Corazones bajo fuego

Capítulo 10: La Mujer de las Sombras

La figura avanzó lentamente desde la oscuridad.

Valeria apenas podía respirar.

La voz le resultaba familiar.

Demasiado familiar.

Y cuando la luz de la linterna iluminó su rostro...

Valeria dejó caer el diario.

—No puede ser...

Frente a ella estaba...

Isabel Salazar.

Durante varios segundos nadie dijo una palabra.

Diego observó a la mujer con incredulidad.

Valeria sentía que el corazón iba a salírsele del pecho.

La mujer tenía algunas canas y el paso de los años era evidente, pero sus ojos eran exactamente iguales a los de las fotografías.

—¿Mamá...? —susurró Valeria.

Los ojos de Isabel se llenaron de lágrimas.

—Mi niña...

Valeria corrió hacia ella.

Ambas se abrazaron con fuerza.

Veinte años de ausencia.

Veinte años de preguntas.

Veinte años de dolor.

Todo parecía desaparecer en aquel instante.

Diego observó la escena en silencio.

Por primera vez, veía a Valeria sonreír sin miedo.

Sin tristeza.

Como una niña que acababa de recuperar una parte de sí misma.

Pero la felicidad duró poco.

Isabel se apartó rápidamente.

—No tenemos tiempo.

—¿Qué ocurre? —preguntó Diego.

—Nos encontraron.

—¿Quiénes?

Isabel palideció.

—Las mismas personas que destruyeron nuestras vidas.

Valeria sujetó las manos de su madre.

—Necesito respuestas.

—Y te las daré.

—¿Por qué desapareciste?

—Porque intentaron matarme.

El silencio volvió a apoderarse de la habitación.

—¿Qué? —preguntó Diego.

—Descubrí algo que jamás debía descubrir.

—¿Qué fue?

Isabel respiró profundamente.

—La verdad sobre Gabriel Ferrer.

Diego sintió un escalofrío.

—Mi hermano...

Isabel asintió.

—Su muerte no fue un accidente.

Las palabras cayeron como una bomba.

—¿Entonces fue asesinado? —preguntó Diego.

—Sí.

—¿Quién lo hizo?

Los ojos de Isabel se llenaron de miedo.

—No lo sé.

Nunca vi su rostro.

Pero escuché una voz.

De repente, un fuerte estruendo sacudió el edificio.

¡BOOM!

La puerta se abrió violentamente.

Varios hombres armados irrumpieron en la habitación.

—¡Ahí están!

—¡Atrápenlos!

Diego reaccionó de inmediato.

Tomó la mano de Valeria.

—¡Corran!

Los tres escaparon por una salida trasera de la estación.

Las linternas de los perseguidores iluminaban la oscuridad.

Los pasos resonaban cada vez más cerca.

Finalmente llegaron a las antiguas vías.

Pero allí encontraron algo inesperado.

Un automóvil negro los esperaba.

Y junto al vehículo había una persona.

—¡Suban! —gritó la figura.

Diego reconoció la voz.

—¿Padre?

Era Don Ricardo.

Valeria se quedó inmóvil.

—¿Qué hace él aquí?

—No hay tiempo para explicaciones —dijo Ricardo—. Si quieren sobrevivir, deben confiar en mí.

Los perseguidores se acercaban rápidamente.

Cada segundo contaba.

Valeria observó a Ricardo.

Al hombre que había considerado enemigo durante años.

Al hombre relacionado con todos los secretos.

Al hombre que quizás decía la verdad.

O quizás estaba tendiéndoles una trampa.

Continuará...




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