La foto de la pastelería con la vela encendida no fue una amenaza vacía.
Apenas media hora después de recibir el mensaje, la radio de Gabriel estalló con urgencia:
—¡Vargas! ¡Incendio en Dulce Pecado! Las llamas ya están consumiendo el local. Hay personas atrapadas adentro. Repito: hay movimiento dentro de la pastelería.
El mundo de Gabriel se detuvo.
Luciana se puso de pie de golpe, el color abandonando su rostro.
—Mi mamá… mi tía… el abuelo —susurró con voz quebrada—. Ellos dijeron que iban a revisar el local esta noche. Dijeron que iban a limpiar un poco…
Gabriel no esperó. Agarró su arma, tomó a Luciana de la mano y corrió hacia el carro. Detrás de ellos, órdenes gritadas llenaron la Estación de Policía. Unidades de emergencia se movilizaron. Pero el tiempo ya no estaba de su lado.
Mientras conducían a toda velocidad por las calles de Santa Marta, el pánico se apoderó de Luciana. Las manos le temblaban tanto que apenas podía sujetarse al asiento.
—Si algo les pasa… si algo les pasa por mi culpa… —su voz se quebró—. Gabriel, no puedo…
—No es tu culpa —gruñó él, pisando el acelerador hasta el fondo—. Es de Laura. Y va a pagar por esto.
Cuando llegaron, el infierno ya estaba desatado.
Dulce Pecado ardía. Las llamas salían por los ventanales rotos, el humo negro se elevaba hacia el cielo nocturno y el calor se sentía desde la acera. Sirenas sonaban. Vecinos gritaban. Los bomberos intentaban controlar el fuego, pero el olor a gasolina era inconfundible: había sido provocado.
Y entonces Luciana vio algo que le heló la sangre.
A través de una de las ventanas del segundo piso, entre el humo y las llamas, una figura se movía. Luego otra. Tres siluetas.
—¡Están adentro! —gritó, la voz rota por el pánico—. ¡Gabriel, están atrapados!
Gabriel no dudó. Se colocó el chaleco, revisó el arma y miró a Luciana con una intensidad feroz.
—Quédate aquí. No te muevas. Si intento entrar y no salgo en cinco minutos, no me sigas. ¿Entendido?
—¡No! —protestó ella, aferrándose a su brazo—. ¡No te voy a dejar entrar solo!
—¡Luciana! —la sujetó de los hombros, casi sacudiéndola—. ¡Emilia está en la Estación! Si algo me pasa, ella te necesita. ¡Quédate!
Sin esperar respuesta, se lanzó hacia la entrada lateral, donde el fuego aún no había consumido todo. Desapareció entre el humo.
Luciana se quedó paralizada en la calle, el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que dolía. El pánico la invadió por completo. Cada segundo que pasaba sin ver a Gabriel salir se sentía como una eternidad. Gritó su nombre. Gritó el de su madre. Gritó hasta que la voz se le rompió.
Dentro del infierno, Gabriel avanzaba a ciegas. El calor era insoportable. El humo le quemaba los pulmones. Encontró a Rosa primero, inconsciente cerca de la escalera. La cargó al hombro y la sacó hasta la calle, entregándola a los paramédicos. Luego volvió a entrar.
El segundo viaje fue por el abuelo Julio, que tosía sangre y apenas podía caminar. Gabriel lo arrastró afuera entre gritos y chispas.
Cuando intentó regresar por tercera vez, una explosión interna lo lanzó hacia atrás. El techo del salón principal se derrumbó parcialmente. Luciana gritó su nombre con un terror puro, salvaje.
—¡Gabriel! ¡GABRIEL!
Por un momento eterno, no hubo respuesta.
Luego, entre el humo y las llamas, una figura emergió arrastrando a la tía Carmen. Gabriel estaba quemado en un brazo, la cara cubierta de hollín, la respiración agitada… pero vivo.
Luciana corrió hacia él y se lanzó a sus brazos, temblando sin control. Él la sostuvo con la única mano libre, apretándola contra su pecho mientras tosía.
—Están… vivos —logró decir entre jadeos—. Todos… vivos.
Pero la pesadilla no había terminado.
Mientras los paramédicos atendían a la familia de Luciana y los bomberos intentaban controlar el incendio, el teléfono de Gabriel vibró en su bolsillo. Con manos temblorosas, lo sacó.
Era un video en vivo.
Laura aparecía en la pantalla, de pie en una habitación oscura. Detrás de ella, atada a una silla y con los ojos llenos de terror, estaba Emilia.
—Hola, amor —dijo Laura con una sonrisa helada—. Qué bonito el espectáculo de fuegos artificiales. Lástima que tu repostera y su familia hayan sobrevivido… por ahora.
Gabriel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Luciana, que miraba la pantalla a su lado, soltó un grito ahogado y se llevó las manos a la boca.
—¿Cómo…? —balbuceó Gabriel—. Emilia estaba en la Estación…
—¿De verdad creíste que no podía llegar hasta ella? —se burló Laura—. Tienes gente infiltrada, Gabriel. Siempre la tuviste. Ahora escucha con atención: tienes una hora. Vienes solo al almacén abandonado del puerto. Sin policía. Sin tu dulce tentación. Si traes a alguien, la niña muere. Si no apareces… también.
El video se cortó.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito.
Gabriel se quedó mirando la pantalla en blanco, el rostro convertido en una máscara de puro pánico y rabia. Luciana se aferró a su brazo, llorando sin control.
—No… no puede ser… Emilia…
Gabriel apretó los puños hasta hacerse daño.
—Voy a ir —dijo con voz mortalmente baja—. Voy a ir solo. Y voy a traerla de vuelta.
Luciana lo miró con los ojos desbordados de terror.
—Si vas solo… te van a matar. Gabriel, por favor…
Él la tomó del rostro con ambas manos, forzándola a mirarlo.
—Escúchame. Si no voy, ella muere. No hay otra opción. Quédate con tu familia. Quédate viva. Y si no regreso… cuida a Emilia por mí.
El pánico en los ojos de Luciana era absoluto. El miedo en los de Gabriel, también.
Laura había logrado exactamente lo que quería.
Había separado a la familia.
Había puesto a Emilia en sus manos.
Y ahora, el hombre que más amaba a esa niña estaba a punto de caminar solo hacia la trampa final.
Editado: 17.08.2026