Corazones Bajo Custodia

Capítulo 21: El precio final

El almacén abandonado del puerto estaba semi abierta. Gabriel entró solo, tal como Laura había exigido. El arma pesaba en su mano, pero el peso real estaba en su pecho: el miedo a no llegar a tiempo, el terror de encontrar a Emilia herida… o peor.

La puerta metálica chirrió al cerrarse detrás de él. La oscuridad era casi total, rota solo por unas cuantas lámparas colgantes que balbuceaban luz amarillenta.

—Llegaste —dijo una voz femenina, fría y conocida.

Laura emergió de las sombras. Vestía de negro, el cabello recogido, la sonrisa perfecta y venenosa. A su lado, dos hombres armados. Y detrás de ellos, atada a una silla de metal, con los ojos llenos de lágrimas y terror, estaba Emilia.

—¡Papá! —gritó la niña, con la voz quebrada por el miedo.

Gabriel sintió que el mundo se inclinaba. Dio un paso adelante, con el arma levantada.

—Suéltala —ordenó, tenía la voz baja y mortal—. Ahora.

Laura soltó una risa suave.

—Siempre tan directo. ¿No vas a preguntarme por qué? ¿Por qué fingí mi muerte? ¿Por qué te traicioné? ¿Por qué elegí a los Mendoza en lugar de a ti y a nuestra hija?

—No me importa —respondió Gabriel, sin apartar la mira de ella—. Solo quiero a Emilia. Suéltala y terminamos esto.

Laura inclinó la cabeza, fingiendo decepción.

—Qué lástima. Pensé que al menos querrías saber la verdad. Pero está bien… prefiero la acción.

Hizo un gesto. Uno de los hombres se acercó a Emilia y le apuntó a la cabeza con el arma. La niña soltó un sollozo ahogado.

—Si das un paso más, Gabriel, ella muere primero.

El pánico puro invadió el pecho de Gabriel. El sudor le corría por la frente. Cada músculo de su cuerpo gritaba por lanzarse, por disparar, por salvarla… pero cualquier movimiento en falso podía costarle la vida de su hija.

—¿Qué quieres? —preguntó, con la voz tensa hasta casi romperse.

—Quiero que sufras —respondió Laura con calma—. Quiero que sientas lo mismo que yo sentí todos esos años fingiendo estar muerta mientras tú seguías adelante con tu vida perfecta de policía héroe. Y quiero que sepas que tu dulce repostera no va a salvarte esta vez.

En ese instante, un ruido metálico resonó en el otro extremo del almacén. Laura frunció el ceño. Uno de sus hombres se giró… y fue el error que Gabriel necesitaba.

Se lanzó.

El caos estalló.

Disparos. Gritos. El sonido de cuerpos cayendo. Gabriel se movió con la precisión de años de entrenamiento, derribando al hombre más cercano y cubriendo a Emilia con su propio cuerpo mientras soltaba las ataduras de la niña con una mano temblorosa.

—Corre, Emilia —le ordenó entre dientes, empujándola hacia una puerta lateral—. ¡Corre y no mires atrás!

La niña, llorando, obedeció y salió corriendo hacia la oscuridad del exterior.

Laura gritó de rabia. Sacó su propia arma y apuntó directamente al pecho de Gabriel.

—¡Siempre arruinándolo todo!

El disparo resonó como un trueno dentro del almacén.

Gabriel sintió el impacto. Un golpe brutal, quemante, que le robó el aire de los pulmones. El mundo se volvió blanco por un segundo. Cayó de rodillas, luego de costado, la sangre caliente extendiéndose bajo su camisa.

Laura se acercó lentamente, el arma todavía en alto, mirándolo con una mezcla de triunfo y desprecio.

—Adiós, amor —susurró—. Dile a nuestra hija que su padre murió como un héroe… inútil.

Se dio la vuelta y desapareció entre las sombras junto con el hombre que quedaba en pie.

Gabriel quedó tendido en el suelo frío del almacén, la respiración era cada vez más superficial. El dolor era atroz. La visión se nublaba. Intentó moverse, intentó levantarse… pero el cuerpo ya no respondía.

A lo lejos, se escucharon sirenas. Voces. Pasos corriendo.

—¡Gabriel! —gritó alguien. Parecía la voz de Ruiz.

Pero él ya no podía contestar.

La última imagen que cruzó su mente fue el rostro de Emilia corriendo hacia la libertad… y el de Luciana, esperándolo.

Luego, todo se volvió negro.

El almacén quedó en silencio.

Solo el eco lejano de las sirenas.

Y para cualquiera que llegara demasiado tarde, parecía que el oficial Gabriel Vargas… había muerto protegiendo a su hija.




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