Corazones Bajo Custodia

Capítulo 22: El silencio después del disparo

Luciana no podía quedarse quieta.

Había desobedecido la orden de Gabriel. En cuanto él salió solo hacia el puerto, ella convenció a Ruiz de seguirlo a distancia con un equipo reducido. Ahora, escondida detrás de un contenedor oxidado a cincuenta metros del almacén, escuchaba los disparos con el corazón en la garganta.

Cuando el último estallido resonó y luego cayó un silencio absoluto, el pánico la invadió por completo.

—¡Gabriel! —gritó, rompiendo la formación y corriendo hacia la entrada del almacén.

Ruiz intentó detenerla, pero fue inútil. Luciana empujó la puerta metálica y entró en la penumbra.

El olor a pólvora y sangre la golpeó como una bofetada. El cuerpo de un hombre yacía inmóvil a un lado. Otro estaba desplomado cerca de unas cajas. Y en el centro del piso frío, rodeado de un charco oscuro que se extendía bajo su camisa, estaba Gabriel.

Inmóvil.

Tenía los ojos cerrados.

El pecho… no sabía si se movía.

—¡No, no, no! —soltó un grito desgarrado y se arrojó de rodillas a su lado. Le temblaban tanto las manos que apenas pudo tocarle el cuello en busca de un pulso—. ¡Gabriel! ¡Ábreme los ojos! ¡Por favor!

Ruiz y dos agentes entraron detrás de ella con linternas y armas en alto.

—¡Necesitamos paramédicos ahora! —gritó el sargento—. ¡Oficial abatido!

Luciana no escuchaba. Solo veía el rostro pálido de Gabriel, la sangre que manchaba sus dedos, la forma en que su cuerpo no respondía. Las lágrimas le caían sin control sobre la camisa de él.

—No puedes dejarme —susurró entre sollozos—. No después de todo. Emilia te necesita… yo te necesito. ¡Despierta!

De pronto, una voz pequeña y aterrorizada se escuchó desde la puerta lateral.

—¿Papá…?

Emilia.

La niña estaba de pie en el umbral, con la ropa sucia, las mejillas manchadas de lágrimas y los ojos enormes de puro terror. Había logrado salir como Gabriel le ordenó, pero el sonido de las sirenas la había hecho regresar.

Luciana se giró hacia ella con el rostro destrozado.

—Emilia, no mires —intentó decir, pero la voz se le quebró.

La niña ya había visto a su padre en el suelo. Soltó un grito agudo, infantil y desgarrador, y corrió hacia ellos.

—¡Papá! ¡Papá, levántate!

Ruiz la sujetó con suavidad antes de que llegara hasta el charco de sangre, pero Emilia forcejeaba, llorando sin consuelo.

—¡Quiero a mi papá! ¡Quiero a mi papá!

Los paramédicos irrumpieron en ese momento. Empujaron a Luciana con firmeza pero no con crueldad. Uno de ellos se arrodilló junto a Gabriel, revisó signos vitales y comenzó a trabajar con urgencia. Otro preparó el desfibrilador.

—Tenemos pulso… pero está débil —dijo uno de ellos—. Además está perdiendo mucha sangre. Tenemos que moverlo ya.

Luciana se quedó paralizada, aferrándose a Emilia, que sollozaba contra su pecho. Ambas miraban cómo el cuerpo de Gabriel era levantado con cuidado y colocado en una camilla. Los paramédicos gritaban órdenes. El sonido del desfibrilador cargándose llenó el almacén.

—¡Despejen!

Un golpe eléctrico. El cuerpo de Gabriel se arqueó.

Luego otro.

—¡Otra vez!

Luciana apretó a Emilia contra sí, escondiendo el rostro de la niña en su cuello, mientras ella misma no podía apartar la vista.

Por un segundo eterno, nadie habló.

Luego, la voz del paramédico cortó el aire:

—¡Tenemos ritmo! ¡Está de vuelta! ¡Muévanlo ahora!

Luciana soltó un sollozo que era mitad alivio y mitad terror puro. Gabriel no estaba muerto… todavía. Pero la cantidad de sangre, la palidez de su rostro y la urgencia en las voces de los médicos dejaban claro que la batalla no había terminado.

Mientras la camilla salía disparada hacia la ambulancia, Luciana cargó a Emilia en brazos y corrió detrás de ellos. La niña seguía llorando, aferrándose a su cuello con fuerza desesperada.

—¿Papá se va a morir? —preguntó con voz temblorosa.

Luciana no tuvo una respuesta segura. Solo la abrazó más fuerte y besó su cabeza.

—Vamos a pelear por él, mi reina. Las dos. No lo vamos a dejar ir.

La ambulancia arrancó con las sirenas aullando. Luciana y Emilia subieron con Gabriel. Afuera, la noche del puerto quedaba atrás, impregnada de sangre, pólvora y la certeza de que Laura seguía libre.

Dentro del vehículo, mientras los paramédicos trabajaban frenéticamente sobre el cuerpo inmóvil de Gabriel, Luciana le tomó la mano fría y la apretó con todas sus fuerzas.

—No te atrevas a morir —susurró cerca de su oído, con la voz rota—. Emilia te está esperando. Yo te estoy esperando. Vuelve… por favor.

Gabriel no respondió.

Su mano permaneció inerte entre las de ella.

Y mientras la ambulancia se perdía entre las luces de Santa Marta, nadie sabía si el oficial que había dado todo por salvar a su hija… lograría regresar esta vez.

Nos acercamos al final de esta bella historia. ¿Estan preparados?

Gracias por seguir leyendo, no olviden comentar y seguirme.




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