Corazones Bajo Custodia

Capítulo 36: Donde no llega la voz

POV Gabriel

Al principio no había dolor.

Solo una oscuridad densa, pesada, como estar sumergido en agua negra sin saber dónde quedaba la superficie. No era sueño. El sueño tenía bordes, imágenes, fisuras. Esto era distinto. Era una ausencia total de peso y, al mismo tiempo, la sensación de estar atrapado dentro de un cuerpo que no respondía.

Después llegó el ruido.

No lo escuchaba como antes. No tenía dirección ni claridad. Llegaba distorsionado, como si alguien hablara detrás de una pared gruesa. Pitidos constantes. Voces lejanas. Pasos. A veces una presión en su brazo. A veces frío. A veces calor. No podía abrir los ojos. No podía mover un dedo. No podía preguntar si Emilia estaba viva.

Ese fue el primer infierno: la incertidumbre.

Intenté gritar.

Nada.

Intenté sentarme.

Nada.

El pánico, cuando llegó, no fue explosivo. Fue lento. Una angustia sorda que se expandía cada vez que mi conciencia lograba sostenerse unos segundos antes de volver a hundirse. En esos intervalos entendía fragmentos: hospital, disparo, almacén, Laura. Después todo se deshacía otra vez.

Y entonces escuché su voz.

Luciana.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que pude distinguirla con claridad. Al inicio solo era un tono cálido entre máquinas. Después empezó a convertirse en palabras sueltas. Emilia. Pastelería. Estoy aquí. Vuelve.

Cada vez que ella hablaba, algo en mí se aferraba.

No era una imagen nítida. Era una dirección. Como si en medio de toda esa neblina alguien hubiera encendido una luz pequeña y yo, sin cuerpo y sin fuerza, intentara arrastrarme hacia allá.

También escuché a Emilia.

Eso casi me destroza.

Su voz era más fina, más temblorosa, pero inconfundible. Decía “papá” de una forma que me atravesaba. Me contaba cosas. Que había vuelto a la escuela. Que le habían hecho una bienvenida. Que había dibujado fresas. Que Luciana la cuidaba. Yo quería responderle. Quería decirle que la oía. Que estaba orgulloso. Que no la había abandonado.

No pude.

Esa impotencia era peor que el dolor físico.

Había momentos en los que sentía mi propio cuerpo como una prisión cerrada desde adentro. Imaginaba mis manos. Ordenaba, con toda la voluntad posible, que se movieran. A veces creía que lo habían hecho. Después comprendía que no. Que el intento se había quedado atrapado en alguna parte entre el pensamiento y el músculo.

La frustración se me volvía rabia.

Rabia contra Laura.

Rabia contra mi cuerpo.

Rabia contra la oscuridad.

Rabia contra mí mismo por haber caído.

Recordaba el almacén a pedazos. La cara de Emilia. El momento en que le grité que corriera. El impacto. El suelo frío. La certeza brutal de que quizás no me levantaría. En la inconsciencia, esa memoria volvía una y otra vez, como una puerta que no dejaba de golpearse con el viento.

También estaba el miedo.

Miedo de que Laura volviera por ellas.

Miedo de que Luciana estuviera en peligro por haberme elegido.

Miedo de que Emilia creciera creyendo que su padre no había luchado lo suficiente para quedarse.

En los tramos más claros, intentaba aferrarme a detalles pequeños para no perderme otra vez: el olor que describía Luciana cuando hablaba de la pastelería, la risa de Emilia, la mano de mi madre acomodándome la sábana. Esas cosas se volvían cuerdas. Yo las agarraba como podía.

Hubo días —o lo que interpretaba como días— en los que casi me rendía.

La oscuridad se volvía cómoda. Silenciosa. Sin dolor. Sin responsabilidad. Sin miedo. Una parte de mí entendía lo fácil que sería quedarme ahí. No pelear. No volver a un mundo donde todavía existía Laura, donde mi hija seguía expuesta, donde yo había fallado demasiadas veces.

Pero entonces llegaba otra vez la voz de Luciana.

Una noche, o una mañana, o en ese tiempo sin reloj en el que yo flotaba, la escuché llorar sin querer que yo lo notara. Hablaba bajito. Le decía que estaba cansada. Que tenía miedo de quererme tanto. Que no sabía cuánto más podía sostener mi silencio.

Quise levantarme.

Quise tomarle la cara.

Quise decirle que yo también la oía.

Que su voz se había convertido en el único mapa que tenía.

No pude.

Esa fue una de las peores caídas.

Después de eso, algo cambió en la forma en que luchaba. Ya no era solo instinto. Era decisión. Cada vez que sentía una fisura en la oscuridad, me lanzaba hacia ella aunque me destrozara. Si había un sonido, iba detrás. Si había presión en mi mano, intentaba devolverla. Si había luz al otro lado de mis párpados, empujaba aunque me quemara.

El cuerpo empezó a dar señales antes que la voz.

Primero fue una vibración lejana en los dedos.

Después una tensión real.

Después, la sensación brutalmente concreta de que alguien me sostenía.

Cuando logré cerrar mínimamente la mano, el esfuerzo me dejó vacío. Pero entendí algo importante: no estaba completamente sepultado. Había un camino. Estrecho. Doloroso. Pero existía.

Abrir los ojos costó más.

La luz fue una agresión. Me atravesó la cabeza como una cuchilla. Quise cerrarlos otra vez, volver a la penumbra, pero no. Me obligué a sostener esa rendija. Vi manchas. Sombras. Movimiento. Y entonces, entre todo eso, el rostro de Luciana.

No lo vi perfecto.

No lo vi completo.

Pero lo reconocí.

El alivio fue tan fuerte que casi me devuelve a la inconsciencia.

Ella hablaba. Lloraba. Decía mi nombre. Yo intenté responder y solo encontré aire roto, una fractura de sonido que no llegaba a ser palabra. La frustración me golpeó con violencia. Tenía tantas cosas encima de la lengua: Emilia, Laura, huye, quédate, te oí, no te vayas, perdón, no me sueltes.

Nada salía.

Me sentía como un hombre ahogado a centímetros de la superficie, viendo el cielo distorsionado arriba y sin poder romper el agua.

Cada intento de hablar me agotaba. Cada segundo con los ojos abiertos me costaba una cantidad absurda de fuerza. Pero no quería cerrarlos. Tenía miedo de que, si me hundía otra vez, no encontrara el camino de regreso.




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