Luciana no se había movido de la silla de plástico frente a la puerta de quirófano desde que llegaron. Emilia dormía exhausta en sus brazos, con la mejilla pegada a su pecho y los dedos todavía aferrados a la tela de su blusa. Cada vez que la niña se removía entre sueños, murmuraba el nombre de su padre.
Las horas pasaban con una lentitud cruel.
Elena llegó poco después, pálida y con los ojos enrojecidos. Rosa, Carmen y el abuelo Julio también estaban allí, a pesar de las quemaduras leves y el humo que aún les ardía en los pulmones. Nadie hablaba mucho. Solo esperaban.
A las 3:17 de la madrugada, las puertas del quirófano se abrieron.
Un médico con el gorro todavía puesto y la bata manchada se acercó. Luciana se levantó de golpe, casi dejando caer a Emilia. Elena se puso a su lado, sujetándole el brazo.
—¿Familia del oficial Vargas?
—Sí —respondió Luciana, la voz apenas un hilo—. ¿Cómo está?
El médico suspiró, quitándose los guantes con lentitud.
—La bala le atravesó el pecho y dañó un pulmón. Perdió mucha sangre. Logramos detener la hemorragia y estabilizarlo… por ahora. Está en terapia intensiva. Las próximas horas serán críticas. Si logra pasar la noche sin complicaciones, tendrá una oportunidad real.
Luciana sintió que las piernas le flaqueaban. Elena la sostuvo.
—¿Puedo verlo? —preguntó con desesperación.
—Solo un momento. Y de uno en uno.
Emilia se despertó en ese instante. Al ver al médico, sus ojitos se llenaron de pánico otra vez.
—¿Papá se va a morir?
Luciana se arrodilló frente a ella, tomándole la carita entre las manos temblorosas.
—Tu papá es el hombre más fuerte que conozco, mi reina. Está peleando. Y nosotros vamos a pelear con él desde aquí. ¿Sí?
Emilia asintió, aunque las lágrimas volvieron a caerle.
Cuando Luciana entró a la unidad de cuidados intensivos, el corazón se le detuvo.
Gabriel estaba inconsciente, conectado a tubos y monitores que pitaban con un ritmo irregular. Su piel trigueña se veía pálida bajo las luces blancas. El pecho subía y bajaba apenas, ayudado por la máquina. Tenía el brazo derecho vendado y el torso cubierto de gasas.
Luciana se acercó con pasos temblorosos y le tomó la mano. Estaba fría.
—Estoy aquí —susurró, inclinándose cerca de su oído—. Emilia está a salvo. Tu mamá también. Todos estamos esperándote. No te atrevas a dejarnos, Gabriel Vargas. No después de todo lo que hemos pasado.
Le acarició el cabello negro con ternura, recordando cada beso, cada mirada, cada promesa que se habían hecho en medio del peligro.
—Te quiero —confesó en voz apenas audible, dejando escapar una lágrima que cayó sobre la sábana—. Y no voy a dejar que te vayas sin pelear.
En ese momento, uno de los monitores emitió un pitido más agudo. Una enfermera entró de inmediato y revisó las pantallas con expresión seria.
—Tiene que salir, señorita. Su presión está bajando otra vez.
Luciana fue casi arrastrada hacia afuera. La puerta se cerró detrás de ella. Desde el pasillo solo pudo escuchar órdenes médicas apresuradas y el sonido constante de las máquinas.
El pánico regresó con toda su fuerza.
Elena la abrazó. Emilia lloraba en silencio contra la falda de su abuela. Rosa rezaba en voz baja. El abuelo Julio apretaba el bastón con fuerza, con la mandíbula tensa.
Pasaron minutos eternos.
Entonces, el sargento Ruiz apareció corriendo por el pasillo, con el rostro grave.
—Luciana… tenemos un problema. Laura no ha sido capturada. Y hace menos de diez minutos, un carro sin placas fue visto cerca del hospital. Creemos que está cerca.
El terror se instaló en el pecho de Luciana como una piedra.
Gabriel luchaba por su vida dentro de esa habitación.
Emilia estaba a solo unos metros.
Y Laura… Laura todavía no había terminado.
Luciana miró la puerta del quirófano, luego a la niña que se aferraba a Elena, y sintió que el miedo se transformaba en algo más frío y decidido.
—Que refuercen la seguridad ahora mismo —dijo con voz firme, aunque le temblaban las manos—. Nadie se acerca a esta familia. Nadie.
Ruiz asintió y salió corriendo a dar órdenes.
Dentro de la unidad de cuidados intensivos, los monitores de Gabriel seguían pitando con un ritmo inestable.
Y en algún lugar de los pasillos del hospital, una figura femenina observaba desde la distancia, oculta tras una bata blanca robada, sonriendo con frialdad.
El reloj seguía corriendo.
Y esta vez, la amenaza estaba más cerca que nunca.
Editado: 17.08.2026