Corazones Bajo Custodia

Capítulo 14: El precio de la verdad

Los días siguientes se convirtieron en una rutina asfixiante de protección y silencio. Gabriel y Luciana se movían como sombras dentro del apartamento seguro: ella horneaba postres pequeños para mantener la cordura, él revisaba informes y coordinaba con la Estación de Policía cada pocas horas. La cercanía constante era a la vez consuelo y tortura. Cada mirada, cada roce accidental, cargaba una electricidad que ninguno de los dos se atrevía a nombrar del todo.

Esa noche, la lluvia caía fuerte contra las ventanas enrejadas. Luciana estaba sentada en el pequeño sofá, con una taza de té entre las manos. Gabriel caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, el cabello negro revuelto y la camisa desabotonada en el cuello.

—No puedo seguir así —dijo de pronto, deteniéndose frente a ella—. Escondidos, esperando el próximo golpe. Laura sabe exactamente cómo lastimarme. Y tú… tú estás pagando el precio de mis errores del pasado.

Luciana dejó la taza y se levantó. Se acercó hasta quedar a centímetros de él.

—Deja de cargarlo todo solo, Gabriel. Laura tomó sus decisiones. Tú no eres responsable de su traición. Lo que sí eres responsable es de lo que hagamos ahora.

Él la miró. Esos ojos color miel estaban llenos de tormento y de algo más cálido, más vivo. Lentamente, levantó una mano y le acarició la mejilla, como si temiera que ella se desvaneciera.

—Cuando te vi por primera vez, tropezando con Emilia y riendo con esa mancha de crema en la nariz… sentí algo que no había sentido en años. Y ahora que sé la verdad sobre Laura, tengo miedo de que esto también sea arrebatado.

Luciana cubrió su mano con la suya y la apretó contra su rostro.

—No va a ser arrebatado. Porque yo elijo quedarme. Elijo pelear contigo.

Gabriel inclinó la cabeza y la besó. Fue un beso profundo, lleno de gratitud, miedo y una pasión contenida que los dejó sin aliento. Sus brazos la rodearon con fuerza, atrayéndola contra su pecho, como si quisiera protegerla incluso de sus propios fantasmas. Luciana respondió con la misma intensidad, enredando los dedos en su cabello, recordándole que no estaba solo.

Cuando se separaron, apoyaron sus frentes juntas, respirando agitados.

—Te quiero aquí —susurró él—. Pero también quiero que estés a salvo. Mañana vamos a movernos a otro lugar. La Estación tiene una casa más segura en las afueras.

Luciana asintió, aunque el miedo le apretaba el pecho.

En ese momento, el teléfono de Gabriel vibró sobre la mesa. Era un mensaje de video de un número desconocido.

Lo abrió con el corazón en la garganta.

El video mostraba a Laura, elegantemente vestida, sentada en una habitación oscura. Detrás de ella, en una pared, había fotos recientes: Emilia jugando en el pueblo, Elena comprando en el mercado, y una de Luciana y Gabriel saliendo de la pastelería días atrás.

—Hola, amor —dijo Laura con una sonrisa fría y calculadora—. Veo que ya conoces mi pequeño secreto. Qué lástima que tu repostera esté en medio. Pero no te preocupes… pronto voy a recuperar a mi hija. Y si tu nueva mujercita se interpone, bueno… los accidentes pasan.

El video terminaba con una imagen congelada: una mira telescópica apuntando directamente a la ventana del apartamento donde se encontraban.

Gabriel dejó caer el teléfono como si le quemara. En menos de un segundo estaba junto a la ventana, cerrando las cortinas con violencia.

—¡Nos tienen ubicados! —gruñó—. Tenemos que salir de aquí ahora.

Luciana palideció, pero reaccionó rápido. Tomó su bolso y el teléfono.

—¿A dónde?

—A la Estación de Policía. Allí estaremos más seguros mientras reorganizo todo. No podemos confiar en ningún otro lugar.

Salieron al pasillo oscuro del edificio. La lluvia caía con fuerza afuera. Gabriel iba delante, con el arma en la mano, cubriendo cada esquina. Luciana lo seguía de cerca, con el corazón latiéndole en los oídos.

Llegaron al estacionamiento subterráneo sin incidentes. Gabriel abrió el carro y la hizo subir primero.

—Quédate agachada —ordenó.

Arrancó con un chirrido de llantas. Mientras conducía bajo la tormenta, miró por el retrovisor constantemente.

—Esto no va a parar hasta que la capturemos —dijo entre dientes—. Y cuando lo haga… voy a asegurarme de que Emilia nunca tenga que volver a ver a esa mujer.

Luciana extendió la mano y apretó la suya sobre el cambio de velocidades.

—Vamos a terminar esto. Por Emilia. Por nosotros.

De pronto, unos faros potentes aparecieron detrás de ellos. Un carro negro los seguía de cerca, demasiado cerca. Gabriel aceleró.

—Agárrate —dijo con voz tensa.

La persecución comenzó bajo la lluvia torrencial. El carro perseguidor intentaba cerrarlos, pero Gabriel maniobraba con la precisión de ser policia. Luciana se aferraba al asiento, rezando en silencio.

En una curva peligrosa, el carro negro se acercó demasiado. Un disparo resonó. La bala impactó en el retrovisor derecho, haciéndolo estallar.

—¡Abajo! —gritó Gabriel, empujando suavemente la cabeza de Luciana.

Ella se agachó mientras él respondía con maniobras evasivas. Otro disparo. Esta vez la bala rozó el techo.

Gabriel pisó el acelerador y tomó una calle lateral estrecha. El carro perseguidor perdió terreno por un momento. Aprovechó para llegar a una avenida principal donde el tráfico y las luces de la Estación de Policía ya se veían a lo lejos.

Cuando entraron al estacionamiento seguro de la Estación, ambos respiraban agitados. Gabriel apagó el motor y se giró hacia Luciana. Le tomó el rostro entre las manos, revisándola desesperadamente.

—¿Estás bien? ¿Te hirieron?

—Estoy bien —susurró ella, temblando—. Gracias a ti.

Gabriel la atrajo hacia sí y la besó con urgencia, como si necesitara confirmar que estaba viva. Fue un beso corto pero intenso, lleno de alivio y determinación.

—Esto se acaba aquí —juró contra sus labios—. Mañana mismo empezamos la operación para sacar a Laura de las sombras.




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