, como un escudo humano.

—Gabriel… —dijo Luciana en voz baja—, no puedes vivir así, pegado a mí todo el tiempo.

Él giró la cabeza. Sus ojos color miel estaban oscuros, cargados de una intensidad que la hizo estremecer.

—Puedo y lo haré. Hasta que esto termine, donde tú vayas, yo voy. Donde tú estés, yo estoy. No voy a perderte a ti también.

Antes de que Luciana pudiera responder, un carro de patrulla se detuvo frente a la casa. Elena salió de la vivienda con una pequeña maleta en la mano. Detrás de ella caminaba Emilia, con su mochila rosa y los ojos hinchados de tanto llorar.

—Papá… ¿De verdad tengo que irme? —preguntó la niña con la voz quebrada.

Gabriel se agachó frente a su hija y tomó su carita entre las manos grandes y cálidas. La ternura con la que la miró contrastaba brutalmente con la dureza de su expresión.

—Mi amor, esto es solo por unos días. La abuela Rosa y el abuelo Julio te van a consentir mucho. Vas a comer todos los postres que quieras. Pero aquí… ahora no es seguro.

Emilia miró a Luciana con ojos suplicantes.

—¿Y Luciana? ¿Ella también viene?

Luciana se acercó y se arrodilló junto a Gabriel. Le acarició el cabello a la niña con cariño.

—Yo tengo que quedarme un poquito más, reina de las fresas. Pero te prometo que pronto estaremos todos juntos otra vez. Y cuando eso pase, te haré el pastel de fresas más grande que hayas visto.

Gabriel abrazó fuerte a su hija, cerrando los ojos con fuerza. Era la decisión más difícil que había tomado en años: alejarla de él para protegerla. Elena se acercó y puso una mano en el hombro de su hijo.

—Cuídate, mi niño. Y cuida a Luciana. Esa muchacha ya es parte de esta familia, lo quieras o no.

Gabriel asintió. Besó la frente de su madre y luego ayudó a subir a Emilia y Elena al carro patrulla que las llevaría al pueblo, donde estarían bajo protección discreta de los agentes de Policía.

Cuando el vehículo se alejó, Gabriel se quedó mirando la calle vacía durante varios segundos. Luciana se acercó por detrás y rodeó su cintura con los brazos, apoyando la mejilla en su espalda ancha.

—Hiciste lo correcto —susurró ella.

Gabriel se giró y la abrazó con fuerza, enterrando el rostro en su cuello. Por un momento, solo respiraron juntos, compartiendo el dolor y el miedo.

—Ven —dijo él finalmente—. Vamos a la pastelería. Necesito revisar que todo esté seguro antes de que abras.

Llegaron a Dulce Pecado media hora después. Gabriel revisó cada rincón: las puertas, las ventanas, la trastienda, incluso el techo. No dejó ni un centímetro sin revisar. Luciana lo observaba moverse con esa mezcla de profesionalismo policial y preocupación personal.

Cuando terminó, Gabriel se acercó a ella. Estaban solos en la pastelería. La luz de la mañana entraba suave por los ventanales.

—Luciana… hay algo que necesito decirte —murmuró, tomándole las manos—. Desde que Laura murió, juré que nunca volvería a involucrar a nadie en mi vida. Pero tú… tú llegaste tropezando con mi hija y desarmaste todas mis defensas. No sé cómo voy a protegerte, pero te juro que voy a dar la vida si es necesario.

Luciana levantó la mano y le acarició la mejilla trigueña.

—No quiero que des tu vida, Gabriel. Quiero que vivas… conmigo.

Se miraron en silencio. Gabriel inclinó la cabeza y la besó con una ternura profunda, casi desesperada. Fue un beso lento, lleno de promesas y miedo. Sus manos se aferraron a la cintura de ella como si fuera su ancla en medio de la tormenta.

Cuando se separaron, el teléfono de Gabriel sonó. Era un número desconocido.

Frunció el ceño y contestó.

—¿Aló?

Del otro lado se escuchó una voz femenina, suave pero fría, que lo dejó helado.

—Hola, Gabriel.

El tiempo se detuvo.

Esa voz… la reconocería en cualquier lugar del mundo.

—Laura… —susurró, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Luciana notó inmediatamente el cambio en su expresión y se tensó.

—¿Laura? —repitió la voz con una risa baja—. Veo que aún recuerdas mi nombre. Qué tierno.

Gabriel se apartó unos pasos, pálido. Su mano libre temblaba.

—¿Cómo es posible? Tú… tú moriste. Yo vi tu cuerpo. Enterramos…

—Digamos que los Mendoza son muy buenos haciendo desaparecer personas cuando les conviene —respondió ella con calma—. Y hacerlas reaparecer también. Llevo cuatro años trabajando con ellos, Gabriel. Desde mucho antes de “morir”.

Gabriel sintió que el mundo se rompía.

La mujer que había amado, la madre de su hija, la misma por la que había llorado noches enteras… estaba viva. Y no solo eso.

—Fuiste tú… —dijo con la voz rota por la traición—. Tú les diste información todo este tiempo. Por eso sabían exactamente dónde atacar. Por eso conocían los nombres, las rutinas… todo.

Laura soltó una risa suave, casi nostálgica.

—Siempre fuiste demasiado bueno, Gabriel. Demasiado correcto. Yo quería más. Los Mendoza me ofrecieron más. Dinero, poder, una vida sin tener que fingir ser la esposa perfecta de un policía idealista. Pero nunca pensé que te ibas a enamorar tan rápido de esa repostera tuya. Eso complicó las cosas.

Gabriel miró a Luciana, quien lo observaba con los ojos muy abiertos, sin entender todavía todo lo que estaba pasando.

—¿Qué quieres? —preguntó él con voz dura.

—Quiero que sufras como yo sufrí fingiendo estar muerta. Quiero que sepas que todo lo que has luchado estos años… fue en vano. Tu esposa nunca murió. Y ahora, voy a quitarte lo poco que te queda. Empezando por esa niña que crees que es solo tuya… y por esa mujer que huele a fresas.




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