Corazones Bajo Custodia

Capítulo 31: Lo que la calma esconde

Luciana despertó antes del amanecer, con el mismo nudo en el estómago que ya se había vuelto familiar. Se quedó unos segundos mirando el techo de la habitación en casa de Elena, escuchando la respiración profunda de Emilia en la cama de al lado. La niña dormía abrazada al osito de peluche, con una pierna fuera de la sábana y el cabello revuelto. Parecía tranquila. Parecía a salvo.

Luciana se levantó con cuidado, se vistió en silencio y preparó el desayuno. El olor a café y pan tostado llenó la cocina pequeña. Elena apareció poco después, todavía con la bata puesta y el rostro marcado por el cansancio sabiendo que no duerme bien desde hace semanas.

—¿Otra noche mala? —preguntó la mujer mayor, sirviéndose café.

—Más o menos —respondió Luciana—. Cada vez que cierro los ojos siento que algo se mueve afuera. Sé que suena exagerado…

—No suena exagerado querida —la interrumpió Elena con suavidad—. Después de todo lo que pasó, sería raro que no sintieras eso. Pero no puedes vivir solo del miedo, hija. Emilia te mira. Y si tú te quiebras, ella también.

Luciana asintió. Sabía que tenía razón. Por eso, cuando Emilia despertó y bajó a la cocina frotándose los ojos, forzó una sonrisa y le sirvió el chocolate caliente exactamente como le gustaba.

—Hoy tengo educación física —anunció la niña entre sorbos—. Y después vamos a hacer un mural de la familia. ¿Puedo dibujarte a ti también?

La pregunta fue simple, casi casual, pero a Luciana se le apretó el pecho.

—Claro que sí —dijo, acariciándole el cabello—. Me encantaría estar en tu mural.

Emilia sonrió, satisfecha, y por un momento el mundo pareció un lugar más ligero.

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El trayecto hasta la escuela fue silencioso. Luciana manejaba con una mano en el volante y la otra cerca del teléfono, como si esperara que en cualquier segundo sonara con una mala noticia. En el espejo retrovisor miraba a Emilia, que iba cantando en voz baja una canción que había aprendido en clase. Cada vez que la niña reía o hablaba de sus amigos, Luciana sentía una mezcla amarga de alivio y temor. Alivio porque Emilia estaba recuperando pedazos de normalidad. Temor porque esa normalidad era frágil, y cualquiera podía romperla.

Al llegar al colegio, Emilia se bajó con la mochila rebotando y se giró para despedirse.

—Dile a papá que hoy lo voy a dibujar otra vez. Y que cuando despierte le voy a mostrar todos los dibujos juntos, ¿sí?

—Se lo diré —prometió Luciana.

Vio a la niña entrar al edificio entre otros niños, saludando a una compañera, y sólo entonces permitió que la sonrisa se le borrara del rostro.

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El hospital olía igual que siempre: desinfectante y medicamentos. Luciana lo odiaba pero ya conocía de memoria el camino hasta la unidad de cuidados intensivos. Las enfermeras la saludaban por su nombre. Algunas le dedicaban miradas de lástima discreta; otras, simplemente asientos de reconocimiento silencioso.

Gabriel seguía igual.

Inmóvil. Conectado. Con el pecho subiéndole y bajándole al ritmo artificial de la máquina. Luciana se sentó a su lado, tomó su mano y notó, una vez más, la diferencia de temperatura entre la suya y la de él.

—Emilia va a dibujarte hoy —le dijo en voz baja—. Quiere que yo también esté en el mural. Todavía no sé cómo me hace sentir eso… pero me hace sentir algo. Y eso ya es mucho.

Acarició sus nudillos con el pulgar.

—La pastelería avanza. Ya casi parece un lugar de verdad otra vez. Mamá quiere hacer una reapertura pequeña la próxima semana. Nada grande. Solo para que la gente sepa que seguimos aquí. Que no nos derrotaron del todo.

Se quedó callada un momento, mirando su rostro.

—Tengo miedo, Gabriel. No el miedo de antes, el de las balas y los incendios. Es otro tipo de miedo. Más lento. Más profundo. El miedo de que te estés yendo aunque tu corazón siga latiendo. El miedo de que Laura no esté realmente muerta. El miedo de que todo esto… esta calma… sea solo la parte de adelante de otra tormenta.

Le apretó la mano con suavidad.

—Si puedes oírme, pelea. Porque yo estoy peleando. Emilia está peleando. Y no queremos hacerlo sin ti.

Se quedó allí hasta que la enfermera le indicó que debía salir. Antes de irse, dejó sobre la mesa de noche un nuevo dibujo que Emilia había hecho días atrás: tres figuras tomadas de la mano bajo un sol grande y torcido.

~~~

En la pastelería el ambiente era distinto. Había ruido, movimiento, olor a pintura fresca y madera nueva. Rosa discutía con un proveedor por teléfono. Carmen organizaba moldes. El abuelo Julio, sentado cerca de la puerta con su bastón, saludaba a todo el que pasaba como si fuera el dueño oficial del local.

—Llegaste tarde —dijo Rosa al verla, aunque no había reproche en su voz—. ¿Cómo está?

—Igual —respondió Luciana, poniéndose el delantal—. Sin cambios.

Se puso a trabajar. Amasar le ayudaba a pensar menos. El movimiento repetitivo de las manos, el peso de la masa, el sonido del rodillo contra la mesa… todo eso le daba una estructura a las horas. Mientras estuviera haciendo algo con las manos, el miedo no podía ocupar todo el espacio.

A media mañana, el sargento Ruiz apareció en la puerta. No entró de inmediato. Se quedó unos segundos observando el movimiento del local, como evaluando salidas y puntos ciegos. Cuando por fin cruzó el umbral, Luciana ya sabía que no traía buenas noticias.

—¿Podemos hablar? —preguntó él en voz baja.

Fueron a la trastienda. Ruiz cerró la puerta detrás de ellos.

—Revisamos las cámaras de la zona del hospital y de algunas calles cercanas a la pastelería —dijo sin preámbulos—. Hay un vehículo que aparece demasiado. Es oscuro, sin placas visibles en varias tomas. No podemos confirmar que sea el mismo de antes, pero el patrón se parece.

Luciana sintió que el estómago se le cerraba.

—¿Y el cuerpo? ¿El de Laura?

Ruiz negó con la cabeza.

—El ADN sigue sin ser concluyente. Hay presión para cerrar el expediente, pero yo no voy a firmar nada hasta estar seguro. Mientras tanto, voy a pedir vigilancia discreta otra vez. No quiero alarmar a Emilia ni a tu familia, pero tampoco voy a dejarte expuesta.




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