Corazones bajo fuego

Capítulo 4: La Trampa

La carta temblaba entre las manos de Valeria.

"Si quieres saber quién mató realmente a tu padre, ve sola."

Leyó aquellas palabras una y otra vez.

Durante años había buscado respuestas.

Ahora alguien afirmaba conocer la verdad.

Y estaba dispuesta a descubrirla.

Esa noche salió de la hacienda sin avisar a nadie.

La dirección la condujo hasta una vieja mina abandonada en las afueras del pueblo.

El lugar estaba completamente desierto.

El viento silbaba entre las estructuras oxidadas.

—¿Hay alguien aquí? —preguntó.

Nadie respondió.

Valeria avanzó lentamente.

Entonces escuchó una voz.

—Sabía que vendrías.

Una figura salió de las sombras.

Era un hombre mayor con el rostro cubierto por un sombrero.

—¿Quién es usted?

—Alguien que conoce la verdad sobre Alejandro Montemayor.

Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza.

—Dígame qué ocurrió.

El hombre guardó silencio unos segundos.

—Tu padre no murió en un accidente.

Valeria quedó paralizada.

—¿Qué?

—Fue asesinado.

Mientras tanto, Diego no podía dormir.

Algo le decía que Valeria estaba en peligro.

Recordó la expresión preocupada que había visto en ella durante el día.

Y entonces tomó una decisión.

Subió a su camioneta y salió a buscarla.

En la mina abandonada, Valeria seguía escuchando al desconocido.

—Tu padre descubrió algo que podía destruir a una de las familias más poderosas del pueblo.

—¿A cuál?

—A los Ferrer.

Valeria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Eso no puede ser verdad.

—Tengo pruebas.

El hombre sacó una carpeta.

Pero antes de que pudiera entregársela, se escuchó un disparo.

¡BANG!

La carpeta cayó al suelo.

El desconocido se desplomó herido.

Valeria gritó.

—¡No!

Desde las sombras apareció un hombre encapuchado.

Llevaba un arma.

Y apuntaba directamente hacia ella.

Valeria retrocedió aterrada.

—¿Quién eres?

El encapuchado no respondió.

Comenzó a acercarse lentamente.

Paso a paso.

Como un depredador.

Valeria intentó correr.

Pero tropezó con unas piedras.

El hombre levantó el arma.

Y justo cuando estaba a punto de disparar...

Una camioneta irrumpió atravesando la entrada de la mina.

—¡VALERIA!

Era Diego.

Diego bajó corriendo.

El encapuchado disparó nuevamente.

La bala impactó cerca de ellos.

Diego tomó a Valeria de la mano.

—¡Corre!

Ambos huyeron entre las antiguas estructuras de la mina.

Los disparos resonaban detrás de ellos.

Finalmente lograron ocultarse dentro de un túnel.

Los dos respiraban agitadamente.

Valeria estaba temblando.

Diego la sostuvo por los hombros.

—¿Estás herida?

—No...

Por primera vez, el miedo hizo que ella bajara todas sus defensas.

Y sin pensarlo, se abrazó a él.

Diego la rodeó con sus brazos.

—Ya pasó.

—Si no hubieras llegado...

—Pero llegué.

A unos metros de distancia, el encapuchado observaba escondido.

No había logrado completar su misión.

Y eso significaba problemas.

Sacó un teléfono.

—Fallé.

La voz al otro lado respondió con furia.

—Entonces tendrás otra oportunidad.

Porque Valeria Montemayor no puede descubrir la verdad.

Mientras tanto, Doña Elena observaba una fotografía antigua escondida en su habitación.

En ella aparecían dos jóvenes sonriendo.

Uno era Alejandro Montemayor.

El otro...

Don Ricardo Ferrer.

Amigos inseparables.

No enemigos.

Doña Elena comenzó a llorar.

Porque el secreto más grande de San Gabriel estaba a punto de salir a la luz.

Continuará...




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