La seguridad del hospital se reforzó en minutos. Agentes de la Estación de Policía custodiaban cada entrada, cada pasillo, cada ascensor. Luciana no se separaba de Emilia ni un segundo. La niña iba pegada a su lado, aferrándose a su mano con una fuerza que dolía.
Gabriel seguía en terapia intensiva. Los médicos habían logrado estabilizarlo de nuevo, pero su estado seguía siendo delicado. Cada vez que un monitor pitaba más fuerte, el corazón de Luciana se detenía.
Eran casi las cinco de la madrugada cuando el caos regresó.
Un grito de alarma resonó desde el pasillo de enfermería.
—¡Intrusa! ¡Hay una mujer con bata robada en el área restringida!
Luciana sintió que la sangre se le helaba. Empujó a Emilia detrás de su cuerpo de inmediato y miró hacia ambos lados del corredor. Elena se puso junto a ellas, pálida.
Ruiz apareció corriendo con dos agentes.
—¡Quédense aquí! ¡No se muevan!
Pero ya era tarde.
Al final del pasillo, una figura con bata blanca y el cabello recogido bajo un gorro quirúrgico avanzaba con calma. Cuando levantó el rostro, Luciana la reconoció al instante.
Laura.
Sonreía.
En una mano llevaba una jeringa. En la otra, un arma pequeña y discreta.
—Buenos días, familia —saludó con voz suave, casi dulce—. Qué conmovedor verlos a todos reunidos. Especialmente a ti, repostera. Y a mi hija.
Emilia se escondió más detrás de Luciana, temblando.
—Tú no eres mi mamá —dijo la niña con voz temblorosa pero firme—. Mi mamá está muerta. Papá me lo dijo.
Laura inclinó la cabeza, fingiendo tristeza.
—Tu padre siempre fue bueno mintiendo… cuando le convenía.
Ruiz y los agentes levantaron las armas.
—¡Suelta el arma y levanta las manos! ¡Ahora!
Laura no se inmutó. Apuntó directamente hacia Luciana y Emilia.
—Si alguien dispara, ellas mueren primero. Y después me aseguraré de que Gabriel nunca despierte.
El silencio que se instaló fue asfixiante. Luciana sentía el cuerpo de Emilia temblando contra su espalda. El pánico le subía por la garganta, pero no se movió. No iba a permitir que esa mujer tocara a la niña.
—¿Qué quieres? —preguntó Luciana, con la voz más firme de lo que esperaba.
Laura la miró con desprecio.
—Quiero lo que siempre quise. Que Gabriel pague. Que sienta lo mismo que yo sentí cuando decidí desaparecer. Y quiero a mi hija de vuelta.
—Ella no es tuya —respondió Luciana con rabia contenida—. La abandonaste. La dejaste sola. Gabriel la crió. Yo la quiero. Tú solo la usas.
Laura apretó la mandíbula. Por un segundo, la máscara de calma se agrietó.
En ese instante, la puerta de la unidad de cuidados intensivos se abrió detrás de ellas.
Un médico salió apresurado.
—¡La presión del paciente está cayendo otra vez! ¡Necesitamos al equipo ahora!
El distrés médico creó un segundo de confusión. Ruiz aprovechó.
—¡Ahora!
Todo ocurrió demasiado rápido.
Laura disparó. La bala impactó en la pared a centímetros de la cabeza de Luciana. Emilia gritó. Luciana la empujó al suelo y se tiró encima de ella, cubriéndola con su cuerpo.
Los agentes respondieron. Laura retrocedió, disparando otra vez mientras corría hacia una escalera de emergencia. Uno de los disparos de la policía la rozó en el hombro. Gritó de dolor, pero no se detuvo. Desapareció por la puerta de salida de emergencia antes de que pudieran alcanzarla.
El pasillo quedó en caos. Alarmas sonando. Personal médico gritando. Agentes persiguiendo.
Luciana se levantó temblando, todavía protegiendo a Emilia. La niña lloraba sin consuelo, aferrada a su cuello.
—Está bien… estás bien… —repetía Luciana, aunque su propia voz temblaba sin control.
Elena se acercó y las abrazó a las dos. Rosa y el abuelo llegaron corriendo desde la sala de espera.
Dentro de la unidad de cuidados intensivos, los médicos trabajaban frenéticamente sobre Gabriel. Los monitores emitían pitidos agudos e irregulares.
Luciana miró hacia la puerta cerrada, con el corazón destrozado entre el miedo por Gabriel y el terror de lo que Laura todavía era capaz de hacer.
Habían logrado proteger a Emilia… por ahora.
Pero Laura había entrado hasta el corazón del hospital.
Había apuntado directamente a ellas.
Y se había escapado otra vez.
El peligro ya no estaba afuera.
Estaba respirando el mismo aire que ellos.
Y nadie sabía cuándo volvería a atacar.
Editado: 17.08.2026