Los días se habían vuelto una sucesión de rutinas frágiles, como si el tiempo mismo caminara con cuidado para no romper nada.
Gabriel seguía en coma.
Habían pasado ya tres semanas desde la noche del almacén. Tres semanas de monitores, de tubos, de silencio. Tres semanas en las que su cuerpo permanecía tendido en esa cama de hospital mientras el mundo afuera intentaba, torpemente, seguir su curso. Los médicos repetían las mismas palabras con distintas inflexiones: estable, sin cambios significativos, hay que esperar. Luciana había aprendido a odiar esa última frase. Esperar se sentía como una condena disfrazada de esperanza.
Esa mañana llegó al hospital más temprano que de costumbre. El pasillo de la unidad de cuidados intensivos estaba siempre igual. Saludó con un movimiento de cabeza a la enfermera de turno, una mujer de mediana edad llamada Patricia que ya la conocía por su nombre.
—Buenos días, Luciana. Sin novedades durante la noche —informó con suavidad—. Sus signos se mantienen. El doctor pasará revista más tarde.
Luciana asintió y entró en la habitación.
Gabriel estaba exactamente como lo había dejado la tarde anterior. El pecho subía y bajaba con ayuda de la máquina, el rostro pálido bajo la luz blanca, el cabello negro algo más largo de lo que él habría tolerado. Le tomó la mano. Seguía tibia, pero inerte. Se sentó en la silla que ya consideraba suya y permaneció en silencio unos minutos, simplemente mirándolo.
—Emilia tiene una presentación en la escuela hoy —dijo al fin, en voz baja—. Va a mostrar un dibujo que hizo de los tres. Tú, ella y yo. Me pidió que te lo contara por si podías… escucharlo de alguna forma.
Acarició el dorso de su mano con el pulgar, un gesto que se había vuelto automático.
—La pastelería avanza. El abuelo dice que el nuevo horno es “una joya prestada”, pero que funciona. Rosa ya está planeando el primer día de reapertura como si fuera una fiesta nacional. Y yo… yo intento no pensar demasiado en lo que pasará si no despiertas.
Su voz se quebró apenas en la última frase. Se limpió una lágrima con el dorso de la mano libre y forzó una sonrisa que él no podía ver.
—Pero vas a despertar. Tienes que hacerlo. Emilia te necesita. Yo también.
Permaneció allí hasta que la hora de visita matutina terminó. Antes de salir, se inclinó y le dejó un beso suave en la frente, como cada día.
—Vuelvo en la noche —prometió—. Como siempre.
Emilia la esperaba en la entrada del hospital junto a Elena. La niña llevaba el uniforme impecable y la mochila morada que ya no se separaba de ella. Al ver a Luciana, corrió a abrazarla.
—¿Papá abrió los ojos hoy?
Luciana se agachó para quedar a su altura y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Todavía no, mi reina. Pero está peleando. Y nosotros también.
Elena observaba la escena con una mezcla de ternura y cansancio. Desde que Gabriel había caído en coma, la mujer había envejecido de golpe, aunque se esforzara por mantenerse firme por su nieta.
—Vamos —dijo con suavidad—. No queremos llegar tarde a la escuela.
El regreso de Emilia a clases se había convertido en uno de los pocos puntos de luz de aquellas semanas. Esa mañana, al entrar al salón, sus compañeros la recibieron con el entusiasmo desordenado de los niños de seis años. Había carteles nuevos en la pared: “Bienvenida de nuevo, Emilia”, dibujos de fresas, de policías sonrientes y de pasteles enormes. La maestra, una mujer joven llamada Ana, se acercó a Luciana y Elena con una sonrisa cálida.
—Ha estado muy bien integrada —comentó en voz baja—. Ayer hasta ayudó a una compañera a terminar su tarea. Creo que estar aquí le hace bien.
Luciana asintió, agradecida. Ver a Emilia reír con sus amigos, aunque fuera por momentos, aliviaba un poco el nudo permanente que llevaba en el pecho.
Se quedaron un rato más hasta que sonó la campana. Emilia les hizo adiós con la mano desde su pupitre, sosteniendo el dibujo que pensaba mostrar más tarde. Luciana le devolvió el gesto y salió junto a Elena.
—A veces me da miedo que se acostumbre a que él no esté —confesó Elena mientras caminaban hacia el carro—. Que se le vuelva normal.
—No lo hará —respondió Luciana con más convicción de la que sentía—. Gabriel va a despertar. Y cuando lo haga, Emilia seguirá siendo su niña.
Elena le apretó el brazo en silencio.
La pastelería los esperaba después.
Dulce Pecado ya no parecía un esqueleto calcinado. Las paredes exteriores habían sido raspadas y pintadas de un blanco cálido. Las ventanas nuevas brillaban bajo el sol de la mañana. Dentro, el olor a madera fresca y pintura todavía dominaba, pero Rosa se había encargado de colocar macetas con hierbabuena y albahaca cerca de la entrada para empezar a devolverle vida.
Esa mañana había más gente de lo habitual. Dos vecinos ayudaban a instalar las nuevas vitrinas. Carmen revisaba una lista de proveedores. El abuelo Julio, sentado en su silla habitual cerca de la puerta, daba órdenes con el bastón como si dirigiera una orquesta.
—¡Esa vitrina tiene que quedar derecha, muchacho! —le gritó a un joven que forcejeaba con un estante—. Si queda chueca, los pasteles se van a resbalar y Luciana me va a echar la culpa a mí.
Luciana no pudo evitar una sonrisa cansada al entrar.
—Buenos días a todos.
Rosa se acercó de inmediato y le dio un abrazo corto pero firme.
—Llegas justo a tiempo. Traje harina nueva y mantequilla de la buena. Hoy vamos a probar el horno. Tiene que ser un bizcocho simple, nada complicado. Solo para ver si calienta parejo.
Trabajaron durante horas. Luciana se puso el delantal casi con devoción. Medir, mezclar, engrasar moldes… cada gesto le devolvía un poco de control sobre su propia vida. El horno, aunque prestado, respondió bien. El aroma del bizcocho empezó a llenar el local y, por un momento, pareció que el incendio nunca había ocurrido.
Editado: 29.08.2026