Todos reaccionaron al mismo tiempo.
—¡Tenemos que llegar al hospital! —gritó Diego.
Gabriel ya estaba tomando las llaves de un vehículo.
—¡Ahora!
Valeria sintió que el corazón le latía con fuerza.
Si el sucesor iba tras Don Ricardo...
Significaba que aún necesitaba algo de él.
O quería eliminarlo.
Ninguna de las dos opciones era buena.
Minutos después, varios vehículos de la resistencia abandonaron la Bóveda 17.
La lluvia volvía a caer.
Las luces atravesaban la carretera mientras avanzaban a toda velocidad.
Dentro de la camioneta principal reinaba el silencio.
Diego no dejaba de mirar por la ventana.
—Resiste, papá...
Valeria tomó su mano.
—Llegaremos a tiempo.
Aunque en realidad no estaba segura.
Mientras tanto...
En el hospital.
Dos guardias vigilaban la habitación de Don Ricardo.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Uno de los guardias bostezó.
—No creo que nadie sea tan loco como para atacar un hospital.
Su compañero sonrió.
—Yo tampoco.
De repente, las luces del pasillo parpadearon.
Una vez.
Dos veces.
Y luego se apagaron.
—¿Qué fue eso?
Las luces de emergencia comenzaron a encenderse.
Rojo.
Rojo.
Rojo.
El primer guardia tomó su radio.
—Seguridad, reporten.
Solo recibió estática.
Entonces escucharon pasos.
Lentos.
Tranquilos.
Acercándose por el pasillo.
Los dos levantaron sus armas.
—¡Alto!
La figura siguió caminando.
Cuando la luz de emergencia iluminó su rostro...
Los guardias quedaron confundidos.
Era una enfermera.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella.
Pero algo no encajaba.
Su sonrisa.
Su mirada.
Su tranquilidad.
Demasiado tranquila.
La mujer sacó una pequeña tarjeta.
Y la mostró.
Los guardias bajaron ligeramente la guardia.
Fue un error.
En menos de un segundo la enfermera los dejó inconscientes.
Sin hacer ruido.
Sin disparar.
Sin dudar.
Luego se acercó a la puerta de la habitación.
Y entró.
Don Ricardo abrió lentamente los ojos.
—¿Quién eres?
La mujer cerró la puerta.
Y sonrió.
—Alguien que viene a hacerte una pregunta.
Ricardo la observó.
—¿Trabajas para Salvador?
Ella soltó una pequeña risa.
—Salvador trabaja para otros.
Aquella respuesta hizo que Ricardo comprendiera algo.
—Tú eres del círculo interno.
—Correcto.
La mujer se acercó a la cama.
—Y necesito saber dónde está.
—¿Dónde está qué?
—La segunda llave.
El corazón de Ricardo dio un vuelco.
—No sé de qué hablas.
—Mentira.
La mujer colocó una fotografía sobre la cama.
Ricardo palideció.
Porque era una fotografía antigua.
Tomada décadas atrás.
En ella aparecían:
Alejandro.
Gabriel.
Ricardo.
Y una caja metálica desconocida.
—La segunda llave existe.
Ricardo guardó silencio.
—Y tú sabes dónde está.
Antes de que pudiera responder...
Una explosión resonó en la entrada principal del hospital.
¡BOOM!
La mujer giró la cabeza.
Y sonrió.
—Ya llegaron.
Afuera, los vehículos de Gabriel acababan de entrar al estacionamiento.
La carrera contra el tiempo había comenzado.
Y por primera vez...
El misterioso sucesor parecía estar moviendo sus piezas directamente.
Continuará...
Editado: 22.06.2026