Corazones Bajo Custodia

Capítulo 12: Cenizas de un matrimonio

Gabriel se quedó inmóvil en medio de la pastelería, con el teléfono aún apretado en la mano como si fuera una granada a punto de explotar. Su rostro, normalmente firme y seguro, estaba completamente descompuesto. La piel trigueña parecía haber perdido color y sus ojos color miel estaban llenos de una mezcla devastadora de rabia, dolor y traición.

Luciana dio un paso hacia él, pero se detuvo. El aire entre ellos se sentía pesado, cargado de una verdad que acababa de cambiarlo todo.

—Gabriel… háblame —susurró ella, con la voz temblorosa—. ¿Qué fue lo que te dijo?

Él soltó una risa amarga, rota, que no tenía nada de humor.

—Que está viva. Laura está viva, Luciana. Cuatro años fingiendo su muerte. Cuatro años trabajando con los mismos hijos de puta que casi me destruyen. —Su voz se quebró—. Ella fue quien les pasó información todo este tiempo. Por eso sabían exactamente dónde atacar, cómo llegar a mi familia… a ti.

Luciana se llevó una mano a la boca. Sus ojos oscuros se abrieron con horror.

—¿La madre de Emilia…? ¿Ella es parte de esto?

Gabriel asintió lentamente. Dejó caer el teléfono sobre una mesa y se pasó las manos por el cabello negro con desesperación. Por primera vez desde que Luciana lo conocía, parecía estar a punto de derrumbarse.

—Todo lo que creí… todo por lo que lloré, por lo que me castigué… fue una mentira. Yo enterré a una mujer que nunca murió. Le conté a mi hija que su mamá estaba en el cielo. Y ahora resulta que esa misma mujer quiere quitármela. Quiere quitarnos todo.

Luciana no lo pensó dos veces. Se acercó y lo abrazó con fuerza, rodeándole la cintura. Gabriel tardó un segundo en reaccionar, pero luego la envolvió con sus brazos como si fuera lo único sólido en medio de un terremoto. Hundió el rostro en su cabello ondulado, respirando su aroma a vainilla y fresas como si necesitara recordarse que aún había algo bueno en el mundo.

—Esto no cambia quién eres tú —murmuró Luciana contra su pecho—. Sigues siendo el hombre que corre a salvar a su hija. El que me besó como si el mundo se acabara. El que está dispuesto a darlo todo por protegernos.

Gabriel se separó apenas para mirarla. Sus ojos miel brillaban con lágrimas contenidas.

—¿Cómo puedes seguir aquí después de esto? Mi vida es un desastre, Luciana. Mi pasado no está muerto… está vivo y quiere destruir todo lo que estoy intentando construir contigo.

Luciana levantó una mano y le acarició la mejilla con ternura.

—Porque cuando tropecé con Emilia ese día en el festival, no solo encontré a una niña perdida. Te encontré a ti. Y no pienso soltarte ahora que las cosas se pusieron difíciles.

Gabriel cerró los ojos y apoyó su frente contra la de ella. El contacto fue íntimo, cargado de emoción. Sus manos bajaron hasta la cintura de Luciana, atrayéndola más cerca. Se quedaron así, respirando el mismo aire, compartiendo el peso de una verdad que ninguno de los dos esperaba.

—Te juro que voy a protegerte —dijo él con voz ronca—. Aunque tenga que enfrentarme a Laura cara a cara. Aunque tenga que destruir todo lo que alguna vez creí.

En ese momento, el teléfono de la pastelería sonó. Ambos se tensaron. Gabriel contestó, poniéndolo en altavoz.

—¿Sí?

La misma voz femenina de antes se escuchó, ahora con un tono burlón:

—Veo que ya le contaste a tu repostera. Qué rápido. ¿Ya le dijiste que Emilia no solo tiene una mamá muerta… sino una que está muy viva y muy cerca?

Gabriel apretó el puño libre.

—¿Qué quieres, Laura?

—Quiero que sufras. Quiero que sepas que mientras tú jugabas a ser el héroe viudo, yo estaba construyendo un imperio con los Mendoza. Y ahora, voy a terminar lo que empecé. La niña es mía también, Gabriel. Y esa pastelerita tuya… va a arder más bonito que la casa de tu mamá.

La llamada se cortó.

Luciana temblaba, pero levantó la barbilla con valentía.

—No voy a dejar que nos quite esto.

Gabriel la miró con una mezcla de admiración y miedo profundo. La atrajo de nuevo hacia él y la besó. Esta vez el beso fue más intenso, casi desesperado, como si estuviera sellando una promesa silenciosa. Sus labios se movieron con urgencia, sus manos se aferraron a ella con fuerza, pero sin cruzar ningún límite. Solo necesidad. Solo el deseo de sentir que aún estaban vivos y juntos.

Cuando se separaron, Gabriel tomó su rostro entre las manos.

—Vamos a tener que ser más inteligentes que ellos. Mañana mismo voy a la Estación de Policía a pedir que reabran el caso desde cero. Y tú… tú te quedas conmigo las 24 horas. No hay discusión.

Luciana asintió, aunque sus ojos mostraban el miedo que sentía.

—Está bien. Pero prométeme algo, Gabriel.

—Lo que sea.

—Que cuando todo esto termine… me sigas mirando como me miras ahora. Como si yo fuera tu postre favorito en medio del caos.

Gabriel soltó una risa corta, cansada, pero real.

—Te lo prometo. Aunque después de esto, creo que el postre más dulce que voy a querer… eres tú.

Fuera de la pastelería, oculto entre dos carros, una figura femenina con gafas oscuras observaba la escena a través de la ventana. Laura Vargas sonrió con frialdad.

—Disfruta mientras puedas, repostera —susurró—. Pronto vas a descubrir que los corazones bajo custodia… también pueden romperse.

El juego había cambiado de nivel.

Y las traiciones apenas comenzaban a salir a la luz.




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