Corazones Bajo Custodia

Capítulo 15: Bajo custodia

Gabriel entró empujando la puerta con el hombro, una mano firmemente en la espalda de Luciana, guiándola hacia una sala de interrogatorios que habían convertido en refugio temporal. Afuera, la lluvia seguía golpeando los ventanales como si quisiera entrar a la fuerza.

—Siéntate —ordenó con suavidad, pero su voz aún cargaba la adrenalina de la persecución—. No te muevas de aquí. Voy a coordinar con el sargento Ruiz.

Luciana asintió, todavía temblando ligeramente. Se sentó en la silla de metal y se abrazó a sí misma, intentando calmar el latido desbocado de su corazón.

Gabriel no se alejó más de tres metros. Mientras hablaba por radio y daba órdenes, su mirada volvía una y otra vez hacia ella, como si necesitara confirmar que seguía allí, viva, a salvo. Cuando terminó, se arrodilló frente a ella y le tomó las manos.

—Estás bajo mi custodia personal a partir de ahora —dijo con firmeza—. No es un favor. Es una orden. Donde yo esté, tú estás. Hasta que capturemos a Laura y a todos los que la respaldan.

Luciana soltó una risa suave, casi nerviosa.

—¿Eso significa que voy a vivir en la Estación de Policía?

—Significa que voy a dormir en el mismo cuarto que tú, con el arma al alcance de la mano y la puerta cerrada con doble llave —respondió él, sin una pizca de humor—. No voy a arriesgarme otra vez.

Se miraron en silencio. La tensión entre ellos era densa, cargada de todo lo que habían vivido en las últimas horas: el fuego, la persecución, la traición de Laura. Gabriel levantó una mano y le apartó un mechón de cabello húmedo de la frente. El gesto fue tan tierno que a Luciana se le hizo un nudo en la garganta.

—Tuve miedo —confesó él en voz baja—. Cuando escuché esos disparos… solo pensé en no perderte.

Luciana cubrió su mano con la suya.

—Estoy aquí. Gracias a ti.

Gabriel inclinó la cabeza y le dio un beso en la frente, lento y protector. Luego se sentó a su lado, sin soltarle la mano. Por un momento, el ruido de la Estación se apagó y si solo existieran ellos dos.

La puerta se abrió de golpe. El sargento Ruiz entró con una carpeta gruesa bajo el brazo y una expresión grave e inquietante.

—Vargas, tenemos un problema. Laura acaba de enviar un mensaje a través de un intermediario. Quiere un intercambio.

Gabriel se puso rígido.

—¿Qué tipo de intercambio?

Ruiz abrió la carpeta y le mostró una foto impresa: era Emilia, tomada esa misma tarde en el pueblo, jugando en el patio de la casa de Rosa y Julio. Debajo, una nota escrita a mano:

“Tráeme a la repostera. Yo te devuelvo a tu hija. O te quedas sin las dos.”

El silencio que se instaló en la habitación fue mortal.

Gabriel se levantó de un salto, el rostro convertido en una máscara de furia controlada.

—Ella no tiene a Emilia —gruñó—. Mi hija está protegida.

—Por ahora —respondió Ruiz—. Pero el mensaje es claro. Saben dónde está. Y están dispuestos a actuar.

Luciana se puso de pie también, pálida.

—No voy a permitir que usen a Emilia como moneda de cambio —dijo con voz firme, aunque le temblaban las manos—. Si necesita a alguien, que me tome a mí. Pero no toquen a esa niña.

Gabriel se giró hacia ella, los ojos miel ardiendo.

—Ni se te ocurra. No vas a entregarte. Nunca.

—Entonces ¿qué vamos a hacer? —preguntó ella, enfrentándolo—. Porque no podemos quedarnos aquí escondidos mientras ellos planean el siguiente golpe.

Gabriel respiró hondo, intentando controlar la rabia. Luego miró a Ruiz.

—Prepara un operativo. Quiero rastrear cada movimiento de Laura. Y refuerza la protección en el pueblo. Nadie se acercara a Emilia ni a mi madre. Nadie.

Ruiz asintió y salió.

Cuando se quedaron solos otra vez, Gabriel se acercó a Luciana y la atrajo contra su pecho. La abrazó con fuerza, como si pudiera protegerla de todo el mundo solo con sus brazos.

—Esto se está volviendo demasiado peligroso —susurró contra su cabello—. Y lo único que me mantiene de pie eres tú… y la promesa de que Emilia va a crecer lejos de todo esto.

Luciana levantó el rostro y lo miró a los ojos.

—Entonces peleemos juntos. No me dejes fuera, Gabriel. Ya no soy solo la repostera que tropezó con tu hija. Ahora soy parte de esto. Parte de ustedes.

Gabriel la miró durante un largo segundo. Luego asintió, lentamente.

—Estás bajo mi custodia —repitió—. Y yo bajo la tuya. Juntos.

Afuera, la lluvia seguía cayendo. Y en algún lugar de Santa Marta, Laura Mendoza sonreía mientras revisaba el mensaje que acababa de enviar.

El intercambio era solo el principio.

El verdadero juego de poder estaba a punto de empezar.

Y esta vez, el precio sería mucho más alto que cualquier pastel de fresas.




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