Mientras las luces de la plaza comenzaban a encenderse, Valeria permanecía en el balcón de la antigua hacienda Montemayor observando el horizonte.
No podía quitarse de la cabeza a Diego Ferrer.
—De todos los hombres del pueblo, tenía que encontrarme con él —susurró.
Mientras tanto, en la hacienda Ferrer, Diego también recordaba aquel encuentro.
—Valeria Montemayor... —repitió en voz baja.
Don Ricardo entró en el despacho.
—Mantente alejado de ella.
Diego frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque los Montemayor solo traen problemas.
—Solo hablamos unos segundos.
—Y espero que sean los últimos.
Aquella reacción hizo que Diego sospechara.
Su padre rara vez mostraba preocupación.
Algo ocultaba.
A la mañana siguiente, Valeria decidió visitar unas tierras que habían pertenecido a su familia durante generaciones.
Sin embargo, al llegar encontró maquinaria trabajando.
—¿Qué significa esto? —preguntó indignada.
Uno de los empleados respondió nervioso.
—Estas tierras pertenecen ahora a los Ferrer.
—Eso es imposible.
—Tenemos documentos.
Valeria sintió que la rabia le hervía por dentro.
Justo entonces apareció una camioneta.
Diego bajó del vehículo.
—¿Qué sucede aquí?
—Tus trabajadores están invadiendo mis tierras.
—No son tus tierras.
—Sí lo son.
—Los registros dicen otra cosa.
Valeria se acercó hasta quedar frente a él.
—Tu familia robó estas propiedades.
—No hables de lo que no sabes.
—Entonces dime la verdad.
Por primera vez, Diego no tuvo respuesta.
Horas más tarde, ambos terminaron frente al ayuntamiento revisando documentos antiguos.
Ninguno quería admitirlo, pero estaban investigando el mismo misterio.
—¿También buscas respuestas? —preguntó Valeria.
—Tal vez.
—Entonces tenemos algo en común.
—No te emociones.
Valeria sonrió.
—Eres más amable de lo que aparentas.
—Y tú más terca de lo que imaginaba.
—¿Eso es un cumplido?
—No.
Pero ambos terminaron riendo.
Fue un momento breve.
Sincero.
Peligroso.
Porque por primera vez dejaron de verse como enemigos.
Sin que ellos lo supieran, Doña Elena observaba desde lejos.
Sus ojos se llenaron de preocupación.
—Está ocurriendo otra vez...
Una lágrima recorrió su mejilla.
Porque muchos años atrás, otro Montemayor y otro Ferrer también se habían enamorado.
Y aquella historia había terminado en tragedia.
Esa noche, alguien irrumpió en los archivos municipales.
Una figura encapuchada buscó desesperadamente entre los documentos.
Cuando encontró un expediente específico, lo arrojó al fuego.
Las llamas consumieron rápidamente las páginas.
En la portada podía leerse:
"Acuerdo secreto entre Ricardo Ferrer y Alejandro Montemayor."
El desconocido observó cómo las pruebas desaparecían.
Y antes de marcharse, pronunció unas palabras:
—La verdad jamás debe salir a la luz.
Continuará...
Editado: 03.06.2026