Corazones Bajo Custodia

Capítulo 18: Después de la tormenta

El regreso a la Estación de Policía fue silencioso y tenso. Gabriel conducía con las manos firmes en el volante, la mirada fija en la carretera, mientras Luciana iba a su lado, todavía con el olor a pólvora impregnado en la ropa. Ninguno habló durante el trayecto. Solo el sonido del motor y el viento marino llenaban el espacio entre ellos.

Al llegar, Gabriel la acompañó directamente a la habitación de descanso. Cerró la puerta con llave, dejó el arma sobre la mesa y se quedó de pie frente a ella, respirando agitado.

—Casi te pierdo hoy —dijo con voz ronca, casi rota—. Otra vez.

Luciana se acercó y le tomó el rostro entre las manos. Sus dedos rozaron la mandíbula tensa, el corte superficial que le había dejado una astilla de madera en la mejilla.

—Pero no me perdiste —respondió suavemente—. Estoy aquí. Gracias a ti.

Gabriel cerró los ojos un segundo y luego la atrajo contra su pecho. La abrazó con fuerza, como si quisiera asegurarse de que era real. Luciana rodeó su cintura con los brazos y apoyó la mejilla en su camisa, escuchando el latido acelerado de su corazón.

Se quedaron así un largo rato, en silencio, dejando que el miedo y la adrenalina se disiparan poco a poco. Cuando Gabriel se separó apenas, le acarició el cabello con ternura.

—No puedo seguir exponiéndote así —susurró—. Cada vez que Laura aparece, el peligro se acerca más a ti. Y yo… yo no sé qué haría si algo te pasara.

Luciana levantó la mirada.

—Entonces dejemos de correr. Enfrentémosla. Pero juntos. No me dejes fuera otra vez, Gabriel. Yo ahora formo parte de esto. De ustedes.

Él la miró durante un largo segundo. Luego inclinó la cabeza y la besó. Fue un beso lento, profundo, cargado de alivio, miedo y una promesa silenciosa. Sus manos se posaron en su cintura con cuidado, atrayéndola más cerca, como si quisiera protegerla del mundo entero. Luciana respondió con la misma intensidad contenida, aferrándose a él, recordándole que no estaba solo.

Cuando se separaron, Gabriel apoyó su frente contra la de ella.

—Voy a traer a Emilia de vuelta —dijo en voz baja—. Ya no es seguro dejarla lejos. Laura sabe dónde está. Prefiero tenerlas a las dos cerca, bajo mi custodia directa.

Luciana asintió.

—Entonces vamos por ella. Y por tu mamá. Y por mi familia. No más separaciones.

Gabriel soltó un suspiro largo y la abrazó de nuevo. Por primera vez en días, permitió que un poco de esperanza se filtrara en su pecho.

Sin embargo, la esperanza fue breve.

Una hora más tarde, mientras coordinaban el traslado de Emilia y Elena de regreso a Santa Marta bajo máxima seguridad, el sargento Ruiz entró en la sala con el rostro grave.

—Vargas… tenemos un problema. Laura dejó un paquete en la recepción de la Estación. Nadie sabe cómo entró.

Gabriel se tensó al instante. Abrió el paquete con guantes y extrema precaución. Dentro había una caja de pastelería blanca, idéntica a las de Dulce Pecado. Al abrirla, encontró un pastel de fresas perfectamente decorado… y una nota escrita con letra elegante:

“Para la nueva familia de Gabriel.

Disfruten el postre mientras puedan.

La verdadera madre regresa pronto.

Y esta vez, no se irá.”

Debajo del pastel, oculto entre el cartón, había una foto reciente: Emilia y Elena caminando hacia el carro de la policía que las recogería esa misma tarde. La foto estaba tomada desde muy cerca.

Gabriel sintió que la sangre se le helaba.

—Están siendo vigiladas en tiempo real —dijo con voz peligrosa—. El traslado ya no es seguro. Tenemos que cambiar el plan ahora mismo.

Luciana se acercó y miró la foto. El miedo le apretó el pecho, pero también una determinación feroz.

—Entonces las traemos de otra forma. Más rápida. Más discreta. Y esta vez no le damos tiempo de reaccionar.

Gabriel la miró. En medio del caos, esa mujer seguía siendo su ancla.

—Juntos —repitió, como si fuera un juramento.

—Juntos —confirmó Luciana.

Afuera, la noche caía sobre Santa Marta. Y en algún lugar de la ciudad, Laura Mendoza observaba la misma foto en su teléfono, sonriendo con frialdad.

El pastel ya estaba servido.

Y el siguiente bocado iba a doler mucho más.




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