Corazones Bajo Custodia

Capítulo 13: La verdad que quema

Los siguientes días fueron una prisión disfrazada de protección. Gabriel había convertido un pequeño apartamento seguro en las afueras de Santa Marta —proporcionado por la Estación de Policía— en su fortaleza temporal. Luciana no podía abrir Dulce Pecado. Solo permitían entregas rápidas con vigilancia extrema, y siempre bajo la mirada atenta de Gabriel, quien no se separaba de ella más de unos metros.

Esa tarde, el sol entraba tímido por las ventanas enrejadas. Luciana estaba en la pequeña cocina improvisada, preparando un postre simple con los pocos ingredientes que habían logrado traer: fresas frescas, chocolate y un bizcocho que había horneado con manos temblorosas. Era su forma de aferrarse a algo normal en medio del caos.

Gabriel entró desde la sala, donde había estado revisando informes en su laptop. Tenía ojeras profundas y la mandíbula permanentemente tensa. Su camisa se pegaba a sus hombros anchos por el calor, y sus ojos color miel parecían más oscuros.

—Hablé con mi mamá —dijo en voz baja—. Emilia está bien. Pregunta todos los días por ti y por los postres. Le dije que pronto volveremos a estar juntos.

Luciana dejó el cuchillo y se giró hacia él. Se acercó y le rodeó la cintura con los brazos, apoyando la cabeza en su pecho. Gabriel la abrazó de inmediato, como si ese contacto fuera lo único que lo mantenía entero.

—¿Cómo estás tú? —preguntó ella contra su camisa—. No has dormido casi nada desde que… desde la llamada.

Gabriel suspiró profundamente, acariciándole el cabello ondulado.

—Siento que estoy viviendo una pesadilla que no termina. Laura… ella sabía todo. Nuestros planes, los nombres de mis informantes, incluso los lugares donde escondía a Emilia cuando las amenazas eran fuertes. Me destruyó desde dentro durante años.

Luciana levantó la vista y lo miró fijamente.

—Y tú la amaste. Criaste a su hija pensando que ella había muerto heroicamente. Eso no te hace débil, Gabriel. Te hace humano. Ahora solo tenemos que ser más fuertes que su traición.

Él inclinó la cabeza y la besó. Fue un beso lento, profundo, cargado de gratitud y necesidad. Sus manos grandes se posaron en su cintura, atrayéndola más cerca, como si quisiera absorber su calidez y su dulzura para contrarrestar todo el veneno que Laura había inyectado en su vida. Luciana respondió con ternura ardiente, enredando los dedos en su cabello negro, recordándole sin palabras que ella sí estaba allí, de verdad.

Cuando se separaron, Gabriel apoyó su frente contra la de ella.

—No sé qué hice para merecerte en medio de todo esto —murmuró—. Pero no voy a dejarte ir, Luciana. No ahora.

Un golpe en la puerta los separó bruscamente. Gabriel se puso en alerta al instante, sacando su arma y colocándose frente a ella.

—Es la Estación —dijo una voz conocida desde afuera—. Traigo novedades.

Gabriel abrió con precaución. El sargento Ruiz entró con expresión grave, llevando una carpeta.

—Tenemos confirmación visual. Laura fue vista en un pueblo cercano. Está coordinando directamente con los Mendoza restantes. Y… hay algo más. —Miró a Luciana un segundo antes de continuar—. Interceptamos una conversación. Laura quiere a la repostera no solo para hacerte daño, Gabriel. Quiere usarla como cebo para llegar a Emilia. Dice que “una niña necesita a su verdadera madre”.

Gabriel sintió que la rabia le nublaba la vista.

—Esa mujer no es madre de nadie. Abandonó a su hija y fingió su muerte. No va a acercarse a Emilia ni en sueños.

Ruiz asintió.

—Estamos preparando una operación para capturarla. Pero es peligrosa. Sabe cómo operas, Gabriel. Conoce tus movimientos.

Cuando el sargento se fue, el silencio regresó, más pesado. Luciana se acercó a Gabriel y le tomó la mano.

—Vamos a superarlo. Juntos. Pero tienes que contarle a Emilia la verdad… cuando sea el momento. No puede enterarse por otra persona.

Gabriel cerró los ojos, angustiado.

—¿Cómo le explico a una niña de seis años que su mamá no solo está viva, sino que quiere destruirnos?

Luciana lo abrazó de nuevo. En ese momento, el teléfono de Gabriel vibró con un mensaje nuevo. Número desconocido.

Abrió la foto adjunta y su sangre se heló.

Era una imagen de Laura —más delgada, con el cabello teñido y una sonrisa fría— sosteniendo una réplica exacta de la mochila morada de Emilia. Debajo, solo una línea:

“Dile a nuestra hija que mamá vuelve a casa pronto. Y que la repostera solo es un postre temporal.”

Gabriel borró la foto con furia y abrazó a Luciana con más fuerza.

—Ella no va a ganar —juró contra su cabello—. No después de todo lo que nos ha quitado.

Pero en las sombras de Santa Marta, Laura Mendoza observaba desde lejos, planeando su próximo movimiento. Sabía exactamente dónde dolía más. Y estaba dispuesta a quemar todo lo que quedaba del matrimonio que una vez Gabriel creyó eterno.

La traición había salido a la luz.

Ahora solo quedaba ver quién sobreviviría al fuego que había desatado.




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