Gabriel estaba de pie frente a un mapa digital de Santa Marta, señalando puntos con el dedo mientras el sargento Ruiz y dos agentes escuchaban en silencio. Luciana permanecía sentada a un costado, con una manta sobre los hombros, observando cómo el hombre que amaba se transformaba en el oficial implacable que conocía de lejos.
—Laura no va a esperar —dijo Gabriel con voz dura—. Si amenazó con Emilia, es porque ya tiene un plan en marcha. Necesitamos rastrear cada llamada, cada movimiento. Quiero vigilancia discreta en el pueblo, pero sin alarmar a mi hija. Y refuerzo total alrededor de este edificio.
Ruiz asintió.
—Ya tenemos dos unidades en el perímetro. Pero Vargas… ella te conoce. Sabe cómo piensas. Si empujamos demasiado, puede adelantarse.
Gabriel apretó la mandíbula. Sus ojos color miel brillaban con una determinación fría.
—Entonces la forzamos a moverse primero. Vamos a filtrar información falsa: que Luciana está siendo trasladada a Bogotá. Que Emilia está a punto de ser llevada a un lugar más seguro. Que yo estoy solo y vulnerable. Que muerda el anzuelo.
Luciana se levantó y se acercó.
—¿Y si lo muerde? ¿Qué pasa entonces?
Gabriel la miró. Por un segundo, la dureza del oficial se suavizó.
—Entonces la atraparemos. Y terminaremos con esto de una vez.
Cuando la reunión terminó, Gabriel acompañó a Luciana a una pequeña habitación de descanso que habían preparado para ellos. Era austera: una cama individual, una silla y una ventana con rejas. Él cerró la puerta con llave y se quedó de pie frente a ella.
—No te voy a dejar sola ni un minuto —dijo en voz baja—. No después de lo de anoche.
Luciana se acercó y le puso una mano en el pecho, justo sobre el corazón que latía con fuerza.
—No estoy pidiendo que me dejes sola. Estoy pidiendo que me dejes ayudarte. No soy de cristal, Gabriel. Puedo aguantar esto.
Él cubrió su mano con la suya y la apretó.
—Lo sé. Pero cada vez que pienso en lo cerca que estuvo ese carro… en los disparos… siento que el aire se me acaba. No puedo perderte. No después de haber encontrado algo tan bueno en medio de tanto desastre.
Se inclinó y la besó. Fue un beso lento, profundo, cargado de todo el miedo y el alivio de las últimas horas. Sus manos se deslizaron hasta su cintura, atrayéndola con cuidado, como si quisiera memorizar cada detalle de su presencia. Luciana respondió con la misma intensidad contenida, aferrándose a sus hombros, recordándole que estaba allí, real y decidida.
Cuando se separaron, Gabriel apoyó su frente contra la de ella.
—Quédate conmigo esta noche —susurró—. Solo… quédate.
—No me voy a ir a ninguna parte —respondió ella.
Se acostaron vestidos sobre la cama estrecha, abrazados. Gabriel mantenía un brazo alrededor de ella y el otro cerca del arma sobre la mesa de noche. Dormir fue difícil, pero el calor del cuerpo del otro los mantuvo anclados.
A las tres de la madrugada, el teléfono de Gabriel vibró.
Era un mensaje de video. De un número desconocido.
Lo abrió en silencio. Luciana se despertó al sentir cómo se tensaba.
En la pantalla apareció Laura, sonriendo con frialdad. Detrás de ella se veía el interior de un almacén oscuro.
—Hola, Gabriel. Veo que sigues escondido con tu dulce tentación. Qué romántico. Pero el tiempo se acabó. Mañana a las seis de la tarde, en el antiguo muelle de Taganga. Traes a la repostera. Yo te muestro a Emilia… viva y bien. Si no apareces, la próxima foto de nuestra hija será mucho menos agradable.
El video terminó.
Gabriel se sentó en la cama, el rostro pálido bajo la luz del teléfono. Luciana se incorporó a su lado y le tomó el brazo.
—No vamos a entregarme —dijo ella con firmeza—. Es una trampa.
—Lo sé —respondió él con voz ronca—. Pero no puedo ignorar la amenaza contra Emilia. Voy a ir. Pero no solo. Vamos a preparar un operativo completo. Y tú… tú te quedas aquí, bajo custodia máxima.
Luciana negó con la cabeza.
—Si voy a estar bajo tu custodia, entonces voy contigo. No me dejes atrás otra vez, Gabriel. Ya no.
Se miraron en la penumbra. El conflicto en los ojos de él era evidente: el oficial que quería protegerla a toda costa contra el hombre que empezaba a necesitarla a su lado.
Finalmente, Gabriel soltó un suspiro largo y la atrajo de nuevo hacia su pecho.
—Entonces vamos juntos —concedió en voz baja—. Pero bajo mis condiciones. Y si algo sale mal… tú corres. ¿Entendido?
Luciana asintió, aunque el miedo le apretaba el pecho.
Afuera, la noche de Santa Marta seguía oscura y pesada.
Laura había lanzado el anzuelo.
Y Gabriel, por primera vez en mucho tiempo, no sabía si estaba a punto de recuperar a su hija… o de perderlo todo.
Editado: 27.07.2026