Los días habían adquirido una rutina casi hipnótica.
Luciana se despertaba, llevaba a Emilia a la escuela, pasaba por el hospital, trabajaba en la pastelería y regresaba al hospital por la noche. El orden de las horas le daba una sensación frágil de control. Mientras siguiera ese camino, el mundo no se desmoronaba del todo.
Gabriel seguía en coma.
Los médicos ya no hablaban de “crítico” con la misma urgencia de las primeras semanas. Ahora usaban palabras como “estable”, “sin cambios significativos” y “hay que tener paciencia”. Luciana odiaba esa paciencia. La paciencia se sentía como una forma elegante de decir que nadie sabía cuánto tiempo más tendrían que esperar.
Esa mañana, al llegar a la unidad de cuidados intensivos, la enfermera le entregó un pequeño sobre.
—Alguien lo dejó en recepción para usted —dijo—. Pero no dejó nombre.
Luciana frunció el ceño. Abrió el sobre con cuidado. Dentro solo había una fotografía impresa en papel común. Era una imagen borrosa, tomada desde lejos, de la fachada en reconstrucción de Dulce Pecado. En la esquina inferior derecha, escrita con tinta negra, había una sola palabra:
° Pronto.
El estómago se le contrajo.
—¿Quién la dejó? —preguntó.
La enfermera encogió los hombros.
—Un mensajero. Dijo que era para la señorita de la pastelería. No dieron más información.
Luciana guardó la foto en su bolso sin decir nada. Intentó convencerse de que se trataba de una broma de mal gusto, de algún vecino confuso o de un periodista buscando reacciones. Pero la palabra “Pronto” se le quedó clavada detrás de los ojos.
Se sentó junto a Gabriel, le tomó la mano y le habló como todas las mañanas. Le contó que Emilia había sacado una buena nota. Que el horno nuevo ya funcionaba. Que el abuelo había discutido con el pintor porque el color de la pared “no era exactamente el de antes”. Habló durante casi media hora. No mencionó la fotografía.
Cuando salió del hospital, el sol ya calentaba con fuerza. Caminó hacia la pastelería intentando no mirar demasiado por encima del hombro.
~~~
Dulce Pecado olía otra vez a madera limpia y pintura fresca. Ya no olía mucho a humo. Eso, al menos, era una victoria.
Rosa estaba revisando una lista de proveedores cuando Luciana llegó.
—Llegaste tarde —dijo su madre sin reproche—. ¿Todo bien en el hospital?
—Igual —respondió Luciana—. Sin cambios.
Se puso el delantal y se puso a trabajar. Ese día tocaba organizar la trastienda y probar el horno con una hornada sencilla de galletas. El trabajo manual la ayudaba a no pensar. Amasar, cortar, hornear. Gestos conocidos. Gestos que le recordaban quién había sido antes de que el mundo se volviera tan peligroso.
A media mañana, Emilia llegó con Elena. La niña entró corriendo y le mostró un diploma pequeño de cartulina.
—¡Mira! Me pusieron una estrella por ayudar a una compañera. Y la maestra dice que ya estoy al día con todo.
Luciana se agachó para abrazarla.
—Estoy muy orgullosa de ti.
Emilia se quedó callada un segundo y luego preguntó, en voz más baja:
—¿Papá ya abrió los ojos?
—Todavía no, mi amor. Pero lo estamos esperando. Todos.
La niña asintió, como si guardara la respuesta en algún lugar interno para revisarla después.
Mientras Emilia se sentaba a dibujar en una mesita, Luciana sacó la fotografía del bolso y se la mostró a Rosa en la trastienda.
—Esto me lo dejaron hoy en el hospital.
Rosa miró la imagen y la palabra escrita. Su expresión se endureció.
—Hay que decírselo a Ruiz.
—Puede ser nada —dijo Luciana, aunque no se lo creía del todo—. Puede ser alguien del barrio.
—O puede ser exactamente lo que parece —respondió su madre—. No vamos a fingir que no pasó.
~~~
Esa tarde, el sargento Ruiz llegó a la pastelería cuando el sol ya empezaba a inclinarse. Miró la fotografía en silencio durante varios segundos.
—No me gusta —dijo al fin—. La tipografía, el papel, la forma en que fue entregada… Todo es demasiado limpio para ser una broma casual.
—¿Crees que puede ser ella? —preguntó Luciana, casi en un susurro.
Ruiz no respondió de inmediato. Miró hacia la calle, como si evaluara cada sombra.
—Oficialmente, Laura Mendoza está muerta. El cuerpo que recuperaron coincidía en varias características. Pero el ADN todavía no es concluyente. Hay degradación. Hay dudas. Y mientras existan dudas, yo no pienso cerrar el caso.
Luciana sintió un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
—Entonces puede estar viva.
—Puede —admitió Ruiz—. O puede ser alguien más intentando asustarte. En cualquier caso, voy a reforzar la vigilancia alrededor de la pastelería y del hospital. Y quiero que me avises de cualquier otra cosa rara. Cualquier detalle. Aunque te parezca tonto.
Cuando Ruiz se fue, la pastelería ya no se sentía tan segura como minutos antes.
~~~
Esa noche, después de dejar a Emilia dormida en casa de Elena, Luciana regresó al hospital. El pasillo estaba casi vacío. Se sentó junto a Gabriel, le tomó la mano y le contó todo.
—Hoy me dejaron una foto —susurró—. De la pastelería. Con una palabra: “Pronto”. No sé si es ella. No sé si es alguien más. Solo sé que tengo miedo otra vez. Y estoy cansada de tener miedo.
Acarició el dorso de su mano con el pulgar.
—Emilia está bien. Está intentando ser niña otra vez. Y yo estoy intentando sostener todo. La pastelería. La escuela. Este hospital. Pero hay momentos en los que siento que se me resbala entre los dedos.
Se quedó en silencio un rato largo. Solo se escuchaba el pitido constante del monitor.
—Si estás escuchándome —continuó—, necesito que pelees. Porque si ella sigue viva… si de verdad sigue viva… no sé cuánto tiempo más podremos mantener esta calma falsa.
Antes de irse, dejó un nuevo dibujo de Emilia sobre la mesa. En este, la niña había dibujado a los tres juntos otra vez, pero ahora había un sol grande en una esquina y la palabra “Pronto” escrita abajo. Emilia no sabía nada de la fotografía. Había escrito esa palabra porque la había escuchado decir a Luciana por teléfono días atrás, hablando de la reapertura de la pastelería.
Editado: 29.08.2026