Corazones Bajo Custodia

Capítulo 17: El muelle de las mentiras

El sol se ponía sobre Taganga teñiendo el mar de un rojo intenso, casi sangriento. El antiguo muelle, semiabandonado y rodeado de bodegas oxidadas, se podía oler el salitre en el ambiente, Gabriel estacionó el carro a varias cuadras de distancia y apagó el motor. Luciana iba a su lado, vestida de negro, el cabello recogido y el rostro tenso. Llevaba un chaleco antibalas oculto bajo la chaqueta, igual que él.

—Recuerda el plan —dijo Gabriel en voz baja, revisando su arma por tercera vez—. Tú te quedas detrás de mí en todo momento. Si algo sale mal, corres hacia el punto de extracción. No mires atrás. No intentes ayudarme. ¿Entendido?

Luciana asintió, aunque el miedo le apretaba el pecho.

—Entendido. Pero no te separes de mí, Gabriel. No otra vez.

Él la miró. En la penumbra del carro, sus ojos color miel brillaban con una mezcla de determinación y algo más vulnerable.

—No pienso separarme —prometió. Tomó su mano y la apretó con fuerza—. Estás bajo mi custodia. Y yo bajo la tuya.

Se bajaron del vehículo. Dos unidades de la Estación de Policía ya estaban posicionadas en puntos estratégicos, camufladas entre las sombras. Gabriel y Luciana avanzaron por el muelle con pasos medidos. El viento traía el sonido de las olas golpeando los pilares de madera.

A las seis en punto exactas, una figura apareció al final del muelle.

Laura.

Más delgada de lo que Gabriel recordaba, con el cabello más corto y teñido de un tono oscuro, vestida con una elegancia fría. A su lado caminaban dos hombres armados. No había rastro de Emilia.

—Hola, amor —saludó Laura con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Qué puntual. Y trajiste a tu postrecito. Qué detallista.

Gabriel se detuvo a varios metros, colocando el cuerpo delante de Luciana de forma protectora.

—¿Dónde está Emilia? —exigió, la voz cortante como acero.

Laura hizo un gesto con la mano. Uno de los hombres sacó un teléfono y mostró una transmisión en vivo: Emilia estaba sentada en una habitación desconocida, jugando con unos crayones, ajena a todo. Al fondo se veía a Elena, amordazada y atada a una silla.

El corazón de Gabriel se detuvo por un segundo.

—Está a salvo… por ahora —dijo Laura con calma—. Pero solo si cumples tu parte. La repostera da un paso adelante. Tú te quedas quieto. Y nadie hace tonterías.

Luciana sintió que las piernas le temblaban, pero dio un paso al lado de Gabriel.

—No voy a dejar que uses a esa niña —dijo con voz firme, aunque el miedo le hacía temblar las manos—. Si quieres a alguien, aquí estoy.

Gabriel la sujetó del brazo con fuerza.

—No —gruñó entre dientes—. Ni un paso más.

Laura soltó una risa suave, casi divertida.

—Siempre tan protector, Gabriel. Por eso te elegí al principio. Pero ya no eres el único que decide. La niña necesita a su madre. Y yo necesito que dejes de interferir en los negocios de los Mendoza.

De pronto, un disparo resonó en el aire. No venía de los hombres de Laura. Venía de uno de los francotiradores de la Estación de Policía, que había identificado una amenaza en una bodega cercana. El caos estalló.

Los dos hombres de Laura levantaron las armas. Gabriel empujó a Luciana hacia un costado del muelle, cubriéndola con su cuerpo mientras respondía al fuego. Balas silbaban. Madera salpicaba. El olor a pólvora llenó el aire.

—¡Corre! —gritó Gabriel, empujándola hacia unos contenedores oxidados.

Luciana tropezó, pero se levantó y corrió. Detrás de ella, Gabriel intercambiaba disparos, moviéndose con precisión entrenada. Uno de los hombres de Laura cayó. El otro se cubrió detrás de una pila de redes.

Laura, lejos de asustarse, sonrió con frialdad y sacó un control remoto de su bolsillo.

—Siempre tan predecible, Gabriel —gritó por encima del ruido—. Pensaste que esto era solo un intercambio. Pero es una distracción.

Apretó el botón.

Una explosión sacudió el otro extremo del muelle. No era grande, pero suficiente para crear una cortina de humo y confusión. Cuando el polvo se asentó, Laura ya no estaba. Había desaparecido entre las sombras junto con el hombre que quedaba.

Gabriel corrió hacia Luciana, que estaba agachada detrás de los contenedores, temblando pero ilesa. La atrajo hacia sí con fuerza desesperada, revisándola con las manos.

—¿Estás herida? ¿Te tocó alguna bala?

—Estoy bien —susurró ella, aferrándose a su camisa—. ¿Emilia? ¿La abuela?

Gabriel sacó su radio, la voz tensa.

—Ruiz, ¿ubicación de Emilia? ¡Ahora!

La respuesta llegó segundos después, cargada de urgencia:

—Vargas… la transmisión era falsa. Emilia y tu madre siguen en el pueblo, a salvo. Acabamos de confirmarlo. Pero… hay otro problema. Acaban de atacar la casa de Rosa y Julio. No hay heridos graves, pero el mensaje es claro: Laura sabía que íbamos a venir al muelle. Todo esto fue para distraernos.

Gabriel sintió que la rabia y el alivio se mezclaban de forma peligrosa. Abrazó a Luciana con más fuerza, hundiendo el rostro en su cabello.

—Se escapó otra vez —murmuró con amargura—. Y ahora sabe que no vamos a ceder.

Luciana levantó la cara y le acarició la mandíbula tensa.

—Entonces la perseguimos. Juntos. Hasta el final.

Gabriel la miró. En medio del humo y el olor a pólvora, sus ojos miel se suavizaron solo un instante.

—Hasta el final —repitió.

Pero mientras las unidades de la Estación de Policía aseguraban el muelle, un mensaje llegó al teléfono de Gabriel.

Solo una foto: Laura, sonriendo, sosteniendo un pastel de fresas a medio comer.

Debajo, una sola frase:

“El postre aún no está terminado. Pronto te lo serviré en persona.”

El juego apenas comenzaba de verdad.

Y esta vez, nadie sabía quién iba a sobrevivir al final.




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