Corazones bajo fuego

Capítulo 25: La Última Carta

La lluvia caía con fuerza sobre los restos de la Mansión Montemayor.

Las sirenas rodeaban la propiedad.

Las llamas iluminaban la noche.

Y en el centro de todo estaba Salvador.

Frente a él se encontraban Gabriel, Ricardo, Valeria, Diego, Isabel, Sofía y Lucía.

Por primera vez en décadas, todos los secretos estaban reunidos en un mismo lugar.

Ricardo sostuvo el archivo negro con firmeza.

—Se acabó.

Salvador sonrió.

—Eso creen ustedes.

Gabriel avanzó.

—Ya no tienes escapatoria.

—¿De verdad?

Salvador observó a todos uno por uno.

Como si estuviera analizando cada movimiento.

Entonces dirigió la mirada hacia Valeria.

—Eres igual a tu padre.

Valeria sintió un nudo en el estómago.

—No pronuncies su nombre.

—Alejandro fue un hombre extraordinario.

Aquellas palabras sorprendieron a todos.

—¿Qué? —preguntó Diego.

Salvador bajó la mirada por unos segundos.

—Fue el único que alguna vez logró derrotarme.

El silencio se apoderó del lugar.

—Entonces ¿por qué murió? —preguntó Valeria.

Salvador la observó.

Y por primera vez desapareció su sonrisa.

—Porque eligió sacrificarse.

Valeria quedó inmóvil.

—Estás mintiendo.

—No.

Ricardo cerró los ojos.

Gabriel bajó la cabeza.

Isabel comenzó a llorar.

Y Valeria comprendió algo terrible.

Ellos ya lo sabían.

—¿Qué significa eso?

Ricardo respiró profundamente.

—Alejandro descubrió que Salvador planeaba eliminar a toda persona relacionada con las investigaciones.

—¿Y?

—Decidió entregarse como señuelo.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Valeria.

—No...

—Lo hizo para protegerte.

Gabriel continuó.

—Para proteger a Isabel.

A Lucía.

A Diego.

A Sofía.

A todos nosotros.

Valeria sintió que el corazón se rompía.

Durante años creyó que su padre había sido una víctima.

Pero en realidad había sido un héroe.

Uno que conocía perfectamente el riesgo que estaba tomando.

De repente Salvador habló nuevamente.

—Y aun así fracasó.

Ricardo levantó la carpeta.

—No.

Porque estamos aquí.

Entonces abrió el archivo.

Dentro había fotografías.

Registros bancarios.

Grabaciones.

Confesiones.

Pruebas suficientes para destruir toda la organización.

Los agentes comenzaron a acercarse.

Salvador observó el archivo.

Luego observó el cielo.

Y finalmente sonrió.

Una sonrisa extrañamente tranquila.

—Supongo que realmente llegó el final.

Pero antes de que alguien pudiera reaccionar...

Un disparo resonó en la noche.

¡BANG!

Todos se sobresaltaron.

La carpeta cayó al suelo.

Valeria abrió los ojos con horror.

—¡RICARDO!

Don Ricardo se desplomó lentamente.

Diego corrió hacia él.

—¡Papá!

El caos volvió a estallar.

Los agentes buscaron al tirador.

Gabriel intentó proteger a los demás.

Y en medio de la confusión...

Salvador desapareció.

Como una sombra.

Como un fantasma.

Como si la noche misma se lo hubiera tragado.

Cuando todo terminó, Ricardo seguía consciente.

Aunque estaba herido.

Tomó la mano de Diego.

—Escúchame...

—No hables.

—Debes terminar lo que empezamos.

Diego intentó contener las lágrimas.

—Lo haremos juntos.

Ricardo sonrió débilmente.

Luego miró a Valeria.

—Tu padre estaría orgulloso de ti.

Valeria sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas.

A lo lejos, las autoridades aseguraban la zona.

El archivo había sido recuperado.

La organización estaba cayendo.

Pero el verdadero enemigo había escapado.

Y mientras todos observaban los restos de la mansión...

Nadie notó la figura que los observaba desde lo alto de una colina.

Salvador seguía libre.

Y la guerra aún estaba lejos de terminar.

Continuará...




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